viernes, 28 de marzo de 2014

Las palabras que nada nombran (Taller Bremen)



- ¿Se encuentra usted bien? Eran las nueva de la mañana de un martes cualquiera y la palabra pan ya no nombraba nada. Luis probó en inglés, que lo hablaba con alguna que otra impureza, pero eso sólo añadió perplejidad al desconcierto en los ojos de la dependienta. Cuatro mujeres y un par de señoras esperaban su turno. Aun no se entendían, pero mezcladas con el olor peculiar del cansancio recién levantado ya se escuchaban palabras de desapruebo. Para un ciego empeñado en ver sería evidente que alguna que otra mirada ya se buscaba para la complicidad de la burla. Sin color en la cara que justificase sangre alguna, apenas le dio el alma para balbucear:          - Póngame un croissant, por favor.

En la mitad del tiempo que solía tardar y sin percatarse de si las calles eran las mismas de siempre, se sorprendió al reconocer el portal de su casa. Ni se quitó el abrigo ni el frío que se colgaba de él para manotear torpemente en el segundo tomo del María Moliner, ese montón de palabras ordenadas una tras otra que le acompañaban desde que fracasó en periodismo, unos años antes de que fracasara en todo lo demás. El dedo índice resbaló por encima de la palabra pánico. Leyó ya sin entender: "del griego "panikón", aplicado al miedo causado por lo desconocido…"; justo debajo le esperaba, no a él sino a cualquiera que quisiera saber, la palabra panal: "conjunto de celdillas fabricado por las abejas con o sin la miel…". Se tomó dos whiskys -en realidad fueron tres apretujados de cualquier manera en el espacio de dos- y se acostó, naturalmente sin sueño, cuando el campanario del convento de las Madres del Divino Pastor mentían las once de la mañana.

Los días que quisieron seguir a ese fatídico martes, Luis se demoraba a propósito en la cola del supermercado del barrio sólo por ver si algún cliente pronunciaba esa palabra huérfana. 
-Pase usted.
-No, gracias, me espero.
Cuando el guardia jurado cruzaba los brazos sobre la barriga y la situación parecía resuelta a vestirse de escándalo, él se alejaba de las cajas de pago para recorrer de nuevo los pasillos y leer ansioso las innumerables etiquetas que se usan para fijar precio y nombre a su cosa. Todo en vano, ninguna referencia, ninguna similitud, ningún recuerdo, nada que remotamente tuviera alguna semejanza con lo que esas tres letras habían dicho y tal vez significado. Con el croissant en una bolsa de papel y la angustia de visita en la boca del estómago, regresaba a casa cada vez un poco más extraño.

También probó, sólo por probar y en los bares que ya no frecuentaba, de pedir un bocadillo que, invariablemente y a la pregunta -¿de qué?, él respondía: -de lo que usted quiera. El camarero, barruntando algunas conjeturas de extrañeza y estupidez, alternaba el jamón con el queso y este con la tortilla, aunque eso si, todo servido incomprensiblemente sólo y yerto sobre el plato. Ni el más mínimo rastro de lo que tiempo atrás solía aprisionar, como boca desdentada, esos sencillos y agradables alimentos.

Con lo poco que le quedaba de la última esperanza, algo que sucede a menudo cuando el miedo nos traduce mal, abrió el libro del Antiguo Testamento que consoló a su madre hasta dos días antes de su muerte -sus últimas cuarenta y ocho horas fueron de evidente escepticismo y gran desconsuelo-  y buscó en Génesis 3:19. Allí ya no decía lo que siempre había dicho, allí ahora se podía leer: "Ganarás lo que no tienes, ni previsiblemente tendrás, con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Polvo eres y al polvo volverás". 

Si eso era una señal, no dudó ni un instante en que era la última. Salió a la calle, esta vez sin abrigo pero tampoco con zapatos. El cielo giraba y con él los pisos, las farolas y las señales de tráfico. Quiso sentarse en un bar para calmar el mareo pero no pudo dado que nada había para hacerlo. Los pocos clientes que a esa hora compartían su forma de ignorarse, desayunaban de pie y en silencio. Añadiendo estupefacción al mareo pidió una silla. Nadie supo de qué estaba hablando.


