miércoles, 23 de mayo de 2018

Metástasis democrática




  Ando con la firme sospecha -tan firme que bien podría ser una certeza- de que si alguna bondad residual, o bien algún incomprensible interés por lo nuestro, siguieran teniendo cualquiera de los dioses que desde tiempos inmemoriales mantenemos en nómina, se compadecería de nosotros y no permitiría dejarnos en manos de tan excelsos miserables.
Y no me refiero, como ya habrán adivinado, a la miseria de los que nada tienen, sino a la de aquellos que lo mucho que poseen es todo lo que son, es decir, la de aquellos miserables que en realidad no son nada. Gentuza “plurisiglas” sin otro objetivo que expandirse como metástasis desbocada insistiendo en el bien que desean al cuerpo que mortifican. Charlatanes hueros que ni siquiera pueden considerarse mentirosos, ya que para merecer tal distinción hay que tener alguna noción de la verdad para poder contradecirla con cierta verosimilitud, estableciendo un mínimo reconocimiento, una cierta convivencia, con aquello que se intenta falsear, por lo que a esta escoria, dada su precisa forma de enquistarse, su caspa ignorante y orgullosa, su miedo inconfensable que les lleva a persistir en la idea de un destino distinto al que suelen gestionar el tiempo y los gusanos, ni siquiera la sutilidad y delicadeza de mentir con precisión le es posible.
 Rabiosos, ladran cualquier cosa desde sus jaulas parlamentarias y en algún pisito mal ventilado alguien se conmueve, se siente aceptado, incluido, reconocido, y corre al bazar chino más cercano para comprar un trapo de colores y así estar completamente de acuerdo con todo lo que se ignora y nos perjudica. 
  

   ¡ Ay, si por desgracia para él, algún griego medianamente ilustrado, de esos que hace unos siglos les dio por revestir de sentido la palabra democracia, le diera por levantar la cabeza! No me cabe la menor duda que de inmediato la volvería a agachar y esta vez de una forma definitiva.

viernes, 30 de marzo de 2018

Las sinrazones de Paco y Andrés (Taller Bremen)



- A veces pienso que me hubiese gustado ser un pájaro, con el cielo como única condición, como único requisito, inconscientemente libre.
-Te advertí, querido Andrés, que no repitieras de garbanzos. Un pájaro no goza de libertad alguna, un pájaro tiene alas. No es un estado lo que ahora contemplas tú y tu indigestión, es la particularidad de una herramienta de admirable precisión.
- Tú, como de costumbre, asesinando poetas y poemas por los callejones oscuros de tu racionalismo rabioso.
- Las metáforas, mi querido distinto a unos pocos y parecido a la mayoría, son como los calzoncillos, de alguna utilidad, sin duda, pero absolutamente innecesarias, incluso molestas, cuando se trata de ponerse esencial, es decir, cuando se trata de vivir sin darle a la manivela de un sentido cualquiera.
- No me cabe la menor duda, Paco,  de que te morirás hueco del todo y un poco más solo e incluso un poco más muerto que los otros muertos.
- Pongamos, señor de los suspiros, que para distraer un poco la tarde y sus horas torpes, acepto esa gradación, esa categorización de muertos que usted sugiere. Vayamos un poco más allá en este absurdo e imaginemos, agrupados en una esquina, a usted y a todos los innumerables que creían andar en lo cierto. Todos esos que alzaban los ojos y llegaban a la peregrina conclusión de que los pájaros gozan de libertad y en el Universo, de alguna forma desmesurada y extraña, se regocijan los distintos dioses, infatigables fabricantes de sentido. Puestos a imaginar, veamos como en la esquina de enfrente, más oscura y expuesta a las malignas corrientes de aire, nos apretujamos los que nunca conseguimos levitar, los que ni siquiera al plato de lentejas se nos ocurrió preguntar su porqué, los que vivimos de cualquier manera y sin tener la mala costumbre de tener razón, los que fracasamos en los innumerables intentos de fabricarse unas alas sin llegar por ello a suspirar por la jodida libertad. Cuando esa puta infinita descienda en medio de la calle de su flamante eternidad y empiece a andar, contoneando su cuerpo inabarcable, ¿a qué esquina cree usted que dirigirá sus pasos? ¿a quién ofrecerá complacida, y tal vez levemente excitada, sus servicios? ¿con quién decidirá acostarse por última y definitiva vez?
Querido Andrés, la vida es un burdel al que hay que entrar a calzón quitado, comprendiendo y aceptando que todo lo que hay que indagar nos espera en alguna de sus camas. Follar y no suspirar, eso es lo que se requiere en este horrible y a la vez hermoso lugar.

Aunque el sonido de la campanilla se esfuerza en ser el mismo para los dos, Andrés se complace en escucharlo como si un pajarillo de metal revoloteara por el pasillo; ni que decir tiene que Paco solo escucha la campanilla que avisa a todos los que están ingresados en la residencia de que la cena está servida. Con las lógicas dificultades, los dos arrastran sus sillas de ruedas hacia el comedor. Lola Fernandez, la vivaz y rotunda asistenta colombiana, se inclina levemente para servir las mesas. Andrés mira fijamente la cesta del pan como si albergara algún misterio; Paco mira el escote con la certeza de que en ese mínimo horizonte vertical le caben casi todos sus recuerdos y los pocos anhelos que aún le merodean. Van a dar las ocho y la noche ya hace un rato que ha borrado los pájaros de la ventana y, a su precisa manera, ha decidido desmentirlos a los dos. 

domingo, 25 de marzo de 2018

Lista para un tonto -1-



  Depurar la luz, el aire, las palabras, hasta que solo nos quede entre las manos ese levísimo instante que aún nos reconoce y en el que se puede habitar.

sábado, 27 de enero de 2018

Al final no ha llovido (Taller Bremen)



  "Son las doce de la noche. Esta mañana he dicho veintidós veces buenos días. Parecía que quería llover, pero al final no ha llovido. Hace ya un buen rato que el perro del segundo primera está ladrando y no tengo café. A tomar por culo".

