jueves, 25 de diciembre de 2014

Peces de colores (Taller Bremen)




Tal vez porque era bajito, conmigo siempre quiso ser original y eso, como decía Pilar -una prima segunda por parte de madre- es una fórmula infalible para no acertar nunca con aquello que una necesita o desea. Año tras año, y ya eran muchas las Navidades juntos, Pedro se afanaba en sorprenderme y yo aceptaba el juego de hacerle creer que él era alguien sorprendente. 
- ¿Qué demonios es esto?
- Un sobre. Anda cariño, ábrelo y lee lo que dice la tarjeta.
"Vale por un masaje completo de una hora", eso decía la tarjeta y ahora era el momento de escenificar admiración y gratitud y, lo que era un poco más complejo,  súbito e irrefrenable deseo. Ni que decir tiene que desde hacía mucho tiempo los dos habitábamos en ese espacio, cada vez más holgado e irrespirable, que nos quedaba entre espasmo y espasmo. Follábamos como quien monta un armario de Ikea: primero se desembalan todas las piezas y se separan y ordenan los diferentes tornillos y herramientas que se tendrán que utilizar; luego, con torpeza no exenta de falsas expectativas, se procede al correspondiente ensamblaje y, una vez montado y percatados de que el armatoste se tambalea de forma alarmante, va una y sonríe como quién entiende de qué va la vida. 
Después de la función, y al salir de la ducha, vi a Pedro que dormía medio desnudo en el sofá. Las luces intermitentes del árbol le daban un aire de anuncio, algo parecido a una parpadeante publicidad de la rutina ubicada justo en la encrucijada en la que se confunden el cansancio y la tristeza. Cogí la tarjeta y llamé sin ganas. Una voz que ya parecía formar parte del masaje me dijo que perfecto, que mañana a las seis de la tarde me esperaba.
Era la primera vez y para evitar los envites de un nerviosismo de proximidad, me dediqué ha hacer lista de los idiotas del día. Justo en el momento en que punteaba mentalmente al encargado de la sección de perfumería en la que yo trabajaba, aparecieron su sonrisa, sus ojos azules y un poco después ella.
- Por favor, puedes quitarte la ropa y dejarla colgada detrás de la puerta. Estírate boca abajo en la camilla y ponte cómoda. Yo ahora vengo.
Las bragas siempre han sido para mi una cuestión. "Con" o "sin" suele ser el punto de inflexión, la linea que, de cruzarla cuando me hallo en territorios desconocidos, me  suele provocar una inquietud muy parecida a la excitación. Decidí "con", pero todo fue entrar ella en la habitación y quedar claro que la cosa era "sin". 
- Dámelas, las dejaré con tu ropa.
Me pareció observar una levísima demora en su forma de cogerlas; admito que al girarse me sorprendió mucho ver de qué forma mis ojos la miraban. Me volví a tender boca abajo en la camilla esperando que, de un momento a otro, empezaría a sonar esa enervante musiquilla de olas interminables, salpimentada con toques de piano asmático, pero esa tarde todo insistía en desmentirme y ella empezó a tararear muy flojito una canción que sólo semanas después supe que se trataba de "Le prochain amour", de Jacques Brel. Coreografiando la letra apenas susurrada, sus dedos  se movían por mi espalda exactamente igual que los pececillos de colores que, sólo con girar un poco la cabeza, podía ver en la enorme pecera que revestía de extrañeza y lentitud el instante.
Sin apenas darme cuenta el abismo ya estaba allí, esperándome. Milímetro a milímetro, y procurando que la sábana que las cubría no me delatara, empecé a abrir las piernas mientras me esforzaba en recordar si en la tarjeta decía en algún lugar "masaje de cuerpo entero". Temía y deseaba que me pidiera darme la vuelta. De pronto, como si ella fuera capaz de ver el torbellino en el que yo braceaba, hizo lo que en ese momento nunca pensé que haría: detenerse, parar, no moverse, dejar de cantar. Dejó los dedos allí, quietos, quemándome la columna, a una distancia que me pareció infinita y a la vez inexistente de donde yo deseaba atrozmente que se introdujeran. Noté como muy despacio me quitaba la sábana que cubría mis piernas, pero a pesar de ello decidí seguir con mi precisa maniobra de separarlas. El tiempo que utilizó para dibujar entre mi columna y mis tobillos lo que quiso, fue distinto a cualquier otro tiempo. Admito que al pasar muy cerca de la  mía, estuve a punto de cogerle la mano y ponérmela en la boca.
- Tienes unos pies preciosos.
Y lo que deseaba y temía llegó.
-  Por favor, date la vuelta.
Gracias, tú también, le dije balbuceando torpemente como si los zuecos que llevaba fueran trasparentes. Su sonrisa deshizo mi estupidez al tiempo que se descalzaba y apoyaba su pie en la silla.
- ¿De verdad te gustan?
No pude decir nada, sólo asentir con un leve movimiento de cabeza. Me tumbé boca arriba azorada por la más que evidente humedad que había tomado posesión de mi sexo.
Sus dedos recorrieron mi cara como jamás nadie lo había hecho. Al pasar por mis labios los entreabrí y estoy segura que ella notó el levísimo contacto con mi lengua. En ese momento abrí los ojos y me encontré con el azul de los suyos. No sonreía, sólo me miraba. Fue justo en ese instante que ella decidió hacer añicos cualquier guión, apartar de un manotazo cualquier razonamiento, silenciar a Dios para hablar en su nombre. Mientras con una mano seguía perfilando con una maravillosa precisión el paisaje de mi rostro, con la otra me empujó a un abismo al que yo, desde hacía mucho rato, ardía en deseos de saltar. Las sacudidas fueron de tal magnitud que me pareció que los peces se convulsionaban al mismo ritmo que mis espasmos, incluso me pareció ver como uno de ellos saltaba fuera de la pecera. 
- Si me permites un segundo, voy a llamar para anular la visita de las siete y también la de las ocho.
Eso fue lo que me dijo después de besarla. Yo aproveché para llamar a Pedro y decirle que su regalo me había parecido, como siempre, sorprendente y genial, y que esa noche tal vez llegaría un poco tarde. La verdad es que ya han pasado dos Navidades desde esa llamada y todavía no he regresado. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

No es poco, pero tampoco es tanto




Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los  ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni  pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones  ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas. 
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor;  que  no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen  al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más,  es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.

De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.


jueves, 11 de diciembre de 2014

El delincuente verbal (Taller Bremen)



Todos los esfuerzos para estabilizarlo fueron en vano. Su cuerpo yacía inerte sobre un gran charco de palabras.Según el informe pericial que el forense dictó posteriormente, presentaba siete impactos de frase corta y dos cortes profundos de palabra suelta, siendo una de ellas: aerostático, mortal de necesidad. Un portavoz de la policía declaró que, probablemente, se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas de narradores. Por lo demás, a nadie en el Taller de Escritura pilló por sorpresa lo sucedido. Desde que era un chaval que consumía y traficaba con cuentitos de tapa blanda, eso y algunos pequeños hurtos conceptuales, le llevaron a ingresar por primera vez, y con apenas cincuenta y seis años, en un reformatorio para poetas menores, consiguiendo, en poco tiempo, hacerse un nombre en el mundillo de la delincuencia verbal. Sólo por ver si  otro les daba mejor vida, dejó dicho que sus textos fueran incinerados y esparcidos en un diccionario. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

Navegantes del desamparo (Taller Bremen)



