jueves, 28 de noviembre de 2013

El mismo paisaje



Cada tarde ese preciso don nadie, sin nudo ni desenlace       -puro final-, sacaba a pasear el mismo paisaje. Para ese ser, vestido siempre de riguroso hastío, el perro apenas era una excusa cuyos excrementos recogía con asco y pulcritud. Había tenido algún ideal que ahora no recordaba y tal vez una mujer con los ojos tristes y azules, aunque de eso tampoco estaba muy seguro. No era, para entendernos, un hombre vencido dado que no se le conocía batalla alguna, sino más bien un personaje que había pospuesto para nunca cualquier mínima escaramuza, a no ser la que últimamente mantenía con la estúpida tostadora. Y era con toda esa nada bajo el brazo con la que a diario se sentaba un ratito en el banco del parque para dar de comer a las palomas. Por lo demás, nada hacía prever que esa tarde el mar, solícito, acudiría de tan lejos para susurrarle su ofrecimiento. Casi contento, se quitó los zapatos, soltó el perro y se adentró sin temor. En un desbarajuste de burbujas y escamas desaparecieron él, la tristeza  y los trocitos de pan.
A la mañana siguiente, las portadas de todos los diarios destacaban las graves inundaciones aunque afortunadamente, afirmaban, no había que lamentar pérdidas humanas. 


4 comentarios:

XuanRata dijo...

Pérdidas humanas tal vez no, pero qué habrá sido del perro...nada tan desolador como ese palo que nadie lanza, que nadie recoge, casi tan triste como esos estrechos de Magallanes y Cortázar.

Un abrazo.

Josep Vilaplana dijo...

A menudo la tristeza es tan nítida, tan bien perfilada, que se vuelve hermosa y casi alegre; a menudo la alegría, cuando lo es de verdad, se confunde y se enreda con la tristeza. Con el perro compartimos la absurda esperanza de que alguien nos lance el palo.

Un abrazo desde el epicentro de una hermosa y nocturna tormenta de nieve.

Isabel dijo...

A veces esa quietud en la tristeza, el no presentar batalla no hace que protestemos menos, esto a la vista de uno mismo, que no de los demás.
De todas formas como tú dices, se enreda...
Me viene a la memoria esos velatorios antiguos de pueblo en que se alternaban las risas y los llantos.
Abrazos alegres.

Josep Vilaplana dijo...

Esta por escribir la monumental -casi infinita- historia de todas las batallas. Tantas son las que libramos a diario, que sólo las igualan en número los casi infinitos y a menudo ridículos y entrañables enemigos. En esos velatorios en los que se alternaban las risas, los llantos y el anís, pienso que la muerte perdía un poco su arrogancia.

Abrazos contentos para ti, Isabel