lunes, 11 de marzo de 2013

La pomada



En realidad Ramón no pensaba tirarse por la borda, prueba de ello es que apenas unos segundos antes le preguntó a Consuelo, su mujer, si había traído la pomada para las morenas. De todo me tengo que acordar yo, parece que le dijo ella, y él, ni corto ni perezoso, saltó. Consuelo, tal vez por aquello de los nervios o por un inconsciente ajuste de cuentas, no le lanzó el salvavidas sino la dichosa pomada.
Por lo demás, me tranquiliza pensar que Ramón, como todos aquellos que se pierden en el mar, no se olvidan, sino que son ellos el mismísimo olvido -la precisa sustancia que los olvida y al mismo tiempo los hace olvidar-.

4 comentarios:

XuanRata dijo...

Son cosas que pasan en los barcos, que uno no tiene muy claro cuales son aquí las reglas.

Gracias por la sonrisa. Y me quedo reflexionando acerca de si el mar tiene o no tiene memoria.

Isabel dijo...

Pobre mujer, todavía asomadita por si el tubo de pomada no lo ha dejado ko allí abajo y vuelve para preguntarle otra cosa.

Esos olvidos nos traen de cabeza.

Un abrazo que se me olvidaba.

Josep Vilaplana dijo...

Ese es el problema, el no tener claro lo que hay que hacer (en realidad, la vida es un naufragio sin capitán alguno que organice mínimamente el abandono de la nave...). Las mujeres y los niños dicen que van los primeros; nunca he sabido en que orden van los conductores de autocar y así me va...

Por lo demás, creo que el mar no olvida, sino que es el olvido (lo recuerda todo a condición de olvidarlo).

Josep Vilaplana dijo...

Ahí sigue la mujer, asomadita por ver si es capaz por una sola vez de cerrar correctamente el dichoso tubito.

Nunca mejor dicho, esos olvidos nos traen de cabeza...al mar.

Un beso sin olvido posible.