   En realidad ya no recuerda cuánto tiempo hace que inició la travesía; en ese no lugar las palabras del tiempo son confusas. Es cierto que en la cadencia de luces y sombras que observa y apenas entiende podría encajarse un día, pero ese día no estaría hecho de las mismas  cosas, del mismo cansancio, del mismo aturdimiento, que los que dan cabida a la mayoría de la gente. Para él las horas son un solo instante que, a pesar de sus esfuerzos, no avanza ni va a ninguna parte.
   Nunca pensó, cuando eso aún era posible, que llegaría a embarcarse en ese absurdo e incomprensible viaje en solitario, un viaje sin más gloria que el olvido. Una aventura sin épica ni esperanza a la que ningún puerto espera -a lo sumo un lugar de maderas podridas sin un tal vez que permita llamarle destino-.
   Con las velas hechas jirones, rodeado de un océano inhabitable donde las devastadoras tormentas son de calma;  alejándose de nada con una extraña determinación; sin miedo, ya que eso exigiría algo parecido a un después; escuchando obsesivamente el silencio y la soledad en la que tal vez se agazapan todas las presencias en las que algún día habitó.
   A veces, sucias de neblina y sueño, desarboladas, chapoteando sin rumbo en esas aguas densas como fango, en esa tela viscosa e inmensa que él percibe como una permanente amenaza, le parece entrever otras embarcaciones. Es una burla húmeda, una risa hueca, la que desbaratará una y otra vez el espejismo alejando cualquier posibilidad de auxilio. Nadie en ese rincón hermético y completo. Eso es todo.
    Pero de nuevo sucede lo que él ya no sabe que sucede y, sin previo aviso, todo a su alrededor se comprime y pierde inmensidad. La soledad ahora no flota, sino que es blanca y aséptica. De pronto el mar tiene esquinas y paredes pintadas de color verde claro, con desconchados que parecen heridas. Un revuelo de batas blancas, como gaviotas sin cielo, le podrían haber hecho sonreír pero tampoco recuerda cómo hacerlo.
   Torpemente, las sillas de ruedas perfilan la duda, el absoluto desconcierto, de no saber qué rumbo tomar. Ahí van, uno a uno, sin otra cifra que pueda añadir algo a esa tristísima unidad. Navegantes del desamparo, intrépidos marineros del último mar amarrando las naves, ahora sí, ante un plato de puré de verduras.
   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Siempre de acuerdo con nada (Taller Bremen)


Ser una mula es estar siempre de acuerdo con nada y muy a menudo en total desacuerdo con todo; también es la curiosa forma que adopta una opinión nacida para desbaratar todas las opiniones. Ser una mula es una balanza vertical en la que las cosas pierden peso hasta quedarse en risa; un puñetazo de cuatro patas en la boca de los que se acuestan con certezas de mala vida.
Pero no teman, mi intención no es seguir zarandeando la palabra mula hasta despojarla, como en realidad se merece, de su sentido habitual. Si hay gente que les mejora el ánimo y les facilita las digestiones pensar que define a un animal híbrido y estéril, nacido, como tantos otros que conducen automóviles y llenan los estadios, del cruce de una yegua y un burro, pues no seré yo quien les joda la tarde. Soy una mula, si esa es la convención que ustedes necesitan, y soy lo que ustedes quieran si la vida los ha favorecido con las cosas de la duda, la alegría y el juego.
Acotado un poco lo que parezco, y para evitar que estas letras que él me escribe acaben levitando de pura nimiedad, me forzaré a mentirles una historia del todo cierta que comienza en la esquina de azares en la que nos conocimos. Recuerdo que caían copos obesos cargados de silencio, nada extraordinario en este trópico confuso y enloquecido en el que me dio por transcurrir, y que tenía el morro adormecido de buscar en vano un poco de hierba bajo la nieve. De pronto percibí que algo merodeaba por mis cuartos traseros, por lo que preparé la coz y, dado mi carácter poco rencoroso, también el olvido. Podía haber sido un perro, o un jabalí, o un remolino de sombras, pero era él. Con una media sonrisa colgada de su cara, algo que no pronosticaba nada bueno -nadie sin graves alteraciones le sonríe a una mula cuando está solo-, me miraba como si yo fuera un misterio desvelado. En una mano llevaba tres zanahorias y en la otra, aunque parezca extraño, algo parecido a un saludo. No era un gran comienzo, pero no cabe duda que podía haber sido mucho peor.
En poco tiempo, nuestra relación -si me permiten que llame así a lo que ningún diccionario daría cabida- ha pasado de una recelosa practicidad a la más cordial complicidad, no siendo de entre todas ellas la menor, nuestra acerada animadversión hacia las moscas y su tenaz e incomprensible estupidez. A menudo, a esa hora en que la noche parece que anda en dudas de lo que quiere ser de mayor, yo mastico zanahorias, que es mi peculiar forma de pensar, y él me lee poemas de una tal Pizarnik. Es normal que, dado mi natural desinterés por los adjetivos -eso por no mencionar mi absoluta indiferencia por los sustantivos- haya cristalizado entre nosotros algo parecido a una nueva forma de comunicarnos. Él descifra con gran precisión lo que mi cola, mis orejas, mis párpados, mis pestañas, mis patas e incluso el brillo de mis ojos expresan; yo, no me pregunten cómo, simplemente entiendo todo lo que dice y gran parte de lo que silencia.  Me piensa y me aprecia, me deja ser lo que yo quiera y también me facilita barra libre de hierba fresca.  Una relación que, sin ser perfecta, merodea los alrededores de la perfección.
Entenderán que de momento no me plantee ni el engaño, cosa harto difícil dada mi escasa predisposición a las ansiedades genitales, ni mucho menos la definitiva separación. 
Por lo demás, y a diferencia de los taxidermistas y del ministro de educación, las mulas no necesitamos futuro, por lo que no me inquieta en absoluto qué nos depara, a ese entrañable desorden de ideas y a mí, esa ficción temporal. En alguna ocasión hemos hablado -es un decir- de ello, y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor será insistir hasta confundirnos en un ahora perfecto, desdibujarnos de  tal forma que cada vez sea más difícil establecer donde empieza la mula -es decir, yo- y donde acaba él.
También es cierto que a veces jugamos a ser lo que algunos esperan que seamos y entonces, por unas horas,  él conduce autocares, indaga luces y enreda textos, cualquier cosa menos quedarse quieto; y en lo que a mí se refiere, arraso enormes y verdes campos a bocados, espanto moscas con el rabo y hago todo lo que se espera de lo que no soy y parezco: una mula.

(He aceptado que de nuevo él escriba por mí pensando en esa mayoritaria y gozosa minoría que saben ubicar el Olimpo en los diccionarios, pero a la vez son conscientes de que es el lugar donde se suelen construir los cementerios).




jueves, 30 de octubre de 2014

Costillas flotantes (Taller Bremen)



