jueves, 25 de diciembre de 2014

Peces de colores (Taller Bremen)




Tal vez porque era bajito, conmigo siempre quiso ser original y eso, como decía Pilar -una prima segunda por parte de madre- es una fórmula infalible para no acertar nunca con aquello que una necesita o desea. Año tras año, y ya eran muchas las Navidades juntos, Pedro se afanaba en sorprenderme y yo aceptaba el juego de hacerle creer que él era alguien sorprendente. 
- ¿Qué demonios es esto?
- Un sobre. Anda cariño, ábrelo y lee lo que dice la tarjeta.
"Vale por un masaje completo de una hora", eso decía la tarjeta y ahora era el momento de escenificar admiración y gratitud y, lo que era un poco más complejo,  súbito e irrefrenable deseo. Ni que decir tiene que desde hacía mucho tiempo los dos habitábamos en ese espacio, cada vez más holgado e irrespirable, que nos quedaba entre espasmo y espasmo. Follábamos como quien monta un armario de Ikea: primero se desembalan todas las piezas y se separan y ordenan los diferentes tornillos y herramientas que se tendrán que utilizar; luego, con torpeza no exenta de falsas expectativas, se procede al correspondiente ensamblaje y, una vez montado y percatados de que el armatoste se tambalea de forma alarmante, va una y sonríe como quién entiende de qué va la vida. 
Después de la función, y al salir de la ducha, vi a Pedro que dormía medio desnudo en el sofá. Las luces intermitentes del árbol le daban un aire de anuncio, algo parecido a una parpadeante publicidad de la rutina ubicada justo en la encrucijada en la que se confunden el cansancio y la tristeza. Cogí la tarjeta y llamé sin ganas. Una voz que ya parecía formar parte del masaje me dijo que perfecto, que mañana a las seis de la tarde me esperaba.
Era la primera vez y para evitar los envites de un nerviosismo de proximidad, me dediqué ha hacer lista de los idiotas del día. Justo en el momento en que punteaba mentalmente al encargado de la sección de perfumería en la que yo trabajaba, aparecieron su sonrisa, sus ojos azules y un poco después ella.
- Por favor, puedes quitarte la ropa y dejarla colgada detrás de la puerta. Estírate boca abajo en la camilla y ponte cómoda. Yo ahora vengo.
Las bragas siempre han sido para mi una cuestión. "Con" o "sin" suele ser el punto de inflexión, la linea que, de cruzarla cuando me hallo en territorios desconocidos, me  suele provocar una inquietud muy parecida a la excitación. Decidí "con", pero todo fue entrar ella en la habitación y quedar claro que la cosa era "sin". 
- Dámelas, las dejaré con tu ropa.
Me pareció observar una levísima demora en su forma de cogerlas; admito que al girarse me sorprendió mucho ver de qué forma mis ojos la miraban. Me volví a tender boca abajo en la camilla esperando que, de un momento a otro, empezaría a sonar esa enervante musiquilla de olas interminables, salpimentada con toques de piano asmático, pero esa tarde todo insistía en desmentirme y ella empezó a tararear muy flojito una canción que sólo semanas después supe que se trataba de "Le prochain amour", de Jacques Brel. Coreografiando la letra apenas susurrada, sus dedos  se movían por mi espalda exactamente igual que los pececillos de colores que, sólo con girar un poco la cabeza, podía ver en la enorme pecera que revestía de extrañeza y lentitud el instante.
Sin apenas darme cuenta el abismo ya estaba allí, esperándome. Milímetro a milímetro, y procurando que la sábana que las cubría no me delatara, empecé a abrir las piernas mientras me esforzaba en recordar si en la tarjeta decía en algún lugar "masaje de cuerpo entero". Temía y deseaba que me pidiera darme la vuelta. De pronto, como si ella fuera capaz de ver el torbellino en el que yo braceaba, hizo lo que en ese momento nunca pensé que haría: detenerse, parar, no moverse, dejar de cantar. Dejó los dedos allí, quietos, quemándome la columna, a una distancia que me pareció infinita y a la vez inexistente de donde yo deseaba atrozmente que se introdujeran. Noté como muy despacio me quitaba la sábana que cubría mis piernas, pero a pesar de ello decidí seguir con mi precisa maniobra de separarlas. El tiempo que utilizó para dibujar entre mi columna y mis tobillos lo que quiso, fue distinto a cualquier otro tiempo. Admito que al pasar muy cerca de la  mía, estuve a punto de cogerle la mano y ponérmela en la boca.
- Tienes unos pies preciosos.
Y lo que deseaba y temía llegó.
-  Por favor, date la vuelta.
Gracias, tú también, le dije balbuceando torpemente como si los zuecos que llevaba fueran trasparentes. Su sonrisa deshizo mi estupidez al tiempo que se descalzaba y apoyaba su pie en la silla.
- ¿De verdad te gustan?
No pude decir nada, sólo asentir con un leve movimiento de cabeza. Me tumbé boca arriba azorada por la más que evidente humedad que había tomado posesión de mi sexo.
Sus dedos recorrieron mi cara como jamás nadie lo había hecho. Al pasar por mis labios los entreabrí y estoy segura que ella notó el levísimo contacto con mi lengua. En ese momento abrí los ojos y me encontré con el azul de los suyos. No sonreía, sólo me miraba. Fue justo en ese instante que ella decidió hacer añicos cualquier guión, apartar de un manotazo cualquier razonamiento, silenciar a Dios para hablar en su nombre. Mientras con una mano seguía perfilando con una maravillosa precisión el paisaje de mi rostro, con la otra me empujó a un abismo al que yo, desde hacía mucho rato, ardía en deseos de saltar. Las sacudidas fueron de tal magnitud que me pareció que los peces se convulsionaban al mismo ritmo que mis espasmos, incluso me pareció ver como uno de ellos saltaba fuera de la pecera. 
- Si me permites un segundo, voy a llamar para anular la visita de las siete y también la de las ocho.
Eso fue lo que me dijo después de besarla. Yo aproveché para llamar a Pedro y decirle que su regalo me había parecido, como siempre, sorprendente y genial, y que esa noche tal vez llegaría un poco tarde. La verdad es que ya han pasado dos Navidades desde esa llamada y todavía no he regresado. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

