viernes, 11 de diciembre de 2015

Un color se puede habitar (Taller Bremen)



   Un color se puede habitar, prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede al negro cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza. 
   Recuerdo esas mujeres sin edad a la que acogerse, descalzas, pidiendo limosna en la puerta de la iglesia; también los mocos de los que colgaban unos niños que jugaban a esconderse entre la miseria; o el sonido que hacía la sotana del cura al rozar por los adoquines de la plaza; y los perros, que eran un solo perro multiforme y sarnoso merodeando por las cuatro esquinas sin calle que sostenían el pueblo. 
   Grises eran también los goznes de las horas que dejaban pasar el tiempo, y del mismo no color eran los silencios espesos, y las miradas que injuriaban tras las ventanas. Sólo algo de azul se atrevía a cobijarse en los rincones de mi incipiente deseo, dos trocitos de cielo que se asomaban desde los ojos de Candela, la hija de la panadera. El olor del pan recién hecho, como un fugaz hogar, casi triste de tantas cosas que no iban a suceder, se pegaba a sus manos y a su bata descosida. Una mínima victoria que solo conseguía hacer más devastadora la derrota de los días iguales.
   En ese descolorido guión, después del pan venía la escuela de la que Don Ramón era el maestro. De él recuerdo el humo que la destartalada estufa de leña esparcía generosamente por la clase. Es probable que hablara muy despacio, como sentándose entre frase y frase, y que al llegar el invierno se dejase acompañar por una tos que, a fuerza de persistir, parecía formar parte de los textos que nos leía, pero lo cierto es que sólo ese humo ácido que impregnada la piel y las paredes ha salvaguardado en mi memoria su voluble presencia. Dos ventanas, doce pupitres, un crucifijo, un mapamundi y cien mil piojos. Preciso inventario de ese almacén en el que se amontonaban desordenadas nuestras perplejidades e ignorancias.
   "España, una grande y libre" podían leer, los pocos que sabían hacerlo, en la descascarillada pared del cementerio que esperaba, detrás de la Iglesia, a sus muertos pobres, a sus pobres muertos. Algunas tardes al salir de la escuela, correteando de aquí para allá como  trazos dispersos de una tela inacabada de suciedad y niñez, salíamos al encuentro de la patrulla de la guardia civil que solía venir, un par de veces por semana, a husmear por el pueblo. Enjutos y sin afeitar,  ese último y patético eslabón, esa macabra broma sin risa, esa ignorancia armada, vigilaba la absurda posibilidad de que alguna grandeza o libertad escogiera esa desolación para echar raíces. Luego, como sombras entre sombras, sin pagar las dos copas de anís que solían apurar en silencio, arrastrando un cansancio que ya no era suyo, sino de todo y de todos, desaparecían dejando su rutinaria advertencia, su velada amenaza, al resguardo de la noche y de los chinches.
   Y con la noche y con los chinches compadreaba la muerte. Pero no era una muerte de  muertos, la que las mujeres dibujaban lloriqueando en los velatorios, ya que para ello hubiese sido necesario que se diera lo distinto. En esa tiranía de lo gris era todo tan lo mismo, tan parecidos eran sus instantes, tan iguales los tedios y las miradas, que la muerte a nadie mataba. Apenas conseguía ser una costumbre, un contratiempo, como capas de nada adheriéndose, año tras año, a un único cuerpo incomprensiblemente tenaz e insepulto. 
   Si Yves Klein hizo del azul un lugar donde poder estar, dándole la razón el mar, el cielo y no pocas esperanzas ("Una nada encantadora" decía de ese color Goethe), sin duda cualquier color se puede habitar. Prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede a la vida cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza.


martes, 1 de diciembre de 2015

Amebas sin escolarizar (Taller Bremen)