El doctor Demetrio Cienfuegos, casado en segundas nupcias y a pesar de ello regularmente infeliz, les afeó la conducta al camillero y a las dos enfermeras que en ese momento atendían al paciente en la sala de urgencias del Hospital Reina Leonor. Aunque los testículos triplicaban su tamaño habitual y el color que presentaban era un verde fosforescente, las risitas estaban fuera de lugar. El hombre había ingresado a eso de las diez de la noche con la hinchazón ya descrita, un hipo intratable y una leve febrícula. Al cabo de un par de horas, y dada su aparente estabilización, se decidió su trasladado a una habitación de la planta de infecciosos. 
En apenas dos semanas eran ciento dieciséis las personas ingresadas, setenta y dos hombres y cuarenta y cuatro mujeres, con una sintomatología parecida, a excepción de que en las mujeres la fosforescencia y la aparatosa inflamación se presentaban en los labios, dándoles una apariencia grotesca -algo parecido al culo de una gallina gigante y radioactiva-. Ni que decir tiene que las risitas continuaron aquí y allá, incidiendo mucho más en el turno de noche, dada la curiosa luminiscencia, casi discotequera, que se podía observar en todas las habitaciones. 
La Unidad de Microbiología consiguió aislar el virus, catalogado como mortal dado que ninguno de los enfermos conseguía superar con vida el primer mes, aunque seguía siendo un absoluto misterio de qué forma se propagaba. Curiosamente tuvo que ser Herminia Sánchez, una mujer que trabajaba limpiando la Unidad de Paliativos, la que dio, de forma totalmente involuntaria, la primera y desconcertante pista. Estaba tomando un chocolate con su amiga Jesusa del Buen Corazón en la cafetería del hospital, cuando le preguntó, sin pensárselo dos veces, si se había dado cuenta de que todos los enfermos eran gente muy importante. Fermín Callo, podólogo por tristeza e imposición y que en ese momento estaba a su lado intentando paliar su acidez de estómago, la escuchó e informó al director médico del hallazgo, ni que decir tiene que sin mencionar la fuente.
Efectivamente, en la ya larguísima lista de afectados había de todo menos un pobre. Presidentes y vicepresidentes, tanto entrantes como salientes, consejeros delegados, condesas, futbolistas, secretarios generales, marqueses, narcotraficantes, obispos, ministros e incluso dos cantantes y una tonadillera. El Ministerio de Sanidad, conjuntamente con el de Hacienda, elaboraron un informe en el que se podía constatar, sin ningún género de dudas, que todos enfermos pertenecían a la clase acumulativa,  no siendo saberes sino fortunas su especialidad.
En consecuencia con dicho hallazgo, las primeras medidas tomadas por el gabinete de crisis se encaminaron a intentar determinar las posibles fuentes de contagio. Se analizaron detenidamente, y sin éxito alguno, las gambas de playa frescas, los filtros del aire de los coches de gama alta, los despachos de dirección de casi todas las empresas multinacionales, los burdeles de alto standing, el parlamento y las sedes de la mayoría de los partidos, los tapones de todas las botellas de vino de más de 60 euros, las latitas de caviar, los palacios episcopales e incluso los billetes de quinientos euros.
Al mismo tiempo, un grupo de científicos, financiados por la patronal del sector bancario, fletó un avión medicalizado para trasladar a Pitita Godoy, una enferma que voluntariamente accedió a ello, a Ethiopía. Allí, convenientemente disfrazada de pobre, se instaló en una humilde choza de un poblado del norte del país llamado Kambaata, donde  con gran generosidad y buen talante, se dedicó a repartir besos, abrazos y todo tipo de fluidos con sus habitantes, llegando incluso a copular en repetidas ocasiones con el jefe del poblado, Babatunde Eze, gran aficionado a las cosas lúbricas.
Pitita murió en el viaje de vuelta, pero en el seguimiento posterior a su estancia se pudo constatar que en el poblado nadie resultó contagiado y que la gente se siguía muriendo tan tranquilamente, según tradición y costumbre, de lo que siempre se habían muerto.
Ya sin control, la epidemia se extendió en todas las direcciones, cruzando fronteras y océanos y azotando enclaves recónditos en los que nadie se podía explicar la forma en que el virus había llegado hasta allí. En todos los rincones del planeta los ricos caían como moscas dejando a las riquezas si no pobres, sí que huérfanas y desamparadas. 
Los países integrantes del G-7 convocaron -por cuestiones de prevención y seguridad esta vez en Somalia- una reunión de urgencia en la que se acordó por unanimidad lo único que parecía razonable: prohibir la riqueza, instando a todos los demás países a ordenar de forma inmediata lo mismo.

Justo en el momento en que el presentador del telediario de las nueve iba a dar la noticia, un codazo en las costillas flotantes del flanco derecho sacó a Juan Pacheco Aranda de la noche y del sueño. Una voz que acallaba los indicios de ternura con un manotazo de indiferencia le impelía a levantarse. Si Manuela, su mujer y autora del codazo, no hubiese sordeado del oído izquierdo, hubiese oído murmurar a Juan algunas palabras gruesas. Por la hora podría haber cantado el gallo, pero ni se acordaban del tiempo que hacía que se lo habían comido. Como cada mañana, las cosas que les esperaban sin ganas ni sentido habían descartado el malentendido de la humildad para apostar decididamente por la pobreza. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Porqué me dio por conducir magdalenas (Taller Bremen)




No es cualquier cosa un corazón de trece metros y seis ruedas deslizándose suavemente a esa hora en que la luz aun es algo de la noche (tal vez los restos de una incipiente curiosidad sin opiniones). 
- Buenos días, Sacha. Esa bufanda que llevas es preciosa.
Con solo alzar un poco la mirada puedo observar como los retrovisores van configurando un pasado sin nostalgia, un pasado circular que mañana de nuevo cruzaran; con solo prestar un poco mas de atención, puedo percibir la tristeza de los intermitentes al parpadear sus fugaces adioses, el coraje de un motor que sabe latir sin necesidad de mentiras, la precisa generosidad de un volante que me permite trazar cualquier dirección.
- Buenos días, Dani. Me parece que hoy, en esa maleta, llevas un montón de piedras del río.
Vestido con su camisa de aire, observado por la nieve y por algunos pájaros insomnes, iluminado como un árbol de Navidad caído que no buscara el cielo sino el asfalto, mi querido autobús instaura una precisa democracia de chapa y tornillos en la que todo sustenta a todo. Solo él  se permite ser una cosa siendo otras muchas; ese hacer lo que se sabe sin preguntarse por lo que se es; esa sencilla utilidad en la que se pueden sentar confortablemente los sueños; una nota que no se deja atrapar, explicándose en un pentagrama distinto.
- Buenos días, Violeta. Ayer te dejaste tus guantes. En ese cabecilla deben de revolotear cientos de mariposas.
Casi feliz, me da por pensar en ese alguien que quiso dar forma a este desorden metálico; ese pequeño dios, probablemente con hipoteca y el colesterol por las nubes, que lo empujó desde la nada a morirse al revés; esa voluntad que consiguió meterlo en la vida desde la no vida. Poco se pensaba él que diseñaba un mundo en el que cabían todas las cosas de la noche y del día (no cabe duda que, de saberlo, hubiese exigido inmediatamente un merecido aumento de sueldo).
- Buenos días, Pol. Veo por tu nariz que como mínimo estamos a seis grados bajo cero. Subiré un poco la calefacción.
La carretera es sinuosa y estrecha pero no lo daña, no lo hiere, sino que le agradece que la nombre con su pasar. Amantes sin el peligro del después, se buscan y se esperan, a su precisa manera se quieren, sin más preguntas ni respuestas que no sean las propias del viajar.
- Buenos días, Begoñita. Con tanta nieve y vestida de blanco me pensaba que aun no habías llegado a la parada.
Sucio de risas y esperanzas, un poco tiznado el parabrisas de rutinas bajitas y escolares cansancios, no delimitando, como los automóviles, el absurdo país de lo nuestro, sino haciendo posible el reconocimiento de los otros,  siendo, sin saberlo, lo más parecido a un destino, así lo siento ahora y por ese extraño motivo así ahora debe de ser. 


