martes, 27 de mayo de 2014

Julia, Luisito y el Minotauro (Taller Bremen)



"Mi pequeña Pasífae, mi preciosa luna que brilla para todos, esta noche llegaré tarde, no me esperes levantada".  Julia tenía los ojos verdes y se alimentaba de fruta, ensaladas y algo de poesía (al acostarse masticaba despacito a la Pizarnik hasta que conseguía dormirse de pura tristeza). Ningún guión hubiese dado acogida a lo que  quiso suceder cuando ya nada sucedía entre ella y Pedro, su marido, hombre avezado en lecturas, amores y engaños. 

Un torito blanco y sin fisuras que se musculaba tres veces por semana frente a un espejo enorme que a duras penas podía contener la perplejidad y la risa. Bíceps, tríceps y pectorales en pleno esplendor sin que ni una sola inquietud ni idea les hiciera la más mínima compañía. Así era Luisito, un hombre sin apenas matices, ese ser que se ciñe a la perfección al diseño original y siempre fallido de cualquier dios.

Como no podía ser de otra forma, se conocieron en zona neutral. Ni en la biblioteca del barrio ni en el gimnasio del club de halterofilia, sino que fue en la parada de autobuses de las lineas 27 y 32 donde se acordó el inicio de lo que no fue amor ni deseo, sino algo parecido a una cruel venganza cuyo origen tal vez habría que buscar en el inabarcable tedio de los ociosos inmortales.

En el café de Matías diez minutos fueron suficientes para dejar claras dos cosas: sea lo que aquello fuera era inevitable y sin duda imposible. A su manera él dijo que no; en silencio ella insistía en que sí. Era de esperar si tenemos en cuenta que él embestía la vida ignorando la muleta, el torero, la plaza y la puntilla y que ella, al contrario, hacía equilibrios en la cuerda floja de todos los abismos. Luisito era una estúpida respuesta a la que las preguntas ni siquiera rozaban; Julia era una pregunta cuya nítida fragilidad propiciaba cualquier respuesta.

Sin la ayuda de Dédalo, su amigo peluquero, no hubiese sido posible un segundo encuentro. Dicharachero, astuto y al corriente de lo que los libros ignoran, ideo un plan, según él infalible, para que ese semental le prestará atención y cópula. "Cómo vas a conseguir enloquecerlo con ese aire de pajarillo sin nido; esas medias de florecillas; ese jersey de lectora de alemán de tercer curso; ese peinado de bibliotecaria con juanetes", le decía entre rulos y risas.

Cuando Pedro la vio supo que la venganza es un plato que sabe mejor si se sirve mas bien frío. No dijo nada pero lo supo todo. Su pelo del mismo rubio platino que acabó con Marilyn Monroe; su cinturón de piel negra que pretendía ser una falda; sus medias que indicaban la dirección correcta de todas las miradas; sus labios de un rojo perdición. Todo estaba expuesto, todo preparado, para el burdo enredo. Esa noche fue Julia la que le dijo: "Rey mío, no me esperes levantado y recuerda que mañana has de llevar a Fedra al dentista, Ariadna tiene la fiesta de cumpleaños y a las diez el tutor de Androgeo quiere hablar contigo.

Como era de prever, esa misma noche a Luisito, cuya escasez de luces propiciaba cualquier engaño, le entusiasmó la imagen de esa mujer trampa a la que apenas reconocía. 

Por no alargarme les diré que no hubo suerte en el juego de posibles y que al cabo de unos meses, los necesarios, Julia dio a luz un minotauro, mitad hombre mitad lerdo -pura poesía sólo de cintura para abajo; de cintura para arriba apenas una nada musculada- que con el tiempo acabó enredado en un laberinto de días iguales y devorando, sin ganas, vírgenes casquivanas. Ni siquiera un mal libro quiso contarlo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Podía haber sido tiempo de comuniones (Taller Bremen)



Juanito lleva un traje de marinero, casi de almirante si tenemos en cuenta las tres medallitas que las manos temblorosas de su madre le van colgando en la pechera:  redonda y de plata la de la Virgen de Lourdes; chiquitina y casi ridícula la de San Francisco de Asís; distinta, simpática y levemente desconcertante la del grupo sanguíneo. Podía haber sido tiempo de comuniones y de almendros en flor, pero en la pantalla HD de 24 pulgadas el Rey, con esa dicción inconfundible que nace no de unas cuerdas sino más bien de unas maromas vocales,  desea un feliz año nuevo a casi todos los españoles, a un buen número de españolas e incluso, añade, a otras personas. 