No es poco, pero tampoco es tanto




Como de costumbre, las cosas nos pillan a los dos tarde y mal, aunque tratándose de nosotros era de esperar que persistiéramos en esa consolidada tendencia de aplaudir cuando los actores ya se han acostado y en el teatro sólo se escuchan, en caso de haberlos, los  ratones. Pues bien, dado que la gente parece que anda algo más inquieta de lo habitual y se desea cosas sorprendentes, hemos deducido que debe de estar cerca la Navidad, y si eso llega a confirmarse sólo una palabra admite discordia si les digo que somos Mula y San José de nuevo sin virgen ni pesebre, sin mirra ni  pastores, sin ángel y ni siquiera sin un triste whatsapp de Dios, y eso, convendrán con nosotros, no admite matices, razones  ni disculpas.
Aquí estamos, en el epicentro de este gélido Belén al que ningún rey en su sano juicio se le ocurriría venir a no ser que fuera ruso y adinerado -cosa que modificaría sustancialmente todo lo referente a la necesaria cordura y elemental buen gusto- con la sospecha, casi certeza, de que de nuevo la historia dará un largo rodeo para no cruzar por nuestras confusas biografías. Casi seguro que no le damos forma al próximo milenio, que ningún filósofo dedica un rato a nada de lo que de nosotros venga, que ningún imbécil se inmola por algo que hayamos dicho; poco probable que a cualquier jurado le de por barajar nuestro nombre, que las editoriales nos telefoneen a horas intempestivas, que seamos asiduos de los sueños de alguna princesa con almorranas. 
Conscientes y agradecidos por todo ello, bien poco es lo que pedimos para poder enmarcarlo en esa ficción que se nos avecina, y que conste que si lo hacemos es sólo por probar y por pedir. En concreto, no le haríamos un feo a lo siguiente: salud y alguna calidez -abstenerse vírgenes metafóricas que ya somos todos mayorcitos para tantas bobadas y mentiras-; que se sepa la verdad sobre el impresentable del buey y su falta absoluta de sentido del humor;  que  no venga Gaspar, ni Melchor, ni Baltasar, ni las madres que sin querer cometieron el error de parirlos, que vengan, si así lo desean, sólo algunos pastorcillos y pastorcillas a poder ser sin las estúpidas ovejas; que el ángel acepte quedarse a cenar y luego ir al cine a ver una de esas reposiciones que predisponen  al juego y la ternura; que el blues persiga los villancicos hasta expulsarlos de todas las penínsulas habidas y por haber; que alguien escriba la elegía que se merecen los pavos; que la amistad sea declarada Patrimonio de la Humanidad; que la muerte pierda la mayúscula, la negrita y el subrayado; que los lamparones de la risa manchen las blancas camisas de todos los días; que del recuento de orgasmos salgan las listas que promulguen nuestras fugaces esperanzas; que Mario -mi nieto- zarandee a la vida con la fuerza suficiente para que caigan los frutos de la esperanza y de la alegría. Todo esto, y algunas cosillas más,  es lo que deseamos para nosotros y huelga decir que para todos ustedes.

De acuerdo que no es poco, pero tampoco es tanto.


jueves, 11 de diciembre de 2014

El delincuente verbal (Taller Bremen)



Todos los esfuerzos para estabilizarlo fueron en vano. Su cuerpo yacía inerte sobre un gran charco de palabras.Según el informe pericial que el forense dictó posteriormente, presentaba siete impactos de frase corta y dos cortes profundos de palabra suelta, siendo una de ellas: aerostático, mortal de necesidad. Un portavoz de la policía declaró que, probablemente, se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas de narradores. Por lo demás, a nadie en el Taller de Escritura pilló por sorpresa lo sucedido. Desde que era un chaval que consumía y traficaba con cuentitos de tapa blanda, eso y algunos pequeños hurtos conceptuales, le llevaron a ingresar por primera vez, y con apenas cincuenta y seis años, en un reformatorio para poetas menores, consiguiendo, en poco tiempo, hacerse un nombre en el mundillo de la delincuencia verbal. Sólo por ver si  otro les daba mejor vida, dejó dicho que sus textos fueran incinerados y esparcidos en un diccionario.