(Háganme un favor,  si le llaman autobús que sólo sea por cansancio o por el hecho de no saber cuántas cosas puede ser).

jueves, 2 de octubre de 2014

La entrevista (Taller Bremen)



Las moscas suelen dejar las habitaciones exhaustas y el cansancio que esa tarde desprendían quiso acumularse en las sábanas y en los algodones. Un dedo amnistiado de cualquier trascendencia cruzó ese no instante para apretar el botón REC de la grabadora.
- ¿Cómo se encuentra Sra. Murray? 
- ¿Se refiere a antes o a después de que usted llegara?
- Veo que aún está en plena forma ¿Cuántos años tiene?
- Los suficientes para arrepentirme de haber aceptado esta entrevista.
- Bien, vayamos al grano. Usted fue durante muchos años el ama de llaves de Marylin Monroe y me gustaría hacerle algunas preguntas.
- Le ruego encarecidamente la mayor brevedad posible y le suplico utilice toda la inteligencia que sea capaz de convocar en ellas, joven.
- Lo intentaré. ¿Cuándo conoció a Marylin?
- Afortunadamente nunca llegué a conocer del todo a esa pobre tonta teñida y con nombre de perrito tedioso. Yo conocí y empecé a trabajar para Norma Jean en1953, el mismo año en que Playboy la puso en portada y le dio el primer empujón que la precipitaría pendiente abajo hasta la tumba.
- Tiene usted una excelente memoria, Sra. Murray.
- Y usted un futuro alejado de cualquier posible reedición.
- Disculpe, sólo intentaba ser un poco cortés.
- Deje eso para el día de Acción de Gracias, por favor.
- Bien. Usted no creo que llegara a conocer a su primer marido, un tal James no se qué…
- James Dougherty, mi querido indocumentado.
- Exacto. Pero sí que conocería al mítico Joe Dimaggio, con el que Marylin se casó el año 1954. ¿Cómo era ese hombre?
- Fuerte, escasamente leído y con grandes y hermosas manos. En la cama amasaba con ellas grandes cantidades de olvido y ternura . Aún me estremezco cuando pienso en aquellos pocos meses en que estuvieron casados.
- ¿Está insinuando, Sra. Murray, que usted y Joe Dimaggio ….?
- Dios le ha dado el don de la clarividencia y su obligación es conservarlo  por si algún día alguien  comete el error de preguntarle cualquier cosa.
- Pero si Marylin siempre dijo que fue el único hombre que llegó a amarla. 
- Intuyo que la tirada de la publicación que le acoge coincide exactamente con el número de peluquerías del estado. Entérese de una vez, si puede: a Norma Jean sólo la amó la tristeza.
- No estoy de acuerdo con usted, Sra. Murray. El año 1995 la revista Empire la consideró como la mujer más sexy de todos los tiempos y cuatro años después otra revista, People Magazine, la mujer más sexy del siglo. Todo el mundo quiere y quería a Marylin.
- No descarte que esas revistas, que gracias a Dios y a mis cataratas no leo ni leeré, lleguen a considerarlo algún día el periodista más prescindible desde Cleopatra hasta mi operación de vesícula.
- No le voy a tener en cuenta sus comentarios, Sra. Murray. Me debo a mis lectores. ¿Conoció usted al último marido de Marylin, el famoso escritor Arthur Miller?
- Estoy convencida que la deuda que usted ha contraído con sus lectores es impagable, dada la elevadísima suma de sus ignorancias. En lo de si llegué a conocer al Sr. Miller, pues claro que lo conocí.
- ¿Cree usted que fueron felices los años que duró su matrimonio?
- Su pregunta es acerada como un donut. El Sr. Miller era una elegante suma de respuestas y Norma la cifra imposible de todas las preguntas sin esperanza. Tenían las mismas posibilidades de ser felices que Billie Holiday con Jorge Luis Borges.
- Hablemos de sus películas, ¿cuál le gustó más?
- Me gustaron todas las películas que no hizo y todos los guiones en los que no participó. 
- Creo entender lo que dice, pero insisto en preguntarle cuál de sus películas escogería.
- Si usted entiende lo que le digo, debo admitir que he dicho una estupidez, pero ya que insiste le diré que Vidas Rebeldes fue algo parecido a tres cometas cruzando el cielo en una noche oscura. Un momento de fugacidad, de levedad, hermosísimo.
- No quiero molestarla más, pero antes de terminar me gustaría preguntarle sobre los Kennedy y lo que sucedió esa noche de verano de 1962 en la que usted la encontró muerta en la cama.
- No se preocupe, no puede molestarme más. Miré usted, acabo de decidir llevar a cabo mi última y más perfecta maldad. Le voy a regalar el horror de la fama sin inteligencia; van a construir con su nombre, mi querido plumífero, un rascacielos sin cimientos;  le voy a contar a usted por primera vez toda la verdad. Esa noche de verano a la que hace referencia Marylin Monroe murió agarrada al teléfono. Mi ama de llaves, la Sra. Eunice Murray, estuvo como siempre perfecta en la forma de cumplir con su trabajo, tan es así que su cuerpo yace desde hace treinta años en una tumba siempre llena de flores del Westood Village Memorial Park Cementery. En lo que se refiere a Norma Jean, nunca le han gustado las entrevistas y entenderá que esta no iba a ser menos. Por cierto, no le he contado que durante el rodaje de Amor en Conserva, Groucho me perseguía continuamente. Creo que ese debería haber sido realmente el amor de mi vida.


jueves, 18 de septiembre de 2014

El general menguante (Taller Bremen)



La mañana del cuatro de Junio, a eso de la siete y media, el general Benjamín Himmler cagaba mientras, como era habitual en él, procedía a repasar los informes facilitados por los servicios de inteligencia. Los objetivos acordados conjuntamente con su estado mayor para el bombardeo del día anterior habían sido plenamente alcanzados, siendo los inevitables daños colaterales perfectamente asumibles. Su ayudante esperaba justo detrás de la puerta entreabierta del baño para recibir las órdenes, y previsiblemente las felicitaciones, que debería transmitir urgentemente a los responsables de la operación. La costumbre no conseguía impedir que al teniente le siguieran incomodando, y más estando en ayunas, el chapoteo de la mierda al precipitarse en el fondo de la taza y el siseo, como el lengüetazo de una vaca en una pared recién encalada, del papel al deslizarse por el culo del general. Tampoco le provocaba nada parecido a un bienestar el cordial apretón de manos que solía preceder a la inexcusable salutación marcial, dado que nunca escuchó ningún grifo abierto, ni nada que hiciese sospechar la más mínima higiene.

El despacho era amplio y a esa hora la luz, nítida y hermosa, se enredaba entre juguetones destellos en la condecorada pechera, y es que Benjamín Himmler era el actual estandarte de una generación, la tercera, de militares sin máculas ni vacilaciones conocidas que pudieran ensombrecer sus prestigiosas carreras. Legendariamente eficaces, habían aprendido a no retroceder, a no mirar atrás y ni siquiera a los lados, a golpear con precisión sin el más mínimo remordimiento. Para todos ellos ser militar era su forma de tener razón, y el inevitable contratiempo de la muerte y el dolor ajenos, apenas el guiño que su Dios, cómplice siempre comprensivo, les hacía.

Esa mañana, sobre la mesa repleta de papeles, al general le llamó la atención una carpeta azul con el sello del servicio médico. Al abrirla vio que se trataba del resultado de las pruebas y analíticas que, mensualmente, solían hacer a los altos mandos. Todo en orden y acorde con su herencia genética, fuerte y rotunda; todo excepto una pequeñez que le inquietó un poco: había perdido tres quilos y, lo que era más curioso, dos centímetros. Su imponente metro ochenta y siete era ahora un desconcertante metro ochenta y cinco. La tentación de atribuirlo a un error no prosperó, al constatar que los pantalones le rozaban un poco por el suelo. 

Dos semanas, siete bombardeos y ochocientos muertos más tarde, decidió acudir a su médico de confianza. Ya eran diez los kilos perdidos y aunque parezca increíble ocho los centímetros de menos. Tres veces lo midió el doctor y tres veces se detuvo la cifra luminosa en el metro setenta y nueve. Casi innecesario era dada la forma en que las mangas le colgaban y el evidente bajón que las medallas habían dado, pasando de coronar su orgullosa pechera a casi reposar en su flácido abdomen. Estaba empequeñeciendo y eso era de una evidencia incuestionable.

