sábado, 26 de julio de 2014

Gloria Fuertes



"Más siento yo que vosotros 
que mis versos hayan salido 
a su puta madre"

jueves, 17 de julio de 2014

La confesión (Taller Bremen)



Don Pedro, que nunca fue manco aunque tenía la costumbre de esconder la mano derecha en el bolsillo de la sotana,  sabía apreciar los tobillos de las mujeres, si estaban bien cincelados, y los buñuelos de bacalao de Doña Remedios, su peor vecina. No era el más vivaz ni el más alegre pero sí el mayor de nueve hermanos, a los que le gustaba mencionar por orden de altura. Si su hermana Pilar iba descalza él era el cuarto, si llevaba zapatos con un poco de tacón el quinto. Al morirse Juan Luis, que medía tres centímetros más que él, le quedó para siempre la duda si considerarlo, a partir de ese instante, más alto o más bajo. Su madre, siempre de luto sin que nadie en el pueblo supiese a ciencia cierta por quién lo llevaba, los parió a todos sobre un colchón de paja, el mismo sobre el que decidió morirse la noche en que a la Blanca, la mejor vaca lechera que nunca habían tenido, le dio por ponerse de parto. Don Pascual, el médico que atendía a todos los puebluchos de alrededor y al que las viejas despellejaban por el vicio de pedirles que se levantaran camisa y refajo para auscultarlas, ayudó al pobre animal y cerró los ojos de la mujer a cambio de una hogaza de pan y un par de gallinas. 

A partir de esa noche Don Pedro  empezó a visitar con regularidad el cementerio donde reposaban los restos de su madre. A ese entrañable desorden de huesos les explicaba, con todo detalle, lo que iba sucediendo en su mundo de cercanías así como las minucias de su cotidianidad sacerdotal. Incansable, demostrando una severa insensibilidad ante el ajeno descanso eterno, el hombre contaba y contaba lo suyo a las tibias, rótulas y peronés que, en evidente desuso, allí reposaban. Era de esperar que en el sepulcral vecindario se desatase un malestar óseo, una inquietud calcárea ante tamaño incordio. De bien seguro que alguno mal nacido y peor muerto de los que por allí se confundían pensó, de la manera en que lo hacen los que nada piensan, que tal vez se trataba de un preámbulo luciferino al futuro que se cernía sobre sus despojos; esos que en tenaz silencio, en ese no lugar aguardaban quién sabe qué. Según parece, algún ciprés se dejó secar.

Del cementerio a la mesa; de la mesa a la nada; de la nada a la sacristía. Así transcurrían los días de Don Pedro, que no recordaba cuando sintió la llamada de la fe, y no sólo eso, sino que ni siquiera estaba seguro de si llegó a sentirla o su vocación fue algo que sucedió por eliminación, es decir, que le llegó por descarte de todas las demás cosas que no quiso o no supo ser. Cuando alguien insistía en saber la verdadera razón por la cual se hizo sacerdote, él se escabullía argumentando que, al igual que los accidentes de aviación -ni decir tiene que jamás había volado- nunca hay un sólo motivo. Y es que para Don Pedro, que no era malo en la medida en que no hay nadie malo, pero que tampoco era bueno, en la medida en que sí hay gente buena, Dios era como la Guardia Civil del más allá, y a él, desde muy pequeño, le encantaba disfrazarse. Prueba de ello es que uno de sus secretos mejor guardado era la manía de usar bragas en lugar de calzoncillos. 

Costumbre que lo distanció mucho de Don Pascual desde el día en que, justo en el instante que levantaba el cáliz y pronunciaba el consabido "cuerpo de Cristo", le dio una lipotímia y el galeno lo tuvo que atender y desvestir.

Nada de todo esto sería digno de ser contado, nada merecería ese anexo fugaz del recuerdo, nada hubiese rescatado a Don Pedro del prematuro e inconmensurable olvido, ese que sobreviene cuando no hay nada que olvidar, de no ser porqué una tarde se vino Él a confesar.

No le busquen razones ni sentido, en realidad nada hay que lo tenga, pero Dios se arrodilló al otro lado de la rejilla del destartalado habitáculo y le dijo, al estupefacto párroco, que necesitaba el perdón a un gran pecado. Don Pedro, sin sangre en ningún lado para darle color, sólo atinó a balbucear ¿cuál?.  Dios le dijo: -padre, no creo en Mí.  

En el psiquiátrico de Mondragón el horario de visitas es de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, pero a Don Pedro eso le da igual. 








jueves, 10 de julio de 2014

Una tozudez que no cesa



La muerte es una tozudez que no cesa;
un enojo, un berrinche, 
el gran enfado de un niño 
castigado sin los postres del vivir.
Pero préstenle un poco más de atención,
no vaya a ser que tanta nada
nos suceda por apenas un descuido;
no vaya a ser que la solución 
no consista en hacerla llorar, 
sino en levantarle el castigo.