miércoles, 31 de octubre de 2012

Deicidio


Cargó minuciosamente su desamparo. 
Aún se escuchaban las últimas cosas del disparo
cuando Él 
cayó fulminado.

Juan García Hortelano




No me importaría morir con aguacero, / pero carezco de paraguas [...] No me importaría morirme, / si fuera sólo por las mañanas. / Y no todas las mañanas [...] No me importaría morirme, / si la muerte no fuera una cosa muy seria [...] Si mi trabajo estuviese bien remunerado, / no me importaría, por mis herederos. / Pero con tal sueldo basta apenas / para ir tirando vivo. 

 (Echarse pecas a la espalda)

jueves, 25 de octubre de 2012

Apuntes de metafísica porcina



Un gancho en el cuello sirve para sacarlo del sueño y de la pocilga. El animal muestra su absoluta disconformidad ante semejante despropósito -nadie le ha dicho que su breve eternidad pasaba por un cielo de morcillas, jamones y salchichas-. Ante su lógica y enérgica protesta, una confusión de manos lo inmovilizan en un banco de madera.  El desacuerdo ya es total; el cerdo, a pesar de no saber que cosa es ser un cerdo, no tiene la menor intención ni deseo de dejar de serlo. Ahora es un cuchillo el que busca el cuello. El disgusto ya es desesperación y agonía. Rítmicamente, la sangre se precipita como si viniera huyendo de no se sabe que angustia, que peligro, que largo cautiverio. El cerdo patalea furioso aunque ya se sabe muerto. La respiración se entrecorta, se hace arrítmica, espasmódica, para derivar enseguida en un par de ronquidos secos que darán paso a una enorme indiferencia. Para esos hombres, que entre risas y gestos previsibles se cuentan hazañas vividas o soñadas, el animal era desde su nacimiento un embutido a la espera, por lo que su degüello apenas es un paso más en ese destino alimentario. 
No muy lejos, otros dos cerdos presienten su humilde cadalso; tal vez ya perciben que la mañana se presenta fría y extraña, última sin duda. Con las tres muertes –la muerte no suma ni resta, sólo iguala una cifra inexistente, exacta en su imposible representación- expuestas en el callejón estrecho y empinado por el que serpentea la sangre, lo que sucede se va concretando, posicionándose, en esa voluntad lumínica a la que llamamos día. 
Alguien rocía con alcohol el cuerpo, a cada instante más grotesco, del cerdo y le prende fuego. Una llama azul lo envuelve como si se tratara de una breve santidad, un áurea expandida de energía y bondad gorrina (antiguamente el pelo ahora chamuscado se aprovechaba para hacer cepillos de dientes –léase “La halitosis en el medio rural”- y otras cosas curiosas e increíbles, haciendo cierta la aseveración de que del cerdo se aprovecha casi todo y del hombre casi nada).          
Otras manos, de forma rápida y enérgica, rascan la piel del animal para desposeerla de toda adherencia impropia. Luego el agua hirviendo lo dejará en un estado cercano a la pureza, algo muy parecido a una inocencia epidérmica. Trasladados a lo que sería la reminiscencia de un quirófano sin pretensiones, antigua casa cuartel de la Guardia Civil (no seré yo quien caiga en la fácil tentación de otorgar un sentido a lo que no pasa de ser una casualidad), un joven diestro en las artes del destripe, dirige y en gran medida ejecuta la disección de lo que a todas luces ya está más cerca de la mesa que de la muerte.
Abierto por la tripa, en canal, el cerdo pierde las formas y se convierte en una masa de vísceras y grasa humeante. Ondulaciones rosadas, violáceas, pequeños lagos de sangre de color rojo oscuro, configuran un paisaje obsceno, casi sensual en su absoluto abandono. Uno a uno los grandes órganos se irán arrancando: un hígado sobrecogido, un corazón obstinadamente quieto, unos pulmones tediosos, un estómago confuso; luego vendrán la columna vertebral, las costillas, las patas, convertidas en paletillas o jamones, la piel, hasta desintegrar lo que hasta ahora se llamaba cerdo y ahora ya es despensa.
A estas alturas el animal ya es una dispersión casi cómica; en realidad, ya no hay quien le aguante la mirada. Un solo ojo observa sin rencor la ruina de ese ser que hasta esa mañana lo animaba. Sus vísceras aun calientes, su vejiga violentada, sus pezuñas, su corazón a la espera ya infinita; su apetitoso infierno de sopas y fritangas; su breve felicidad de puerco sin yo para siempre cercenada. 
Todo a terminado; encima de una mesa las tres cabezas contemplan el desbarajuste con ojos desorbitados. El olor de la carne aún caliente se mezcla con la de los trozos que se han puesto a hervir en una marmita de hierro. No es repugnante, si un poco dulzón y alejado aún de lo apetitoso. Con la carne picada las mujeres empiezan a preparar en barreños de vivos colores el mondongo. De estas mezclas, en función de la procedencia de la carne y de los condimentos, irán configurándose los diferentes tipos de embutido. Morcillas, hechas con sangre y pan, salchichas, chorizos y otras pitanzas que dan sentido y razón, explican y cohesionan, toda esta metafísica porcina.

