viernes, 19 de noviembre de 2010

La última nota será de luz













Se han abierto espacios. Las cosas han distendido un poco, sin soltar del todo la cuerda, su insondable razón. Podría acudir a las convenciones de instante y luz para nombrar esta tregua, pero el mismo instante y otras luces a menudo establecen alianzas con las fauces sin alimaña del dolor hueco, por lo que tal vez esta tregua sólo se deba a una distracción pasajera, un girar la vista hacia otro lado para atender no se qué rumor de olas.
En los alrededores de esta breve rendición del ejército unívoco, se suceden los afanes y la muerte; los pájaros se regocijan de no saberse, los niños se desaprenden de alegrías entre mentiras y bicicletas; la arena observa, suma silencios -su enorme escepticismo la inhabilita para la más mínima esperanza-.
Luego, sin duda, algo muy leve dará por finalizado el concierto; la última nota, como siempre, será de luz.

Los ningunos













Un pájaro abolió la mañana.
Los ningunos
siguen esperando un vuelo
que no será.

Como la mosca













El único que sabe de amor es el rebeco; el hombre, como la mosca, interroga el cristal.

La monja atómica













No existe límite alguno en lo que a salvar al prójimo se refiere. Tanto es el bien que algunos te desean que serían capaces de cualquier cosa, incluso de eliminarte a pedradas, para hacer que lo consigas (la bondad, esa monja atómica lanzada sobre Hiroshima).

martes, 2 de noviembre de 2010

La risa sabe













La risa sabe porque reconoce; el llanto ignora porque adolece –se resiente-.

Deicidio













Cargó minuciosamente su miedo.
Aún se escuchaban las últimas cosas del disparo
cuando Él cayó fulminado.

Amante de una ciudad cansada













Amante de una ciudad cansada (como cada tarde, desde el cuartucho de su frágil tristeza, observaba todo aquello que, siendo aun, ya había sido).

La soledad












Sentía la soledad como el veneno de un escorpión muerto.