viernes, 28 de noviembre de 2014

Navegantes del desamparo (Taller Bremen)



   En realidad ya no recuerda cuánto tiempo hace que inició la travesía; en ese no lugar las palabras del tiempo son confusas. Es cierto que en la cadencia de luces y sombras que observa y apenas entiende podría encajarse un día, pero ese día no estaría hecho de las mismas  cosas, del mismo cansancio, del mismo aturdimiento, que los que dan cabida a la mayoría de la gente. Para él las horas son un solo instante que, a pesar de sus esfuerzos, no avanza ni va a ninguna parte.
   Nunca pensó, cuando eso aún era posible, que llegaría a embarcarse en ese absurdo e incomprensible viaje en solitario, un viaje sin más gloria que el olvido. Una aventura sin épica ni esperanza a la que ningún puerto espera -a lo sumo un lugar de maderas podridas sin un tal vez que permita llamarle destino-.
   Con las velas hechas jirones, rodeado de un océano inhabitable donde las devastadoras tormentas son de calma;  alejándose de nada con una extraña determinación; sin miedo, ya que eso exigiría algo parecido a un después; escuchando obsesivamente el silencio y la soledad en la que tal vez se agazapan todas las presencias en las que algún día habitó.
   A veces, sucias de neblina y sueño, desarboladas, chapoteando sin rumbo en esas aguas densas como fango, en esa tela viscosa e inmensa que él percibe como una permanente amenaza, le parece entrever otras embarcaciones. Es una burla húmeda, una risa hueca, la que desbaratará una y otra vez el espejismo alejando cualquier posibilidad de auxilio. Nadie en ese rincón hermético y completo. Eso es todo.
    Pero de nuevo sucede lo que él ya no sabe que sucede y, sin previo aviso, todo a su alrededor se comprime y pierde inmensidad. La soledad ahora no flota, sino que es blanca y aséptica. De pronto el mar tiene esquinas y paredes pintadas de color verde claro, con desconchados que parecen heridas. Un revuelo de batas blancas, como gaviotas sin cielo, le podrían haber hecho sonreír pero tampoco recuerda cómo hacerlo.
   Torpemente, las sillas de ruedas perfilan la duda, el absoluto desconcierto, de no saber qué rumbo tomar. Ahí van, uno a uno, sin otra cifra que pueda añadir algo a esa tristísima unidad. Navegantes del desamparo, intrépidos marineros del último mar amarrando las naves, ahora sí, ante un plato de puré de verduras.
   

2 comentarios:

Isabel dijo...

"Navegantes del desamparo", eso somos cuando nos abandona la memoria.

Abrazos

Josep Vilaplana dijo...

Tienes toda la razón, como seres olvidados por el mismo olvido; alejados a distancias inalcanzables sin apenas moverse de la cama.

Un abrazo grande, Isabel.