Y es que un cerdo es algo admirable: no tiene ideologías, tiene jamones; no persiste en el recuerdo, sino en la despensa. Un cerdo es ante todo humildad nutriente.

(Hecha la prueba de cambiar, allí donde figura en el escrito, la palabra cerdo por la palabra artista, un servidor ha podido constatar que los resultados no han sido del todo insatisfactorios. Prueben ustedes, si así lo desean, y ya me dirán.)

jueves, 18 de octubre de 2012

Jorge Luis Borges



"Escrituras de luz embisten la sombra, más prodigiosas que meteoros. / La alta ciudad inconocible arrecía sobre el campo. / Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos. / Su día es  ávido como el lazo en el aire. / Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer. / Hablan de humanidad. / Mi humanidad está  en sentir que somos voces de una misma penuria. / Hablan de patria. / Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada, / la oración evidente del sauzal en los atardeceres. / El tiempo está  viviéndome. / Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia. / Mi nombre es alguien y cualquiera. / Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar." 

(Fervor de Buenos Aires/)

El calamar


Es sabido que el calamar, como el escritor, suelta tinta para escapar de sus feroces depredadores, pero que a diferencia de este, su obra -a la del calamar me refiero- aguarda en el ámbito de lo posible que no será; esas obras que pertenecen al inabarcable género de lo nunca escrito; aquello que jamás se ha dicho ni se dirá. No es improbable que curiosos y eruditos languidezcan por los pasillos de esa  biblioteca donde esperan los  libros que nadie escribirá. 

Camarón de la Isla



Chicharra que agoniza de verano, 
que rompe el verano en mil pedazos 
para proclamarse verano. 
Queja profunda 
por todo ese inmenso dolor
que no sabe donde doler.

viernes, 12 de octubre de 2012

Eugenio Andrade



"No soy un hombre de partido, me niego a pensar por cuaderno de encargos, como decía Pessoa. La izquierda a la que pertenezco rechazará siempre la iniquidad y todas las formas de represión; tendrá en cuenta las nuevas realidades, no sólo del hombre con el hombre, sino también del hombre con las cosas; redistribuirá con mano justa no sólo los bienes de la tierra, sino también las verdades y los poderes. A la izquierda a la que pertenezco sabrá que una de esas verdades es el cuerpo, que uno de esos poderes es el deseo. Y nunca olvidará que el hombre tiene derecho al placer."

La contundencia de lo inútil


Leo mientras espero: “Se necesita mecánico planchista a tiempo parcial” y me distraigo pensando que tal vez el tiempo, imparcial por esencia y costumbre, sólo favorece a los planchistas y algún que otro cirujano plástico. Una mujer con cara de fístula me indica que pase allí; miro “allí” y constato que los destinos son diversos dada la indeterminación del “allí” y la desgana del “pase”. La cola la configuran una diversidad de ociosos: algunos jóvenes, otros decrépitos, unos pocos obesos, los menos escuálidos y también dos peruanos. En la espera lineal se confunden y enzarzan agresiones diversas: perfumes hirientes, cinturones blancos de plástico, moldeados “rigor mortis”, una mujer con un pañuelo cubriendo lo que se supone debe de ser una cabeza, niños diversos, indeterminados, sin origen ni procedencia aparente, y todo ello aderezado con una densa capa de sonidos, algo parecido a la grasienta piel de un animal sin contornos a la espera de una creación más que improbable. Pase a la mesa número nueve; pase a la número tres; pase a la número siete; espere en la número seis (un leve reflexión sin viaje ni destino se me posa en la nariz: la burocracia es el pulpo de la acción, la mentira de la eficacia, la brutal contundencia de la inutilidad). 

Edith Piaf



Amante de una ciudad cansada, 
desde el cuartucho de tu frágil tristeza 
cantas a todo lo que siendo aun, ya fue.

sábado, 6 de octubre de 2012

Roberto Bolaño



"En un universo donde los rectángulos son impensables".

(Los detectives salvajes)

La tiranía del color


En París he visto criadas negras paseando niños blancos por los verdes parques en una tarde gris. Es necesario denunciar esta tiranía del color; es de justicia alterar este orden social cromático hasta conseguir, por ejemplo, que criadas blancas paseen niños grises por los negros parques en una tarde verde. Ignorar al amarillo, dudar del rojo, descreer del azul, algo ineludible, conveniente y saludable. 

Te pregunto

¿Quién crees que llevará el recuento 
  de todos los pájaros muertos?
¿Quién crees que aliviará el cansancio 
  de las tizas en los colegios?