sábado, 1 de junio de 2019

Un samurái en Cuenca (Taller Bremen)



  Feliciano Trijueque era un samurái, a pesar de que los orígenes de casi toda su familia habría que ir a buscarlos a San Lorenzo de la Parrilla, una inercia, un cierto cansancio con forma de pueblo al que únicamente el sol sigue visitando con incomprensible regularidad. Ni que decir tiene que era un samurái distinto, sin épica, katana ni caballo; un guerrero cuya única posibilidad de abatir a cualquier enemigo sería de un feroz ataque de risa. A los diecinueve años, cansado de despertar cada día entre tanta nada, Feliciano Trijueque no se fue a Tokio, ni a Okinawa, ni a niguna de esas lágrimas que, según se dice, alguna diosa aquejada de tedio infinito transformó en lo que, para entendenos, llamaríamos Japón, no, Feliciano Trijuque se fue a Cuenca con la esperanza de que la vida lo esperaría en algún pisito con vistas de esa Nueva York castellana, minimalista y esencial.
   Instalado en una habitación que compartía con un primo hermano que no era samurái pero que en casi todo lo demás era muy parecido a él, se sumergió en el vigoroso mercado laboral de Cuenca con una inquietud muy parecida a la ilusión. Como era de esperar, no aprendió ningún oficio ni realizó trabajo alguno que conllevara la más mínima dignidad, pero si que, en apenas unos meses, aprendió a estar triste sin conocer el motivo. 
   A su confusa manera, muy pronto se percató de que en Cuenca no solo colgaban las casas sobre el río Huécar, sino que tambien lo hacían las horas, las sombras, las esquinas y casi todas las esperanzas. Cuando las interminables jornadas dedicadas a esa mierda revestida de destino llamada trabajo se lo permitían, se acercaba a la ciudad encantada para pasear un rato, él y sus cada vez más vagas ensoñaciones, entre las rocas que a la naturaleza, a falta de otra cosa mejor que hacer, le había dado por moldear. Era evidente que los dioses y sus secuaces -el sol, el aire y el agua- preferían entretener los siglos esculpiendo algo parecido a un perro  en una piedra que prestando a Feliciano la más mínima atención. 
   Con los restos de todo ese abandono, con los materiales de todo ese desconcierto, quiso el destino crearle una obsesión. La Torre Mangana, también conocida como Torre de las Horas, y un reportaje en la televisión sobre la historia de los samuráis, fueron los curiosos elementos que ese ineludible azar reunió.
  Podía haber sido un amanecer como cualquiera de los que Cuenca   permitía, pero Feliciano Trijueque no lo quiso. Su primo dormía en el camastro del lado, pero a decir verdad en el piso ya no había nada ni nadie con él a excepción de su firme determinación. Se vestió muy despacio, otorgando a  los calzoncillos, los calcetines agujereados, la camiseta negra con el lema Cuenca existe y los tejanos, la misma dignidad y atención que son necesarios para colocarse la armadura tradicional. A falta de kabuto, utilizó el casco de segunda mano que compró en el mercadillo de los jueves a un marroquí que sabía sonreír; por lo que a la imprescindible katana se refiere, tuvo que conformarse con un cuchillo jamonero que les toco en la tómbola de la última fiesta mayor.
   En ese estado de valor, soledad y virtud que solo los guerreros samuráis conocen, bajó las escaleras de los seis pisos sin ascensor para ir en busca de lo que tenía que haber sido un caballo y fue una scooter de 75 cc. El enemigo, arrogante y muy quieto, lo esperaba algunas calles más arriba. Feliciano Trijueque quiso, antes de lanzarse a una batalla que hasta los primeros gorriones de la mañana sabían de antemano perdida, dejar que el aire fresco le diera por unos momentos la razón. Se bajó la visera del casco, sacó del cinturón que le sostenía los tejanos a sus magras carnes el cuchillo jamonero, aceleró al máximo la sufrida cabalgadura y cargó furioso contra el poderoso ejército de las horas comandadas por su sanguinario y cruel general, el tiempo.
   Ni que decir tiene que la Torre ni se inmutó y que del envite apenas le quedaron la sorpresa y algunos leves rasguños. Feliciano no murió en el acto, sino en la ambulancia que lo trasladó a lo que queda del Hospital Comarcal después de los recortes. Según lo que comentó a sus compañeros de urgencias  la doctora que lo atendió, un poco antes de que Feliciano abandonara ese amago de vida por el que transcurrieron sus días le mostró el cuchillo jamonero que incomprensiblemente aún llevaba agarrado con su mano derecha y alzando un poco los ojos hasta hacerlos coincidir con los de ella le pidió, con un hilillo de voz, que si sería tan amable, cuando estuviera definitivamente muerto, de cortarle la cabeza.

