jueves, 25 de octubre de 2012

Apuntes de metafísica porcina



Un gancho en el cuello sirve para sacarlo del sueño y de la pocilga. El animal muestra su absoluta disconformidad ante semejante despropósito -nadie le ha dicho que su breve eternidad pasaba por un cielo de morcillas, jamones y salchichas-. Ante su lógica y enérgica protesta, una confusión de manos lo inmovilizan en un banco de madera.  El desacuerdo ya es total; el cerdo, a pesar de no saber que cosa es ser un cerdo, no tiene la menor intención ni deseo de dejar de serlo. Ahora es un cuchillo el que busca el cuello. El disgusto ya es desesperación y agonía. Rítmicamente, la sangre se precipita como si viniera huyendo de no se sabe que angustia, que peligro, que largo cautiverio. El cerdo patalea furioso aunque ya se sabe muerto. La respiración se entrecorta, se hace arrítmica, espasmódica, para derivar enseguida en un par de ronquidos secos que darán paso a una enorme indiferencia. Para esos hombres, que entre risas y gestos previsibles se cuentan hazañas vividas o soñadas, el animal era desde su nacimiento un embutido a la espera, por lo que su degüello apenas es un paso más en ese destino alimentario. 
No muy lejos, otros dos cerdos presienten su humilde cadalso; tal vez ya perciben que la mañana se presenta fría y extraña, última sin duda. Con las tres muertes –la muerte no suma ni resta, sólo iguala una cifra inexistente, exacta en su imposible representación- expuestas en el callejón estrecho y empinado por el que serpentea la sangre, lo que sucede se va concretando, posicionándose, en esa voluntad lumínica a la que llamamos día. 
Alguien rocía con alcohol el cuerpo, a cada instante más grotesco, del cerdo y le prende fuego. Una llama azul lo envuelve como si se tratara de una breve santidad, un áurea expandida de energía y bondad gorrina (antiguamente el pelo ahora chamuscado se aprovechaba para hacer cepillos de dientes –léase “La halitosis en el medio rural”- y otras cosas curiosas e increíbles, haciendo cierta la aseveración de que del cerdo se aprovecha casi todo y del hombre casi nada).          
Otras manos, de forma rápida y enérgica, rascan la piel del animal para desposeerla de toda adherencia impropia. Luego el agua hirviendo lo dejará en un estado cercano a la pureza, algo muy parecido a una inocencia epidérmica. Trasladados a lo que sería la reminiscencia de un quirófano sin pretensiones, antigua casa cuartel de la Guardia Civil (no seré yo quien caiga en la fácil tentación de otorgar un sentido a lo que no pasa de ser una casualidad), un joven diestro en las artes del destripe, dirige y en gran medida ejecuta la disección de lo que a todas luces ya está más cerca de la mesa que de la muerte.
Abierto por la tripa, en canal, el cerdo pierde las formas y se convierte en una masa de vísceras y grasa humeante. Ondulaciones rosadas, violáceas, pequeños lagos de sangre de color rojo oscuro, configuran un paisaje obsceno, casi sensual en su absoluto abandono. Uno a uno los grandes órganos se irán arrancando: un hígado sobrecogido, un corazón obstinadamente quieto, unos pulmones tediosos, un estómago confuso; luego vendrán la columna vertebral, las costillas, las patas, convertidas en paletillas o jamones, la piel, hasta desintegrar lo que hasta ahora se llamaba cerdo y ahora ya es despensa.
A estas alturas el animal ya es una dispersión casi cómica; en realidad, ya no hay quien le aguante la mirada. Un solo ojo observa sin rencor la ruina de ese ser que hasta esa mañana lo animaba. Sus vísceras aun calientes, su vejiga violentada, sus pezuñas, su corazón a la espera ya infinita; su apetitoso infierno de sopas y fritangas; su breve felicidad de puerco sin yo para siempre cercenada. 
Todo a terminado; encima de una mesa las tres cabezas contemplan el desbarajuste con ojos desorbitados. El olor de la carne aún caliente se mezcla con la de los trozos que se han puesto a hervir en una marmita de hierro. No es repugnante, si un poco dulzón y alejado aún de lo apetitoso. Con la carne picada las mujeres empiezan a preparar en barreños de vivos colores el mondongo. De estas mezclas, en función de la procedencia de la carne y de los condimentos, irán configurándose los diferentes tipos de embutido. Morcillas, hechas con sangre y pan, salchichas, chorizos y otras pitanzas que dan sentido y razón, explican y cohesionan, toda esta metafísica porcina.

Y es que un cerdo es algo admirable: no tiene ideologías, tiene jamones; no persiste en el recuerdo, sino en la despensa. Un cerdo es ante todo humildad nutriente.

(Hecha la prueba de cambiar, allí donde figura en el escrito, la palabra cerdo por la palabra artista, un servidor ha podido constatar que los resultados no han sido del todo insatisfactorios. Prueben ustedes, si así lo desean, y ya me dirán.)

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Muy clarito todo.
Agggg

Josep Vilaplana dijo...

No se si debería disculparme por relatar lo acontecido en ese "Gólgota" levemente pagano, pero lo cierto es que un rumor de belleza y sentido merodeaba por los alrededores de semejante y sabrosa barbaridad. De todas formas, un anima sin duda poco favorecido por los dioses que es capaz de "reencarnarse" en jamón merece mi más absoluta admiración. Algo parecido le sucede al poeta, cuando consigue reencarnarse en poema.

Un abrazo extremadamente culposo y agradecido.