Desconcertado, como es natural, quiso el doctor saber si últimamente había notado algún cambio, algo en su rutina de hombre que dicta y ejecuta, que pudiera aportar alguna pista a su extraña dolencia. El general reflexionó unos segundos y le dijo que no, a excepción tal vez de una sensación, a medio camino de la melancolía y la inquietud, que le sobrevenía cuando cagaba. De un natural poco dado a las metáforas, se esforzó y le dijo que era algo parecido a lo que se siente cuando despedimos a un ser querido en una estación de tren. Tentado a una salida fácil y airosa, a punto estuvo de decirle el doctor que las causas más probables eran la presión a la que últimamente estaba sometido, pero optó por la prudencia y le dijo que para establecer un diagnóstico más ajustado era mejor esperar a la realización de más pruebas.

Al llegar a un metro cincuenta y seis el tema se convirtió en una cuestión de estado. Se barajaron distintas hipótesis. Entre las mejor posicionadas estaba una depresión con efectos menguantes. Su mujer y su ayudante se sumaban a los que así opinaban ya que cada mañana lo escuchaban sollozar amargamente mientras cagaba. Es algo desgarrador, decía el teniente, como si con cada apretón trocitos de  mi general se desprendieran de él -a su favor hay que decir que dejó de darle la mano tras el saludo marcial-. Algunos miembros de la más alta cúpula militar, los más belicosos, optaron por culpabilizar al servicio secreto enemigo. Afirmaban que alguna sustancia, virus o plutonio enriquecido estaba consumiendo a su general en jefe. En consecuencia, proponían redoblar los ataques para castigar a los culpables. 

La conclusión del informe realizado por los mejores especialistas del país era desoladora: "…ningún indicador ni señal, en las múltiples analíticas realizadas, permite relacionar el caso con cualquiera de las enfermedades conocidas; nada explica el porqué el paciente se hace mierda, el motivo por el cual es defecado por su propio ano, el desequilibrio que ha llevado a sus propios intestinos a expulsarlo sin ningún miramiento". Razonablemente camuflado en algún párrafo del desesperanzado informe, alguien, tal vez con alguna malicia, se atrevió a bautizar el mal como Síndrome del Hombre Excremento (como era de prever, ese párrafo y algunos pormenores de la dolencia, no figuraban en el posterior comunicado oficial facilitado a la prensa).

Cinco meses más tarde, enmarcada la escena en las primeras contracciones de un frío y poco acogedor amanecer de noviembre, el Alto Estado Mayor del Ejercito, con sus uniformes de gala, rodea en posición de firmes la taza del water. El teniente, con los ojos visiblemente enrojecidos, sostiene por las axilas el diminuto cuerpo del general. Algo parecido a la agonía de un colibrí antecede a la última expulsión. El ruido de la mierda al caer es apenas el de una gota de lluvia al golpear en una ventana. Su sucesor, recién designado, tira de la cadena y con la gravedad que el momento requiere pronuncia despacio la frase que todos esperan: señores, nuestro General en Jefe nos ha dejado. Un silencio sobrecogedor repta por las baldosas.   Al unísono, los tacones golpean el suelo y las manos se dirigen a las respectivas gorras con una precisión y marcialidad exquisita. En ese momento nadie quiere ver lo evidente: a todos les sobran tres dedos de manga.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una pequeña maldad sin apenas malicia




En Andorra, como en otros países donde hay montañas y costumbre,  se practica el esquí. Propios y extraños se aplican en subir cuestas, a poder ser nevadas, de muy distintas formas y maneras para después bajarlas según criterio y determinación de cada uno. Hasta aquí la cuestión podría parecer sencilla, otra cosa muy distinta es que lo sea. Que un león dedique la tarde, y sus correspondientes esfuerzos, a cazar una cebra, no debería provocar excesiva controversia, aunque tal vez sí la genere en abundancia que un pingüino se empeñe en tal captura. De ahí nace la bendita risa y no descarto que algunas molestias y espantos. Intentaré ceñir un poco más la cintura de la cuestión y proponerles el ejemplo de un perfil frecuente: mamífero de mediana edad -es decir, si nadie le ve severo inconveniente situaré a nuestro ejemplo entre el nacimiento y la correspondiente muerte-; generoso en carnes y cremas protectoras; no enano pero muy alejado del difícil consenso de la esbeltez; aconsejado en vestimenta y accesorios por algún mortal y despiadado enemigo. Un ser nacido entre cereales, los años buenos, y rastrojos los malos y abundantes. Imaginemos, crueldad benigna, una incomprensible determinación, un brillo mate, emanando de un rostro cuya armonía sigue a la espera de un acuerdo de mínimos.  Con un último esfuerzo, visualicemos a nuestro ejemplo encajado en sendos esquís y salpimentemos el plato con un gorrito embellecido con alegres cascabeles. Un empujón y el resto espero coincidan ver generoso y necesario dejarlo en el umbral del más inabarcable olvido.



viernes, 22 de agosto de 2014

Cinco jóvenes pollas



Son cinco, cada uno con su nombre, aunque en realidad eso nada explica y poco importa.  Son cinco en los gestos torpes de un patético coraje, algo parecido al que escupe al cielo y espera. Son cinco, la cifra resultante de una larga suma de violencias, los retales de innumerables sotanas con olor a macho cabrío, el primer premio extraído de un bombo en cuyo interior giran diez mil cojones y ninguna idea.

Ahí los tienen, siendo sin saberlo un resumen perfecto, una tesis bien escrita de historia contemporánea, deslizándose por la feria (zafia diversión, caspa de colores, olor a fritangas cuyos vapores envuelven un todo vale, sin duda un marco perfecto para cualquier ignominia…¿les recuerda algo?) en busca de una mujer en la que poder ejercer su parcelita de fuerza y poder.

Pero no vayan ustedes a inquietarse, ya verán como la tormenta queda en aguacero y sus cinco jóvenes pollas, eficaces portavoces de la Gran Polla Nacional, son explicadas y matizadas, casi excusadas, en algún que otro rinconcillo intelectual, ya verán como la bestia que todo lo engulle lo convierte pronto en debate de media tarde y chascarrillo. Al tiempo.

lunes, 18 de agosto de 2014

Te recuerdo siempre en la otra orilla



Te recuerdo siempre en la otra orilla, siendo lo que eras sin llegar nunca a serlo, borrando día a día la vida con tu goma incomprensible, dejando los recuerdos sin nada que recordar, siendo el lugar donde la inercia ni siquiera se mueve. Ni brisa ni hoja que se estremece con ella, sino apenas el espacio que ambas no ocupan y en el que sólo suceden las cosas que no suceden. 

Sigues, más que nunca, en la otra orilla, tal vez la única diferencia es que ahora ya no hay río.

sábado, 26 de julio de 2014

Gloria Fuertes



"Más siento yo que vosotros 
que mis versos hayan salido 
a su puta madre"

jueves, 17 de julio de 2014

La confesión (Taller Bremen)



Don Pedro, que nunca fue manco aunque tenía la costumbre de esconder la mano derecha en el bolsillo de la sotana,  sabía apreciar los tobillos de las mujeres, si estaban bien cincelados, y los buñuelos de bacalao de Doña Remedios, su peor vecina. No era el más vivaz ni el más alegre pero sí el mayor de nueve hermanos, a los que le gustaba mencionar por orden de altura. Si su hermana Pilar iba descalza él era el cuarto, si llevaba zapatos con un poco de tacón el quinto. Al morirse Juan Luis, que medía tres centímetros más que él, le quedó para siempre la duda si considerarlo, a partir de ese instante, más alto o más bajo. Su madre, siempre de luto sin que nadie en el pueblo supiese a ciencia cierta por quién lo llevaba, los parió a todos sobre un colchón de paja, el mismo sobre el que decidió morirse la noche en que a la Blanca, la mejor vaca lechera que nunca habían tenido, le dio por ponerse de parto. Don Pascual, el médico que atendía a todos los puebluchos de alrededor y al que las viejas despellejaban por el vicio de pedirles que se levantaran camisa y refajo para auscultarlas, ayudó al pobre animal y cerró los ojos de la mujer a cambio de una hogaza de pan y un par de gallinas. 