sábado, 18 de mayo de 2019

Si yo me contara -14-



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Aquí sigo, braceando en esta nueva ficción numérica y con la firme voluntad de ampliar el círculo centrífugo hasta conseguir que abarque todas las mariposas.
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Algunas nubes se entristecen porque la luz es hermosa y yo no le presto la suficiente atención.
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Me despisto, me desoriento un instante, tuerzo la esquina equivocada y aquí me tienen de nuevo, en mitad de la calle tristeza y boqueando como lagarto en una calurosa tarde sin mosquitos.
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No cabe la menor duda de que un oso hormiguero es Dios. Prueba de ello es que partiendo de su sorprendente y contradictoria condición, acumula eternidades fulgurantes y sucesivas, vida y muerte cerecen en él de sentido -también carece de opiniones- y por si todo eso fuera poco, delante de un espejo no sabe qué es lo que ve ni le importa lo más mínimo.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Si yo me contara -13-



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El tedio y sus múltiples metástasis suelen generar firmes convicciones, cuando no inquebrantables adhesiones a cualquier burrada que consiga ser lo suficientemente oportuna.
-32-
Si dos por dos fueran cuatro, faltarían ventanas por las que precipitarse al vacío.
-33-
Día físico; horas de hacer, mover, empujar, cargar. El otro me observa desde un rincón, comprensiblemente molesto.
-34-
Contigo ha entrado la sombra de una alegría. ¡Qué contenta se ha puesto la tarde al saber que te tenía!

martes, 30 de abril de 2019

Si yo me contara -12-



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Un aeropuerto es la pornografía del movimiento, la mecánica cópula del espacio tiempo.
-28-
En casi todo rezuma un sentimiento de pérdida que, bien mirado, es más hermoso que triste.
-29-
Un diccionario preciso que se detiene justo antes de cualquier significado; un hermoso alfabeto para construir efímeras e inaprensibles obscenidades: la luz.
-30-
Propósito: para no contrariar al mar, he decidido romper una y otra vez con cada una de sus olas.

miércoles, 24 de abril de 2019

Bárbara Blasco ("La memoria del alambre" -Ediciones Contrabando-)



“He recordado aquella historia de un vendedor que le preguntaba a un cliente: ¿quiere la jaula vacía o sin pájaro?, ¿y qué diferencia hay? quería saber el cliente. La nostalgia, por supuesto, respondía".

Bárbara Blasco ("La memoria del alambre")


  Es sabido que la piel, como el alambre, insiste en la tozudez de la memoria. En este libro placer, el segundo que Bárbara Blasco lleva a la pista para que podamos bailar con él, es la memoria que, como una caricia olvidada, nos recuerda a nosotros, precipitándonos a una nostalgia no de lo que fue, sino de lo que ahora apenas sabemos ser.
En esta novela, Bárbara nos cuenta la historia de la carrera a todo trapo de dos adolescentes -y por lo tanto de dos seres fugazmente eternos- que, como dos hermosas notas perdidas en un viejo vinilo, saben que, tarde o temprano, la pesada aguja no solo les dará alcance, sino que las confundirá para siempre entre el estúpido estribillo de una canción aberrante. En su huida a ningún lado; en su forma de ser, al unísono, salto y precipicio; en su audaz respuesta a una pregunta no formulada; esas dos chicas consiguen arrastrar tras ellas ingentes cantidades de ese sentimiento que produce la pérdida de lo que en realidad nunca se tuvo: la ternura.
Con su precisa goma de borrar, Bárbara desbarata fronteras, las confunde gozosamente y en lo que podían haber sido muros, barreras y alambradas, configura espacios que no se dejan atrapar en ninguna rigidez. Prueba de ello es que este libro se puede leer, pero también se puede escuchar y, creanme, incluso se puede bailar con él. No hay forma de que las palabras se queden quietas en sus páginas esperando a decir solo lo que dicen, sino que saltan continuamente a la pista arrastrándote con ellas. 