   Las tostadas doradas, en su punto; las metáforas alienadas, sumisas y a la espera de sus instrucciones. Lo difícil es cuando lo fácil quiere llamar la atención, murmura Francisco Resuelto mientras ajusta sus movimientos con precisión a lo que el levantarse y desayunar requieren. Al unísono, corta una naranja por la mitad, esboza una sonrisa y reclama la presencia de unos pocos adjetivos que andan jugueteando por los alrededores de lo que pronto se configurará en un texto impecable. Estos acuden solícitos y sin rechistar. El zumo, precipitándose en una humilde cascada desde el exprimidor, sólo hace que reforzarle su absoluta convicción de que la vida no presenta ninguna dificultad. 
   Ni que decir tiene que para Francisco Resuelto abrir una ventana para que entre la luz del sol es algo que participa de lo fácil,  pero lo cierto es que esta mañana una niebla sucia y tediosa sólo permite la entrada a una luz color bostezo. Contrariado, pero en alegre revuelo de palabras y sin café, dado que se le terminó hace un par de días y no pensó en comprar de nuevo, se dirige con toda la facilidad del mundo bajo el sobaco derecho hacia su ordenador. El texto, piensa sin pensar en lo que está pensando, me espera para que en un santiamén coloque cada pieza en su lugar y lo deje, sin ningún esfuerzo ni pesar, perfectamente resuelto. Que por razones que desconoce corten la luz en ese momento, y en lógica consecuencia que el ordenador le esté observando con su ojo negro, rectangular e indiferente, le hará dudar apenas unos pocos segundos, los suficientes para dar cabida al presentimiento de que la vida a veces presenta algunas dificultades, pero únicamente para aquellos que nacieron difíciles o con problemas de tiroides.  Con la seguridad que le proporciona su excelente memoria, decide transcribir  a una hoja de papel los párrafos que esbozó ayer en el documento electrónico. 
   Por desgracia, lo que sucede a continuación lo alejará vigorosamente de lo que tiene previsto. Cuando la primera frase parecía que iba a romper la aridez de la página en blanco, suena el teléfono y al descolgar un vendedor de algo que no consigue entender le ensucia, aturde y confunde su fácil discurrir. Al colgar constata que la frase ya se ha ido, dejando abandonadas sobre la cuartilla apenas tres o cuatro palabras balbuceantes, asustadas y sin sentido. Ser humano de grandes convicciones, pero ser humano al fin y al cabo, se sorprende pensando que la vida tal vez sea fácil, pero no necesariamente de forma continuada. Con la agilidad mental que le caracteriza, decide postergar para más tarde el cuentito y dar un paseo para recobrar de nuevo equilibrio y certezas. Por suerte la niebla ha levantado y ahora sólo llueve con rabia. Algunas dificultades y no pocas molestias deciden acompañarlo en su recorrido. A destacar,  el fraternal abrazo de las aguas encharcadas cuando un imbécil las propulsa con los neumáticos de su coche hasta sus pantalones; el incomprensible rencor y agresividad de las varillas de los paraguas ajenos; la tristísima humedad de los calcetines que incomoda los pies e imposibilita cualquier esperanza; la torpeza generalizada que aleja todo lo que se pretenda armónico y deseable. 
   Un par de horas mas tarde regresa a casa un poco más solo y sin rastro del aplomo y de la sensación de facilidad que le habían acompañado desde muy temprano. La vida sólo es fácil para los caracoles nacidos en Escocia, para las amebas sin escolarizar y a lo sumo para algún que otro coleccionista de sellos, se repite mientras constata que se ha dejado la llave dentro y que podría ser primavera y no tener frío, pero que todo indica que nada ni nadie calentará este raquítico día del mes de Enero, y que los pies húmedos han esparcido el malestar de forma generosa por todo su cuerpo.
   En el portal, intentando esbozar algo parecido a un plan para paliar tanta dificultad, suena el teléfono móvil. El "hola Juan" de Teresa, parece un tímido regreso a la facilidad; el "no estoy en la ciudad, sólo te llamo para decirte que no puedo mas, que lo nuestro se acabó…"  es para Francisco Resuelto la irrefutable constatación de que lo fácil sólo es una momentánea distracción, un breve descuido, de la enorme bestia compleja e insomne que atiende por dificultad.
   La lluvia cesa; la niebla vuelve; el tiempo pasa; la nariz gotea; como era de prever, no lleva pañuelo.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Monólogo sobre lo que no importa (Taller Bremen)



