sábado, 28 de junio de 2014

Un tomate en el A.V.E. (Taller Bremen)



Allí estaba el tomate, tenaz en lo suyo, estableciendo un centro a partir del cual se iba acomodando el universo; y allí estaban ellos, inquietos sin saber aún el motivo, creyendo asistir a un curso de cocina; y es que diez minutos pueden parecer una eternidad cuando nadie dice nada, pero de buena gana hubiesen continuado así un poco más antes de tener que escuchar del innombrable, y a modo de bienvenida, lo siguiente:
- Dejen de mirar el tomate, hagan ustedes el puto favor de intentar ser este tomate, o si lo prefieren, de follarse este precioso tomate.

Dos hombres muy parecidos, casi indistintos, una mujer y tres señoras quisieron irse y se fueron. Enseguida se escucharon murmullos y algún portazo. Las palabras increíble y vergüenza se entendieron, las otras no. De los que decidieron no levantarse, sólo los que habían viajado más sonreían aunque, a decir verdad, nadie conseguía sentirse cómodo en esas sillas ya de por si angulosas y antipáticas. Algunos carraspeos y un "yesterday", rápidamente silenciado, que emergió del fondo de ese malestar, no mejoraron para nada la situación. 

Cuando todo parecía venirse abajo, un hombre parco en carnes, pelirrojo, tasador de inmuebles y separado de su segunda mujer, preguntó sin previo aviso:
- ¿Nos podría explicar como se hace un buen sofrito?
La respuesta de quien ya saben cruzó la sala en perpendicular, no sin antes esquivar de forma ágil y no exenta de gracia una columna, hasta clavarse como cuchillo jamonero enloquecido en el entrecejo del esmirriado périto.
- Lo primero que hay que hacer para conseguir un buen sofrito es morirse, y así, en el improbable caso de una resurrección, intentar no nacer de nuevo idiota.

Esta vez fueron cuatro señoras, dos mujeres, un hombre y un nacionalista que debido a las complicaciones provocadas por una fallida operación de próstata no conseguía recordar a que país quería pertenecer, los que se levantaron. Una de las señoras, sin duda la más teñida, al maniobrar de forma precipitada entre las sillas se enganchó una media. Era de esas caras, de seda, con una costurita detrás. En el vecindario se rumoreaba que las compró para coquetear con el vecino del segundo B, pero al pobre lo desahuciaron hace un par de meses y ahora se las ponía sin saber para qué. En la sala, el mierda pronunciado por la señora y el disculpe  pronunciado por el pelirrojo coincidieron en la misma esquina/espacio/ tiempo, creando alguna confusión sobre quién dijo qué y a quien.

Es normal que los que quedaban, menos de la mitad de los que, previo pago de los trescientos euros, se habían inscrito al curso, se miraran de reojo no tanto por ver lo que hacían los otros, sino más bien por ver lo que decidían no hacer. 
Sin apenas darles respiro, quien ya se pueden imaginar sacó una cesta de tomates de la misma variedad del que estaba situado justo en el epicentro del Universo y en un tono de voz neutro, sin inflexiones, les dijo:
-Ahora harán ustedes el favor de desnudarse; en el armario del fondo pueden dejar colgada la ropa.

La verdad, no sabría precisar con exactitud cuantas mujeres ni cuantas señoras se fueron, pero sin duda lo hicieron casi todas las que quedaban. Por el contrario, ningún hombre se movió de su silla, aunque sí lo hicieron dos concejales, uno de urbanismo y otro de cultura, un dentista y un escritor al que le faltaba un ojo debido  a un accidente que había padecido en la pasada edición de la Feria del Libro. 

Según contaba con desparpajo a todos los que querían oírle, la desgracia le sobrevino justo en el instante en que procedía a firmar una dedicatoria en la contra portada de su primer libro a una hermosa mujer. Todo fue preguntarle, con una lentitud que merodeaba el deseo, cómo te llamas, y liberarse el muelle del bolígrafo con tan mala fortuna que le incrustó en la zona de diez puntos del ojo izquierdo el capuchón. Alegre por naturaleza, insistía en que las únicas secuelas que le han quedado son, en lo político un leve escoramiento a la derecha, y en lo artístico el hecho de que ahora sólo le apetezca escribir haikús y recetas de cocina rápida.

