jueves, 12 de junio de 2014

Noche de espejos (Taller Bremen)



Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría los que vieron voluntad en ello y apenas unos pocos los que optaron por descuido. Aquí y allá las cervezas se desperezaban entre efímeras alegrías. Nadie se oponía a que ese abrazo de sillas, esa familia instante, ese altar irreverente, engulliera una a una, muy despacio, sus levísimas biografías.

A su manera los calamares a la romana prestaban atención. Ignorada por los cristales, la ciudad retrocedía, se retiraba desordenadamente, abandonando la noche a su suerte.  Un frágil ecosistema en el que todo se sabía en peligro de extinción se acomodaba bajo la enorme pantalla del televisor. Si llovía no mojaba la calle, por lo que se acordó llamarle amistad.

Juan, que no era alto desde muy pequeño, manoteaba dos o tres folios como si posara desnudo en un parvulario; la libretita de tapas negras de Elena asomaba por el bolsillo de sus jeans como una pistola en un western ambientado en Ibiza; el resplandor de la tableta de Pedro, que él acariciaba como a una amante frígida, destacaba las pequeñas lianas que salían de su nariz. Ni que decir tiene que la hermosa sonrisa de María dibujaba una T con su escote, mientras todos especulaban, sin apenas malicia, sobre el lugar donde escondía su relato. Poco a poco una burbuja de reparo los fue separando de los que sólo bebían; a su alrededor quiso el tiempo enredarse un poco en la felicidad del sin después.

Nadie conocía a Candela y al entrar en el bar amaneció un poco entre las mesas de mármol. Dijo hola y todos quisieron quererla; con su primera sonrisa a todos les gustó lo que aún no había leído. "¿Sois vosotros los del taller, no?" Pedro, que nació de una broma y seguía en ello,  le dijo que no, que los del taller se reunían tres calles más abajo, en la Sauna Venus,  y que ellos eran los integrantes de la Coral de Pequeños y Medianos Cantores Bremen, un grupo de post románticos que se reunían cada miércoles para ensayar y perfeccionar un gospel albino, a medio camino de la jota y los campos de algodón.

Elena, que era la más dulce y la más todo, le dijo entre dos besos que sí, añadiendo un no le hagas caso, escribir forma parte de su terapia y a nosotros nos tiene a nómina su psiquiatra. Su segunda sonrisa instauró el consenso y convirtió las dudas que nadie tenía en azucarillos de un café americano.

La timidez de Juan se sorprendió al escucharle decir: si quieres lee tú primero. Candela dejó sobre la mesa la cerveza que todos quisieron ofrecerle y que sólo uno acertó a dejarle en su mano. Levantó dos veces la mirada de un papel que nadie vio de donde había salido y empezó a leer:

"Algunos fumaban mientras contemplaban su nada chiquita hecha de cosas iguales. A esa hora el bar transpiraba una mezcla de cansancio, ternura y deseo. Tal vez por eso casi todos agradecieron los dos botones desabrochados en el escote de María, siendo mayoría…..".

Sin apenas inquietud, pero con la certeza de que del bucle de esa noche ninguno de ellos saldría indemne, el más instintivo de los que se apoyaban en la barra pidió otra ginebra con hielo. Era evidente que no amanecería y a pesar de ello el instante venía hermoso.

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