domingo, 27 de junio de 2010

El desfibrilador













Esperaban pacientemente su turno para el desfibrilador –y es que esa tarde nada hacía presagiar un nuevo latido-.

Su última decisión













Cruzar al otro lado de no importa y qué más da. Esa fue su última decisión.

El desorden de los colores













Él sabe, sin saberlo, que cualquier día de estos llegará a sus ojos el desorden de los colores; él sabe, sin saberlo, que a sus labios llegará toda la risa de esta geometría cansada. Él sabe, sin saberlo, que poco a poco se desdibuja entre cosas que desconoce; en el breve día de esta noche en tregua; en esa nada que, sin saberlo, serenamente espera.

Los únicos que aciertan












Todas las salas de espera son abominables. Los únicos que aciertan son los que, sentados en cualquier lugar, nada esperan más allá del hecho de esperar.

jueves, 10 de junio de 2010

No deberíamos fiarnos












No deberíamos fiarnos de todo lo que nos dicen: en la boca pueden prosperar más de 400 variedades de bacterias.

Una pirueta es suficiente












Una pirueta es suficiente para recorrer el inquietante espacio que separa un niño de cualquier otro instante. Terreno propicio para buscadores y tesoros, enfermitos y sanadores, miedosos y sinvergüenzas, buenos y más buenos –mejores-, apaga conciencias y concienzudos.
Hay que ver como se afanan desde siempre, semejantes artesanos del bostezo, en ocupar con falsas verdades el inquietante espacio que separa un niño de cualquier otro instante.

Inventario de la buena mala suerte













La piel y sus derrotas; una casa que espera sólo por esperar; la avidez de las moscas y su incomprensible biografía; la goma de unas bragas delimitando el cansancio; los que corren para perdurar; una cicatriz enorme como una segunda sonrisa; el dominó jugando a perder con la tarde; un autobús vacío que sueña con ser bicicleta; el viento, con sus palabras silentes; la imparable hegemonía del óxido; todo lo que queda del sol cuando ya no está; el terrible optimismo de las obras; la precisa certeza de lo mismo, que se muestra siempre por primera y última vez.
¿Me pregunto qué buena mala suerte esperas, bajo tu trece destino, inventariando minuciosamente la nada?

Lo improbable













Va a ser que no será; y es que lo improbable, junto con su idea del amor, eran el precario motor de ese viejo barco, sin puerto a dónde dirigirse ni mar por el que navegar. Suerte tuvo que al lugar del olvido le acompañó una canción y la debida ternura.