A partir de esa noche Don Pedro  empezó a visitar con regularidad el cementerio donde reposaban los restos de su madre. A ese entrañable desorden de huesos les explicaba, con todo detalle, lo que iba sucediendo en su mundo de cercanías así como las minucias de su cotidianidad sacerdotal. Incansable, demostrando una severa insensibilidad ante el ajeno descanso eterno, el hombre contaba y contaba lo suyo a las tibias, rótulas y peronés que, en evidente desuso, allí reposaban. Era de esperar que en el sepulcral vecindario se desatase un malestar óseo, una inquietud calcárea ante tamaño incordio. De bien seguro que alguno mal nacido y peor muerto de los que por allí se confundían pensó, de la manera en que lo hacen los que nada piensan, que tal vez se trataba de un preámbulo luciferino al futuro que se cernía sobre sus despojos; esos que en tenaz silencio, en ese no lugar aguardaban quién sabe qué. Según parece, algún ciprés se dejó secar.

Del cementerio a la mesa; de la mesa a la nada; de la nada a la sacristía. Así transcurrían los días de Don Pedro, que no recordaba cuando sintió la llamada de la fe, y no sólo eso, sino que ni siquiera estaba seguro de si llegó a sentirla o su vocación fue algo que sucedió por eliminación, es decir, que le llegó por descarte de todas las demás cosas que no quiso o no supo ser. Cuando alguien insistía en saber la verdadera razón por la cual se hizo sacerdote, él se escabullía argumentando que, al igual que los accidentes de aviación -ni decir tiene que jamás había volado- nunca hay un sólo motivo. Y es que para Don Pedro, que no era malo en la medida en que no hay nadie malo, pero que tampoco era bueno, en la medida en que sí hay gente buena, Dios era como la Guardia Civil del más allá, y a él, desde muy pequeño, le encantaba disfrazarse. Prueba de ello es que uno de sus secretos mejor guardado era la manía de usar bragas en lugar de calzoncillos. 

Costumbre que lo distanció mucho de Don Pascual desde el día en que, justo en el instante que levantaba el cáliz y pronunciaba el consabido "cuerpo de Cristo", le dio una lipotímia y el galeno lo tuvo que atender y desvestir.

Nada de todo esto sería digno de ser contado, nada merecería ese anexo fugaz del recuerdo, nada hubiese rescatado a Don Pedro del prematuro e inconmensurable olvido, ese que sobreviene cuando no hay nada que olvidar, de no ser porqué una tarde se vino Él a confesar.

No le busquen razones ni sentido, en realidad nada hay que lo tenga, pero Dios se arrodilló al otro lado de la rejilla del destartalado habitáculo y le dijo, al estupefacto párroco, que necesitaba el perdón a un gran pecado. Don Pedro, sin sangre en ningún lado para darle color, sólo atinó a balbucear ¿cuál?.  Dios le dijo: -padre, no creo en Mí.  

En el psiquiátrico de Mondragón el horario de visitas es de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, pero a Don Pedro eso le da igual. 








jueves, 10 de julio de 2014

Una tozudez que no cesa



La muerte es una tozudez que no cesa;
un enojo, un berrinche, 
el gran enfado de un niño 
castigado sin los postres del vivir.
Pero préstenle un poco más de atención,
no vaya a ser que tanta nada
nos suceda por apenas un descuido;
no vaya a ser que la solución 
no consista en hacerla llorar, 
sino en levantarle el castigo.

sábado, 28 de junio de 2014

Un tomate en el A.V.E. (Taller Bremen)



Allí estaba el tomate, tenaz en lo suyo, estableciendo un centro a partir del cual se iba acomodando el universo; y allí estaban ellos, inquietos sin saber aún el motivo, creyendo asistir a un curso de cocina; y es que diez minutos pueden parecer una eternidad cuando nadie dice nada, pero de buena gana hubiesen continuado así un poco más antes de tener que escuchar del innombrable, y a modo de bienvenida, lo siguiente:
- Dejen de mirar el tomate, hagan ustedes el puto favor de intentar ser este tomate, o si lo prefieren, de follarse este precioso tomate.

Dos hombres muy parecidos, casi indistintos, una mujer y tres señoras quisieron irse y se fueron. Enseguida se escucharon murmullos y algún portazo. Las palabras increíble y vergüenza se entendieron, las otras no. De los que decidieron no levantarse, sólo los que habían viajado más sonreían aunque, a decir verdad, nadie conseguía sentirse cómodo en esas sillas ya de por si angulosas y antipáticas. Algunos carraspeos y un "yesterday", rápidamente silenciado, que emergió del fondo de ese malestar, no mejoraron para nada la situación. 

Cuando todo parecía venirse abajo, un hombre parco en carnes, pelirrojo, tasador de inmuebles y separado de su segunda mujer, preguntó sin previo aviso:
- ¿Nos podría explicar como se hace un buen sofrito?
La respuesta de quien ya saben cruzó la sala en perpendicular, no sin antes esquivar de forma ágil y no exenta de gracia una columna, hasta clavarse como cuchillo jamonero enloquecido en el entrecejo del esmirriado périto.
- Lo primero que hay que hacer para conseguir un buen sofrito es morirse, y así, en el improbable caso de una resurrección, intentar no nacer de nuevo idiota.

Esta vez fueron cuatro señoras, dos mujeres, un hombre y un nacionalista que debido a las complicaciones provocadas por una fallida operación de próstata no conseguía recordar a que país quería pertenecer, los que se levantaron. Una de las señoras, sin duda la más teñida, al maniobrar de forma precipitada entre las sillas se enganchó una media. Era de esas caras, de seda, con una costurita detrás. En el vecindario se rumoreaba que las compró para coquetear con el vecino del segundo B, pero al pobre lo desahuciaron hace un par de meses y ahora se las ponía sin saber para qué. En la sala, el mierda pronunciado por la señora y el disculpe  pronunciado por el pelirrojo coincidieron en la misma esquina/espacio/ tiempo, creando alguna confusión sobre quién dijo qué y a quien.

Es normal que los que quedaban, menos de la mitad de los que, previo pago de los trescientos euros, se habían inscrito al curso, se miraran de reojo no tanto por ver lo que hacían los otros, sino más bien por ver lo que decidían no hacer. 
Sin apenas darles respiro, quien ya se pueden imaginar sacó una cesta de tomates de la misma variedad del que estaba situado justo en el epicentro del Universo y en un tono de voz neutro, sin inflexiones, les dijo:
-Ahora harán ustedes el favor de desnudarse; en el armario del fondo pueden dejar colgada la ropa.

La verdad, no sabría precisar con exactitud cuantas mujeres ni cuantas señoras se fueron, pero sin duda lo hicieron casi todas las que quedaban. Por el contrario, ningún hombre se movió de su silla, aunque sí lo hicieron dos concejales, uno de urbanismo y otro de cultura, un dentista y un escritor al que le faltaba un ojo debido  a un accidente que había padecido en la pasada edición de la Feria del Libro. 