Pero volvamos a lo que no nos incumbe. Cinco personas desnudas, a saber: tres mujeres, ninguna señora, un hombre con el pelo recogido en una coleta y el pelirrojo flaco, andaban ya metidos en una nueva consigna:
- Cojan ustedes un tomate cada uno, córtenlo por la mitad y úntense los unos a los otros. 

Con gran determinación, una de las mujeres procedió a rozarle el pezón de la que tenía a su derecha con su medio tomate, mientras esta la correspondía deslizando el suyo por la curvatura de su hombro. A la tercera mujer, con un medio tomate en cada mano y sin que nadie se acercara a ella ni para untarla ni para nada, le dio por llorar y por correr. Sólo al abrir la puerta del taxi se percató de que iba desnuda.

Faltaban pocos minutos para las ocho, hora en que finalizaban los sesenta que duraba la clase, cuando el que ya se imaginan hizo aparecer el aceite y la sal. En ese momento las dos mujeres ya se daban la mano y el de la coleta  le untaba al incandescente y descarnado pelirrojo los alrededores de una nada despreciable erección. 

-Para terminar, les dijo esbozando su primera sonrisa, échense aceite, ni mucho ni poco, sólo lo suficiente, y un poco de sal evitando, si es posible, las zonas blandas. Como habrán podido constatar, el objetivo de la clase de hoy era profundizar en la génesis del pan con tomate; el próximo jueves, a la misma hora, les explicaré, con las prácticas necesarias para facilitar el aprendizaje, todo lo relativo a la mística del jamón.

Las duchas las tienen ustedes en el pasillo, saliendo a la derecha. 

jueves, 12 de junio de 2014

Noche de espejos (Taller Bremen)



Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría los que vieron voluntad en ello y apenas unos pocos los que optaron por descuido. Aquí y allá las cervezas se desperezaban entre efímeras alegrías. Nadie se oponía a que ese abrazo de sillas, esa familia instante, ese altar irreverente, engulliera una a una, muy despacio, sus levísimas biografías.

A su manera los calamares a la romana prestaban atención. Ignorada por los cristales, la ciudad retrocedía, se retiraba desordenadamente, abandonando la noche a su suerte.  Un frágil ecosistema en el que todo se sabía en peligro de extinción se acomodaba bajo la enorme pantalla del televisor. Si llovía no mojaba la calle, por lo que se acordó llamarle amistad.

Juan, que no era alto desde muy pequeño, manoteaba dos o tres folios como si posara desnudo en un parvulario; la libretita de tapas negras de Elena asomaba por el bolsillo de sus jeans como una pistola en un western ambientado en Ibiza; el resplandor de la tableta de Pedro, que él acariciaba como a una amante frígida, destacaba las pequeñas lianas que salían de su nariz. Ni que decir tiene que la hermosa sonrisa de María dibujaba una T con su escote, mientras todos especulaban, sin apenas malicia, sobre el lugar donde escondía su relato. Poco a poco una burbuja de reparo los fue separando de los que sólo bebían; a su alrededor quiso el tiempo enredarse un poco en la felicidad del sin después.

Nadie conocía a Candela y al entrar en el bar amaneció un poco entre las mesas de mármol. Dijo hola y todos quisieron quererla; con su primera sonrisa a todos les gustó lo que aún no había leído. "¿Sois vosotros los del taller, no?" Pedro, que nació de una broma y seguía en ello,  le dijo que no, que los del taller se reunían tres calles más abajo, en la Sauna Venus,  y que ellos eran los integrantes de la Coral de Pequeños y Medianos Cantores Bremen, un grupo de post románticos que se reunían cada miércoles para ensayar y perfeccionar un gospel albino, a medio camino de la jota y los campos de algodón.

Elena, que era la más dulce y la más todo, le dijo entre dos besos que sí, añadiendo un no le hagas caso, escribir forma parte de su terapia y a nosotros nos tiene a nómina su psiquiatra. Su segunda sonrisa instauró el consenso y convirtió las dudas que nadie tenía en azucarillos de un café americano.

La timidez de Juan se sorprendió al escucharle decir: si quieres lee tú primero. Candela dejó sobre la mesa la cerveza que todos quisieron ofrecerle y que sólo uno acertó a dejarle en su mano. Levantó dos veces la mirada de un papel que nadie vio de donde había salido y empezó a leer:

"Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría…..".

Sin apenas inquietud, pero con la certeza de que del bucle de esa noche ninguno de ellos saldría indemne, el más instintivo de los que se apoyaban en la barra pidió otra ginebra con hielo. Era evidente que no amanecería y a pesar de ello el instante venía hermoso.