En el epicentro del comedor, sobre el hule gastado que cubre la mesa, yacen los cuerpos de una rosa con síntomas de fatiga y de un libro de cocina rápida envuelto en papel de regalo. En ese instante, si alguien se hubiese asomado a la ventana habría visto como agazapados en el portal del n º47 dos jóvenes se intercambian besos y regalos, algo muy frecuente entre enamorados el día de San Valentín. También en ese mismo instante, los que suben por Vía Laietana a la altura de la calle Manresa, se encuentran metidos de lleno en los serios altercados que se están produciendo al cruzarse la manifestación que celebra el Día de la Hispanidad, con la que acoge al fervoroso séquito que se dirige al Fossar de las Moreres para depositar las tradicionales coronas de flores.

Si las cosas ya son de por si desconcertantes, la llamada de teléfono las convierte en angustiosas. La abuelita Pilar lloriquea como un pajarillo sin pico por el inexcusable olvido. Siete hijos -seis varones y uno que se dedica a la política-, dieciséis nueras si sumamos las que están en primera linea, las colaterales de un claro perfil sexual, y las que nutren la retaguardia; veintidós nietos y el calzonazos de Pedro, su tercer marido, y nadie se ha acordado de felicitarla hoy, el Día de la madre. Inconsolable, hipando sin dignidad alguna, asegura, un poco antes -es un decir- de colgar bruscamente, haber incinerado los canalones y regalado el pollo con ciruelas a la Bernarda, diabética, casi amiga y vecina del 3º segunda.

Sin un antes ni un después que nos permitan ordenar la secuencia, suenan las tradicionales campanadas que por primera vez nadie sabe cuantas serán ni a que año anteceden. Al unísono Soraya de Santamaría intenta tranquilizar a la población, cosa que como de costumbre provoca una gran inquietud, asegurando que las leyes están para cumplirlas y que el tiempo deberá atenerse a las consecuencias de sus absurdas e irresponsables indecisiones. Afirma, con la seguridad que da llevar los pantys subidos más arriba de una cintura cercana al suelo, que se están llevando a cabo los reajustes necesarios para que la Navidad caiga de nuevo en Diciembre y los asmáticos padezcan sus molestias como Dios manda, en abril. 

Informa, con la debida serenidad y a pesar de que un temblor en el párpado del ojo derecho podría hacernos pensar en alguna inquietud, que hasta que la crisis temporal no esté del todo resuelta no se tendrán en cuenta los parados de larga duración, por lo que el gobierno en pleno ha tomado la decisión de agruparlos todos en una sola categoría que técnicamente se denominará: Parados Carpe Diem. Añade, con un levísimo esbozo de satisfacción, que no hay bien que por mal no venga ya que gracias al buen hacer de este gobierno puede considerarse el paro como tema resuelto, dado que nadie estuvo parado ayer ni nadie lo estará mañana. Luego viene una risita, una tos y unas simpáticas disculpas por lo que quiso ser una broma y no pudo.


Como es natural, con el paso del tiempo -perdón, quise decir que sin el paso del tiempo- todo volvió a ser como nunca había sido y como nunca más será. Las rutinas y los tedios se comprimieron hasta convertirse en algo parecido a un agujero negro. Un sólo y tozudo instante en el que todo quería ser ahora. El discurso del Rey no cedía, en la Barceloneta rompía siempre la misma ola y las funerarias hubiesen cerrado si les hubiese dado tiempo para ello. Según parece, y a pesar de no ser miércoles ni ningún otro día, en un taller literario de Malasaña unos amigos dejaron todo escrito y para siempre en unas pocas lineas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Ese estúpido orgullo



Ese estúpido orgullo de no ser el otro nos permite compartimentar la ignorancia; algo del todo imprescindible si queremos prosperar adecuadamente en miserias y  ruindades.