Según contaba con desparpajo a todos los que querían oírle, la desgracia le sobrevino justo en el instante en que procedía a firmar una dedicatoria en la contra portada de su primer libro a una hermosa mujer. Todo fue preguntarle, con una lentitud que merodeaba el deseo, cómo te llamas, y liberarse el muelle del bolígrafo con tan mala fortuna que le incrustó en la zona de diez puntos del ojo izquierdo el capuchón. Alegre por naturaleza, insistía en que las únicas secuelas que le han quedado son, en lo político un leve escoramiento a la derecha, y en lo artístico el hecho de que ahora sólo le apetezca escribir haikús y recetas de cocina rápida.

Pero volvamos a lo que no nos incumbe. Cinco personas desnudas, a saber: tres mujeres, ninguna señora, un hombre con el pelo recogido en una coleta y el pelirrojo flaco, andaban ya metidos en una nueva consigna:
- Cojan ustedes un tomate cada uno, córtenlo por la mitad y úntense los unos a los otros. 

Con gran determinación, una de las mujeres procedió a rozarle el pezón de la que tenía a su derecha con su medio tomate, mientras esta la correspondía deslizando el suyo por la curvatura de su hombro. A la tercera mujer, con un medio tomate en cada mano y sin que nadie se acercara a ella ni para untarla ni para nada, le dio por llorar y por correr. Sólo al abrir la puerta del taxi se percató de que iba desnuda.

Faltaban pocos minutos para las ocho, hora en que finalizaban los sesenta que duraba la clase, cuando el que ya se imaginan hizo aparecer el aceite y la sal. En ese momento las dos mujeres ya se daban la mano y el de la coleta  le untaba al incandescente y descarnado pelirrojo los alrededores de una nada despreciable erección. 

-Para terminar, les dijo esbozando su primera sonrisa, échense aceite, ni mucho ni poco, sólo lo suficiente, y un poco de sal evitando, si es posible, las zonas blandas. Como habrán podido constatar, el objetivo de la clase de hoy era profundizar en la génesis del pan con tomate; el próximo jueves, a la misma hora, les explicaré, con las prácticas necesarias para facilitar el aprendizaje, todo lo relativo a la mística del jamón.

Las duchas las tienen ustedes en el pasillo, saliendo a la derecha. 

jueves, 12 de junio de 2014

Noche de espejos (Taller Bremen)



Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría los que vieron voluntad en ello y apenas unos pocos los que optaron por descuido. Aquí y allá las cervezas se desperezaban entre efímeras alegrías. Nadie se oponía a que ese abrazo de sillas, esa familia instante, ese altar irreverente, engulliera una a una, muy despacio, sus levísimas biografías.

A su manera los calamares a la romana prestaban atención. Ignorada por los cristales, la ciudad retrocedía, se retiraba desordenadamente, abandonando la noche a su suerte.  Un frágil ecosistema en el que todo se sabía en peligro de extinción se acomodaba bajo la enorme pantalla del televisor. Si llovía no mojaba la calle, por lo que se acordó llamarle amistad.

Juan, que no era alto desde muy pequeño, manoteaba dos o tres folios como si posara desnudo en un parvulario; la libretita de tapas negras de Elena asomaba por el bolsillo de sus jeans como una pistola en un western ambientado en Ibiza; el resplandor de la tableta de Pedro, que él acariciaba como a una amante frígida, destacaba las pequeñas lianas que salían de su nariz. Ni que decir tiene que la hermosa sonrisa de María dibujaba una T con su escote, mientras todos especulaban, sin apenas malicia, sobre el lugar donde escondía su relato. Poco a poco una burbuja de reparo los fue separando de los que sólo bebían; a su alrededor quiso el tiempo enredarse un poco en la felicidad del sin después.

Nadie conocía a Candela y al entrar en el bar amaneció un poco entre las mesas de mármol. Dijo hola y todos quisieron quererla; con su primera sonrisa a todos les gustó lo que aún no había leído. "¿Sois vosotros los del taller, no?" Pedro, que nació de una broma y seguía en ello,  le dijo que no, que los del taller se reunían tres calles más abajo, en la Sauna Venus,  y que ellos eran los integrantes de la Coral de Pequeños y Medianos Cantores Bremen, un grupo de post románticos que se reunían cada miércoles para ensayar y perfeccionar un gospel albino, a medio camino de la jota y los campos de algodón.

Elena, que era la más dulce y la más todo, le dijo entre dos besos que sí, añadiendo un no le hagas caso, escribir forma parte de su terapia y a nosotros nos tiene a nómina su psiquiatra. Su segunda sonrisa instauró el consenso y convirtió las dudas que nadie tenía en azucarillos de un café americano.

La timidez de Juan se sorprendió al escucharle decir: si quieres lee tú primero. Candela dejó sobre la mesa la cerveza que todos quisieron ofrecerle y que sólo uno acertó a dejarle en su mano. Levantó dos veces la mirada de un papel que nadie vio de donde había salido y empezó a leer:

"Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría…..".

Sin apenas inquietud, pero con la certeza de que del bucle de esa noche ninguno de ellos saldría indemne, el más instintivo de los que se apoyaban en la barra pidió otra ginebra con hielo. Era evidente que no amanecería y a pesar de ello el instante venía hermoso.

martes, 27 de mayo de 2014

Julia, Luisito y el Minotauro (Taller Bremen)



"Mi pequeña Pasífae, mi preciosa luna que brilla para todos, esta noche llegaré tarde, no me esperes levantada".  Julia tenía los ojos verdes y se alimentaba de fruta, ensaladas y algo de poesía (al acostarse masticaba despacito a la Pizarnik hasta que conseguía dormirse de pura tristeza). Ningún guión hubiese dado acogida a lo que  quiso suceder cuando ya nada sucedía entre ella y Pedro, su marido, hombre avezado en lecturas, amores y engaños. 

Un torito blanco y sin fisuras que se musculaba tres veces por semana frente a un espejo enorme que a duras penas podía contener la perplejidad y la risa. Bíceps, tríceps y pectorales en pleno esplendor sin que ni una sola inquietud ni idea les hiciera la más mínima compañía. Así era Luisito, un hombre sin apenas matices, ese ser que se ciñe a la perfección al diseño original y siempre fallido de cualquier dios.

Como no podía ser de otra forma, se conocieron en zona neutral. Ni en la biblioteca del barrio ni en el gimnasio del club de halterofilia, sino que fue en la parada de autobuses de las lineas 27 y 32 donde se acordó el inicio de lo que no fue amor ni deseo, sino algo parecido a una cruel venganza cuyo origen tal vez habría que buscar en el inabarcable tedio de los ociosos inmortales.

En el café de Matías diez minutos fueron suficientes para dejar claras dos cosas: sea lo que aquello fuera era inevitable y sin duda imposible. A su manera él dijo que no; en silencio ella insistía en que sí. Era de esperar si tenemos en cuenta que él embestía la vida ignorando la muleta, el torero, la plaza y la puntilla y que ella, al contrario, hacía equilibrios en la cuerda floja de todos los abismos. Luisito era una estúpida respuesta a la que las preguntas ni siquiera rozaban; Julia era una pregunta cuya nítida fragilidad propiciaba cualquier respuesta.

Sin la ayuda de Dédalo, su amigo peluquero, no hubiese sido posible un segundo encuentro. Dicharachero, astuto y al corriente de lo que los libros ignoran, ideo un plan, según él infalible, para que ese semental le prestará atención y cópula. "Cómo vas a conseguir enloquecerlo con ese aire de pajarillo sin nido; esas medias de florecillas; ese jersey de lectora de alemán de tercer curso; ese peinado de bibliotecaria con juanetes", le decía entre rulos y risas.