  Esto fue lo que encontraron escrito en el reverso del recibo de la luz del mes de mayo. A él lo encontraron debajo de la cama, abrazado a la tostadora de pan y muerto. Una lavadora de blanco recién colgada parecía indicar que tanto le daba estarlo o no. Tenía cuarenta y tres años y  de haber llovido esa mañana es más que probable que a mediados de Noviembre hubiese cumplido los cuarenta y cuatro. Aunque ya no hay nadie que pueda recordarlo, Francisco pesó al nacer tres kilos doscientos y al morir setenta y seis. Ni Dios se explica qué es lo que quería demostrar acumulando, de forma tan tenaz y durante todo ese tiempo, esos setenta y dos kilos ochocientos gramos de diferencia. A pesar de que el forense hacía más de una semana que por las tardes tenía acidez de estómago, a las cuatro y veinte de la madrugada ordenó el levantamiento del cuerpo. Como era de esperar, el cuerpo desobedeció, por lo que tuvieron que ser los empleados de la funeraria los que lo levantaran y lo separaran para siempre de la tostadora. Ya sé que muchos pensaran que aquí no hay historia que contar, pero aún dándoles la razón yo les preguntaría: ¿Acaso lo que no tiene ninguna importancia no debe de ser contado? 
De haber asistido al entierro, esos mismos que ahora tal vez recriminan este no suceder, hubiesen podido constatar que la historia en pleno estuvo presente. Toda la intrascendencia, toda la levedad que ha ido coagulando los siglos estuvo allí para darle a Francisco no la última despedida, sino el primer y afectuoso recibimiento a su entrañable e inconmensurable nada. La gran historia del olvido, los acontecimientos de agua que casi nadie consigue atrapar, eso fue de lo que allí se trataba, eso fue a lo que en el nicho doscientos veintitrés se le dio sepultura. 



martes, 23 de enero de 2018

Mi pequeña y queridísima respuesta



   Concentrado en lo esencial, sin artificios, aferrándote con una voluntad que aún sabe del misterio; ahí estás, intrépido caballero andante, erre que erre con la vida y adelante. Tres años, mi querido Piratilla Valiente, y ya atesoras alegría y ternura para colmarnos a todos. 


Mario, mi pequeña y queridísima respuesta a lo que no se preguntar.

sábado, 13 de enero de 2018

El dolor de lo que aun no duele (Taller Bremen)



  En la sección de sucesos del diario La Verdad no se hace mención alguna del horrible accidente que no se ha producido. Un elefante se columpia de nuevo en el estómago de Francisco Mañana. Viendo que no le presta la más mínima atención, su cortado decide disolver la sacarina y enfriarse. De los siete que consienten de mala gana las primeras luces del día apoyados en la  barra del bar, cuatro no lo miran y los otros tres digamos que ni lo ven, insensibles, como tantos, al enorme sufrimiento que comporta todo lo que no sucede. Y es que la vida se ha cebado desde siempre con Francisco Mañana.   Abandonado a los tres años por unos padres que todavía viven con él; engañado por una mujer que nunca tuvo; decepcionado con amigos que ni siquiera conoce; gravemente enfermo de nada; no es de extrañar que con semejante panorama hasta la entrañable angustia que lo habita se sienta a menudo angustiada. Digno de compasión, el pobre hombre nunca tuvo la suerte del que es atropellado en zapatillas de estar por casa por el camión de la basura; del que resbala en la ducha y muere solo y abrazado a la esponja de baño; del que le sorprende un infarto en medio de una opinión; nunca accedió Francisco Mañana a la inmensa fortuna de todos los que cogen un avión y la compañía los extravía, de forma definitiva y al unísono, a ellos y al equipaje.
  Con todo ese padecer sale a la calle Francisco Mañana justo a tiempo para ser golpeado por la sirena de una ambulancia en la que no agoniza él. Camina cabizbajo, vencido como de costumbre por un enemigo desganado que ni siquiera se toma la molestia de presentarse a sus numerosas y encarnizadas batallas.
  En menos de diez minutos, entran él y su angustia a la oficina del Banco del  Futuro en la que lleva veintisiete años trabajando. Se sienta en su despacho mientras el inminente despido que la empresa nunca se ha planteado, espera, en algún sobre malévolo, a ser comunicado. A las diez y media está muriéndose pero tiene hambre. A las tres, ya sin vida, se pone el abrigo y va en busca de todo lo que no ha sucedido esa mañana. A las siete merienda metido ya de lleno en el fin. A media noche, una muela sana lo martiriza con el dolor que tendrá cuando la caries la perfore. Casi a la misma hora, los redactores de la sección de sucesos del diario La Verdad se apresuran a no escribir los titulares del horrible accidente que insiste en no suceder. A su manera, el cortado y la sacarina ya saben que de  nuevo, por la mañana, no les quedará otra que dejarse enfriar. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Sonny Boy Williamson (Bye Bye Bird)



Llegar a escribir así, ese es mi particular empeño.