Si como se dice en este hermoso libro, “escribir tal vez consista simplemente en eso, en encontrar el destinatario exacto, sólo eso”, Bárbara Blasco sabe perfectamente cómo hacerlo.

No lo lean si no les apetece, ustedes sabrán cómo dosifican las cosas del placer.


jueves, 11 de abril de 2019

Tus ojos de huerta y cielo



  Instalada ya entre la cosas que no sucederán; haciendo del todo tuyo -se diría que casi rutinario- lo inconcebible, eso que siempre sucede por primera vez; inaugurando en silencio la infinita fatiga de no estar ya nunca mas cansada; tuteando a las noches, llevándoles la contraria a casi todas las mañanas; con toda la razón que da lo que es verdad y ya no importa; con tu risa desconcertada sin saber dónde reír; con tus ojos de huerta y cielo haciéndose poco a poco el paisaje de un sueño.
Con todas esas cosas metidas a prisa en tu maleta te has ido a ese lugar que cada uno de nosotros habitamos, ese país que delimitan nuestros corazones y que, de alguna forma, siempre será el tuyo.

Para ti, Fina, que yéndote te has sabido quedar.


jueves, 28 de marzo de 2019

Entre los peces, tampoco existe la natación (Taller Bremen)



  Tumbado en la cama, una leve vibración en el testículo derecho le avisa de que ya le han sido enviadas, debidamente actualizadas, las opiniones que mantendrá. Las paredes de la habitación lo miran con cierta curiosidad, sin que se pueda descartar en las manchas de humedad alguna que otra burla. No es martes por la mañana porque ya no existen los martes y, de alguna forma, tampoco las mañanas. El tiempo lo estructuran desde la Central en función de lo que ellos consideran necesario. Digamos que es una jornada catalogada como tipo 3B, técnicamente conocidas como Jornadas de Pasividad Receptiva. Tiene los pulgares adormecidos de la fiesta on-line de la noche pasada. Una nueva vibración, esta vez ubicada en el párpado derecho, le avisa de que en breve recibirá los productos que se ha determinado que necesita en función de su tipología. El hombre que estaba tumbado en la cama justo enfrente de las uñas de sus pies es un modelo DXT equipado con todo lo necesario para ser uno más entre los muchos. Podría decirse que es el modelo democrático por excelencia, alguien que se puede añadir a cualquier suma sin que se llegue a cuestionar jamás el uso que se le va a dar a la cifra total. Mucho tiempo atrás tal vez se hubiese podido afirmar que estábamos ante un perfecto idiota, pero ahora dicha afirmación es absurda dado que tampoco existen los idiotas por idéntica razón por la cual, entre los peces, tampoco existe la natación.
  Dios, el deseo, cualquier esperanza y una dieta saludable, entre otras muchas cosas, quedan convenientemente resueltas y acogidas en el implante de última generación que lleva en el sobaco izquierdo. Sin el incordio de la felicidad, inútil preciso y de gran utilidad, ese ser ahistórico está diseñado de tal forma que siendo él puede ser perfectamente cualquier otro.
  Con todos estos prodigios tumbados en la cama se encuentra ella cuando abre la puerta de la habitación. Las jornadas 3B son las programadas para las cópulas no reproductivas. Dado que el implante que lleva ella en una de las dos nalgas (considero de escasa importancia para el relato determinar cual) no es de última generación y provoca algunos errores, se desnuda como si de un bostezo se tratase. 
  Tres minutos dieciséis segundos son más que suficientes para dar cabida a unos tímidos espasmos y a unas moderadas contracciones, e incluso le permiten a él exponer con cierto énfasis un par o tres de las opiniones recibidas hace un rato. Como es habitual, esa breve actividad amatoria genera el correspondiente informe que, enviado de forma automática a la Central, permite actualizar la estadística de calidad de vida y goce carnal de los modelos DXT.


¡Vaya por Dios! Me tendrán que perdonar que detenga aquí todo este no suceder. De forma totalmente inoportuna, justo cuando iba a contarles algo de verdad increíble, me ha empezado a vibrar el testículo derecho. Cuando haya leído lo que debo opinar sobre este texto se lo comunicaré encantado. Les ruego me disculpen. Un abrazo.