Lo último que hubiese podido recordar, si a partir de ese instante algún recuerdo hubiese sido posible, sería su espalda apoyada en la pared y sus ojos mirando fijamente su buzón ya sin su nombre. Dios y ayuda les costó a los de la ambulancia arrancarle la bolsa con el croissant de su mano azulada y fría.

martes, 25 de marzo de 2014

Qué tiene de silla la manzana



Indagar qué tiene de silla la manzana, 
en qué primavera florecerán sus patas,
de qué cansancio nos aliviará su madurez,
es lo que hace del poeta poema.


jueves, 13 de marzo de 2014

Esta mi última cena (Taller Bremen)



Cuarenta y dos figuras de porcelana -en realidad serían cuarenta y tres pero la de la mujer con abanico se rompió  en la primera y última mudanza que la familia acometió- contabilizan con una precisa indiferencia los años que llevan casados Joaquin y Lourdes. Ya nadie sabe con certeza si se trata de costumbre, amor o coleccionismo, pero allí están, una al lado de otra, perdiendo espacio en la vitrina con el paso del tiempo y ganando absurdidad. Lo cierto es que a ella le parecen horrorosas y a él ridículas, pero nunca han hablado demasiado de casi nada. 

A mi derecha, si es que en mi estado eso fuera posible, María le pone una sonrisa al cansancio y hace como que escucha a José Luis, su cuñado, que aunque sin quererla siempre quiso besarla, todo lo contrario de lo que le sucede con Luisa, su mujer, que a pesar de quererla de algún modo lejano y olvidado, no le apetece en absoluto. Y eso que Luisa no es fea aunque tampoco hermosa, ni nada tonta aunque apenas entienda lo que nunca le sucede. 

Ramón, el hermano pequeño, está sentado al lado de su padre y sólo bebe agua con gas. Durante algún tiempo esa costumbre provocó algún agrio debate y no pocas discusiones que Lourdes intentaba paliar repitiendo una y otra vez si alguien quería un poco más de sopa, esa sopa  riquísima que ella utiliza como argamasa para intentar compactar el inestable edificio familiar. Ahora hace cuatro años que el tema se olvidó, o para ser más exactos, fue empujado al olvido por el inesperado embarazo de María. 

Sin más pareja conocida que la tristeza de siempre, esa lejana noche dijo muy flojito, entre un acércame el pan y un no tengo demasiado apetito, un creo que estoy embarazada. A nadie le pasó por alto que en ese preciso instante, Ramón, sin duda aliviado, cogió el vaso de agua con gas y dio un largo trago.

Kevin, que de esa forma cruel castigaron al niño por su falta de padre, corretea alrededor de la mesa. A todos les parece asombroso su parecido con tía Enriqueta cuando era pequeña y eso que nadie recuerda como era tía Enriqueta de mayor y mucho menos de pequeña. Entre plato y plato todos menos José Luis, que mira en silencio como María  se lleva la cuchara a la boca, se esfuerzan en adjetivar a la criatura con algo que roce la emoción y merodee el asombro, pero ni la forma de ser del niño, parco en gracias y habilidades, facilita las cosas, ni los libros de poesía restaron jamás espacio alguno en esta ni en ninguna de las casas de los comensales.

La noche se cae y como de costumbre Joaquín, siempre Joaquín, propone que se descorche el champán. Con una excitación no por previsible menos estúpida, alguien pronuncia mi nombre y todos aplauden como si se tratara de un eructo de felicidad. Aunque pueda parecerles extraño, soy consciente de que en breve perderé del todo la perspectiva y pasaré a formar parte, de una forma orgánica y levemente absurda, en realidad como lo hace todo el mundo, de la familia, esa imposición grosera, esa casi violencia ejercida a golpes de amor y genética. 

Por lo demás, mi absurda intención no fue otra que cartografiarles, como si de un Jesucristo nimio se tratase, esta mi última cena. 


Pd. Para los que no se conforman con hilvanar sino que insisten en coser, para los que no se pueden dormir sin entender lo que no es necesario explicar, les diré que el azar, o lo que ustedes prefieran, hizo que naciera pavo y que esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. 







miércoles, 5 de marzo de 2014

Groucho Marx



Con rapidez de zorro incrédulo
bigotean tus ojos desde lo alto
el castillo sin azañas 
de los mismos de siempre y nunca.

Sucederá luego lo que no puede suceder
y en esa entrañable suma de catástrofes
perderemos la muerte por un rato
los que andamos en alegres tristezas.