viernes, 11 de abril de 2014

Mosén Bernardo (Taller Bremen)



El ataque le sobrevino a eso de las doce y media, justo cuando mediaba la lectura de un versículo del profeta Isaías, en concreto aquel que reza: "El que anda en la justicia y habla verdad, que aborrece las riquezas adquiridas por coacción y tiene las manos limpias de todo cohecho; que tapa sus orejas para no prestar oídos a los sanguinarios, y cierra los ojos para no ver lo malo, este es el que tendrá su morada en las alturas…".

Al principio apenas fue un leve temblor imperceptible para el esquilmado rebaño de feligreses que a esa hora optaban a salvación. Pero las cosas fueron a más y esa trémula indisposición se convirtió rápidamente en serias convulsiones perceptibles desde todos los bancos del beatífico aforo. 

Algunos pensaron que podía ser el corazón, otros una crisis de epilepsia, los menos empezaron a intuir que se estaba partiendo de risa. Poco segundos bastaron para dejar las cosas en su sitio: Mosén Bernardo, ejecutando un perfecto ángulo de noventa grados, se sostenía en el sagrario para no rodar por los sagrados suelos. 

En vano intentaba retomar el texto allí donde lo había dejado; balbucear "que tapa sus orejas…" y quedarse sin aliento, congestionados como ratón en microondas, eran una misma cosa. Vanos fueron también los torpes auxilios del monaguillo; el agua que le obligó a beber la depositó, previamente atomizada, en los asustados rostros de las siete almas ubicadas en primera fila. Los golpecitos, en seguida serios golpetones, en la espalda sólo incrementaron exponencialmente el ataque hasta situarlo en los alrededores del colapso. La suerte estaba hechada. El más sereno telefoneó para pedir una ambulancia, el más asustado informó al secretario del obispo. 

Ya en la camilla, y ante la mirada horrorizada de los que aún se atrevían a mirar, Mosén Bernardo concluyó la infame escena con una desmesurada erección con la que navegó por el largo pasillo entre bancos como negro velero dirigiéndose a infernal puerto.

El asunto estuvo algún tiempo en boca de todos. La iglesia se pintó de nuevo y también se cambiaron algunos bancos desvencijados.  Vino Mosén Francisco, bajito, imberbe y con el ácido único seriamente encabronado, para apaciguar el redil. No pasaron muchos días que algún mal nacido juró haber visto a Mosén Bernardo  en una esquina, ensombrecida y pagana, manoteando por debajo de las faldas de una mujer. No es de extrañar dado que, como saben los mansos y también los inquietos, innumerables y bien distintas son las formas de inquirir a Dios.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Ja, ja, ja... muy bueno.

Seguro lo habrán cambiado de iglesia porque lo que es echar, no echan a nadie.

Josep Vilaplana dijo...

Lo han hecho obispo y suena como firme candidato al papado (si lo consigue, un servidor peregrina a Roma vestido de lagarterana….).

Un beso, Isabel.