Cuando Pedro la vio supo que la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve mas bien frío. No dijo nada pero lo supo todo. Su pelo del mismo rubio platino que acabó con Marilyn Monroe; su cinturón de piel negra que pretendía ser una falda; sus medias que indicaban la dirección correcta de todas las miradas; sus labios de un rojo perdición. Todo estaba expuesto, todo preparado, para el burdo enredo. Esa noche fue Julia la que le dijo: "Rey mío, no me esperes levantado y recuerda que mañana has de llevar a Fedra al dentista, Ariadna tiene la fiesta de cumpleaños y a las diez el tutor de Androgeo quiere hablar contigo.

Como era de prever, esa misma noche a Luisito, cuya escasez de luces propiciaba cualquier engaño, le entusiasmó la imagen de esa mujer trampa a la que apenas reconocía. 

Por no alargarme les diré que no hubo suerte en el juego de posibles y que al cabo de unos meses, los necesarios, Julia dio a luz un minotauro, mitad hombre mitad lerdo -pura poesía sólo de cintura para abajo; de cintura para arriba apenas una nada musculada- que con el tiempo acabó enredado en un laberinto de días iguales y devorando, sin ganas, vírgenes casquivanas. Ni siquiera un mal libro quiso contarlo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Podía haber sido tiempo de comuniones (Taller Bremen)



Juanito lleva un traje de marinero, casi de almirante si tenemos en cuenta las tres medallitas que las manos temblorosas de su madre le van colgando en la pechera:  redonda y de plata la de la Virgen de Lourdes; chiquitina y casi ridícula la de San Francisco de Asís; distinta, simpática y levemente desconcertante la del grupo sanguíneo. Podía haber sido tiempo de comuniones y de almendros en flor, pero en la pantalla HD de 24 pulgadas el Rey, con esa dicción inconfundible que nace no de unas cuerdas sino más bien de unas maromas vocales,  desea un feliz año nuevo a casi todos los españoles, a un buen número de españolas e incluso, añade, a otras personas. 

En el epicentro del comedor, sobre el hule gastado que cubre la mesa, yacen los cuerpos de una rosa con síntomas de fatiga y de un libro de cocina rápida envuelto en papel de regalo. En ese instante, si alguien se hubiese asomado a la ventana habría visto como agazapados en el portal del n º47 dos jóvenes se intercambian besos y regalos, algo muy frecuente entre enamorados el día de San Valentín. También en ese mismo instante, los que suben por Vía Laietana a la altura de la calle Manresa, se encuentran metidos de lleno en los serios altercados que se están produciendo al cruzarse la manifestación que celebra el Día de la Hispanidad, con la que acoge al fervoroso séquito que se dirige al Fossar de las Moreres para depositar las tradicionales coronas de flores.

Si las cosas ya son de por si desconcertantes, la llamada de teléfono las convierte en angustiosas. La abuelita Pilar lloriquea como un pajarillo sin pico por el inexcusable olvido. Siete hijos -seis varones y uno que se dedica a la política-, dieciséis nueras si sumamos las que están en primera linea, las colaterales de un claro perfil sexual, y las que nutren la retaguardia; veintidós nietos y el calzonazos de Pedro, su tercer marido, y nadie se ha acordado de felicitarla hoy, el Día de la madre. Inconsolable, hipando sin dignidad alguna, asegura, un poco antes -es un decir- de colgar bruscamente, haber incinerado los canalones y regalado el pollo con ciruelas a la Bernarda, diabética, casi amiga y vecina del 3º segunda.

Sin un antes ni un después que nos permitan ordenar la secuencia, suenan las tradicionales campanadas que por primera vez nadie sabe cuantas serán ni a que año anteceden. Al unísono Soraya de Santamaría intenta tranquilizar a la población, cosa que como de costumbre provoca una gran inquietud, asegurando que las leyes están para cumplirlas y que el tiempo deberá atenerse a las consecuencias de sus absurdas e irresponsables indecisiones. Afirma, con la seguridad que da llevar los pantys subidos más arriba de una cintura cercana al suelo, que se están llevando a cabo los reajustes necesarios para que la Navidad caiga de nuevo en Diciembre y los asmáticos padezcan sus molestias como Dios manda, en abril. 

Informa, con la debida serenidad y a pesar de que un temblor en el párpado del ojo derecho podría hacernos pensar en alguna inquietud, que hasta que la crisis temporal no esté del todo resuelta no se tendrán en cuenta los parados de larga duración, por lo que el gobierno en pleno ha tomado la decisión de agruparlos todos en una sola categoría que técnicamente se denominará: Parados Carpe Diem. Añade, con un levísimo esbozo de satisfacción, que no hay bien que por mal no venga ya que gracias al buen hacer de este gobierno puede considerarse el paro como tema resuelto, dado que nadie estuvo parado ayer ni nadie lo estará mañana. Luego viene una risita, una tos y unas simpáticas disculpas por lo que quiso ser una broma y no pudo.


Como es natural, con el paso del tiempo -perdón, quise decir que sin el paso del tiempo- todo volvió a ser como nunca había sido y como nunca más será. Las rutinas y los tedios se comprimieron hasta convertirse en algo parecido a un agujero negro. Un sólo y tozudo instante en el que todo quería ser ahora. El discurso del Rey no cedía, en la Barceloneta rompía siempre la misma ola y las funerarias hubiesen cerrado si les hubiese dado tiempo para ello. Según parece, y a pesar de no ser miércoles ni ningún otro día, en un taller literario de Malasaña unos amigos dejaron todo escrito y para siempre en unas pocas lineas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Ese estúpido orgullo



Ese estúpido orgullo de no ser el otro nos permite compartimentar la ignorancia; algo del todo imprescindible si queremos prosperar adecuadamente en miserias y  ruindades.


sábado, 26 de abril de 2014

A finales de cualquier mes de Abril (Taller Bremen)



De alguna forma, en ese lugar ubicado justo al fondo a la derecha de ningún sitio, el desorden no evita el desconcierto ni este explica la inquietud, y es que todo se halla bajo la sospecha de un significado que aún no sabe ni puede significar. Es natural que en ese contexto todas se observen con recelo temiendo el instante en que las otras se confabularan para configurarse en la seria amenaza de un decir.

Así están, confundidas en esa espera de posibles, aturdidas por la infinita densidad de todos los tal vez, tropezando torpemente con todos los muebles del sinsentido, esperando, en realidad sin saber qué cosa es esperar, que de alguna inconcebible quimera, de algún desasosiego, llegue por fin el impulso, la imperiosa orden que las permita abandonar el caos de todo lo que puede ser dicho.

Muy cerca, es decir, en una no distancia imposible de recorrer, ignorándolas y a la vez presintiéndolas, aguardan como desiertos de arena generosa, como espacios aún inhabitables donde la esperanza de un encuentro fuera posible, las páginas en blanco.

El café sabe escribir si la luz es propicia. En el silencio contiguo caben las impertinencias de la lluvia en la ventana. También permite ese silencio el vértigo y todo lo demás. Ni sus manos ni su cerebro saben aún de qué hablar, sólo una confusa arritmia de palabras asedian su corazón. La penúltima duda repite una y otra vez, entre burlas, su ¿por qué?

Justo en el epicentro de ese torbellino instante ese extraño atleta espera el pistoletazo sin que de momento se vea pista alguna por la que salir corriendo (si lo prefieren: justo en el epicentro de ese torbellino instante mueve la cola ese perro verde entre facturas del gas, platos sucios, acidez de estómago y telediarios; se comprime ese personaje muelle para superar su abismo en dos saltos; se enciende un cigarrillo una historia que quiere desdoblarse en historias).

Nadie sabe nada, ni siquiera él, pero el libro se publicará a finales de cualquier mes de abril.