Ojalá no hubiese dejado de fumar, aunque sólo fuera por añadirle un poco más de pendiente al abismo, o como mínimo para propiciar una escenografía algo más adecuada a esta absurda obra de estar tirado encima de la cama mirándola. Y pensar que hace apenas unas horas yo era algo muy parecido a lo que todos esperaban que fuera; un guante de todas las tallas, un libro para todos los públicos, un estúpido condón para todos los tamaños de pollas. 
Lo cierto es que no recuerdo muy bien cuando empecé a mover la cola esperando que cualquier idiota me lanzara el hueso, pero sin duda no era más que un niño reciente, un chiquillo de ojos complacientes y sonrisa de cordero, cuando me especialicé en ello. Lo que sí recuerdo es que con el tiempo la cifra de los complacidos fue aumentando de forma progresiva y alarmante. De los que configuraban esa masa de satisfechos, algunos ni siquiera se llegaron a conocer, otros se fusionaron con entusiasmo, no fueron pocos los que ocuparon altos cargos en la administración pública, incluso los hubo que les dio por morirse, pero sólo yo seguí inamovible haciendo exactamente lo mismo que cuando mi primer pelo púbico ni siquiera se había planteado asomarse: contentarlos.
El que yo fuera tan bueno en lo mío propiciaba que toda esa gente, a la que yo ajustaba mi paso hasta conseguir que apenas percibieran que estaba andando a su lado, oscilara alegremente de la más fervorosa admiración hacia mi persona, al más acerado desprecio, y sin que ello les provocase la más mínima sospecha de contradicción. Confieso que hasta hace apenas unas horas, tenía la absoluta certeza de que seguiría así hasta convertirme en un muerto ejemplar, un fiambre cuya forma de no ser se valoraría, en las sobremesas de Navidad y en las conversaciones desganadas que el amor gastado propicia, de impecable. 
Lo que ha sucedido para que todo este castillo de "muchas gracias, ha sido un placer" se venga abajo, importa lo mismo que todas las demás cosas: nada. Pero como de pronto el tiempo se me ha ausentado, dejándome huérfano de ayer y de mañana, y en un paro sin subsidio de cualquier hacer, creo disponer del espacio suficiente para poder contárselo en unas pocas palabras.
Siempre obedecí, de la forma en que sólo yo sé hacerlo, sus precisas indicaciones, hasta que ayer por la noche, cuando regresaba a casa después de interpretar mi función (ya saben, esa que lleva por título "El empleado perfecto") de pronto escuché que ella me decía: "en la rotonda, gire a la derecha, segunda salida". Pues bien, recuerdo que di seis vueltas a esa rotonda hasta que me decidí a salir por la cuarta salida. Ese fue el principio del fin. Puse el volumen al máximo para escuchar atentamente las indicaciones de esa voz que de pronto parecía conocerme. Si me informaba de que eran doscientos los metros que faltaban para girar a la izquierda, yo giraba en la primera calle que encontraba a la derecha; si ella me rogaba, desconcertada, que más adelante cogiera la autopista, yo me adentraba en el primer camino sin asfaltar que me salía al encuentro. Al amanecer, casi agotados pero por primera vez sin gravedad alguna bajo los pies,  paramos en este motel de carretera y follamos -dejo a sus respectivas fantasías todos los "cómos" posibles- hasta que su hermosa voz se durmió.  Ni que decir tiene que por fin, sin señal de satélite alguno y sin cargador, me siento felizmente perdido.

viernes, 23 de octubre de 2015

El duelo (Taller Bremen)



El pueblo es apenas una insolencia incrustada en el piel del desierto; la única calle que acepta ese nombre, una herida infectada de polvo y silencio. De pronto voces, ruido de cristales rotos y algunos ladridos de perro sin duda flaco. Dos hombres salen a trompicones de la cantina; a su alrededor ya se van situando los que siempre miran. El desacuerdo parece firme y se configura rápidamente en duelo. Los más cobardes corren las cortinas para mirar sin ser vistos, los otros escupen y esperan en las pocas sombras que el lugar permite.
Hasta aquí todo andaría en costumbre, siguiendo sin desviarse el guión de muerte y hombría que el whyski y el tedio suelen propiciar. El primer indicio de lo distinto llega pronto. Los dos hombres ya usan la calle para las cosas del desafío, pero en lugar de buscarse los ojos por si el miedo asiste y decide, uno los fija en el poste de telégrafos y el otro, dándole la espalda, en el cartel de la barbería de Sylver el Casi Tuerto. Cómo era de esperar, los rumores, aún sin risas, irrumpen antes que los disparos. En ningún momento el viento se ha dejado de escuchar. 
El de comunicaciones desenfunda el primero y el perro flaco de pronto deja de ladrar, no sin antes colgar en el instante un desgarrador quejido. Casi de inmediato responde el que anda en lociones y afeitados y la bala, antes de irse para siempre del pueblo, casi deja sin opiniones a James Trago Largo. Viendo el cariz que toman los acontecimientos, algunos de los que escupen deciden cambiar de opinión y se precipitan tras las cortinas; no pocos de los que ya andaban tras ellas, deciden guarecerse debajo de las camas o en los fondos de los armarios.
Nada indica que el tema vaya a resolverse pronto. Los disparos se suceden maltratando los porches, la tarde y el improbable sueño. Un poco antes de que el pánico deje en ninguno a los valientes, ya son siete los heridos de distinta consideración, trece las ventanas sin consuelo y dos caballos aliviados para siempre del cansancio y abuso de ser montados. Llegada la noche persiste el duelo.
Amanece ya el quinto día cuando los más inquietos exigen que alguna justicia intervenga para zanjar la cuestión. Ni que decir tiene que el comercio y el descanso ya se resienten de semejante balacera. En lo que a los dos pistoleros se refiere, ya en calles distintas, casi en distintos duelos, se siguen matando sin matarse y sin que ninguna señal indique que el ridículo o el desánimo vayan a dar por finalizado en breve semejante despropósito.
El azar, que siempre sabe lo que se debe hacer, acierta con la solución. Una bala que decide regresar a su casa tras rebotar en el yunque del herrero, acaba con uno; el rigor del desierto en el que tiene la torpeza de adentrase entre disparo y disparo, acaba con el otro. Para evitar que se repita el desagradable suceso, los que gestionan la soga e improvisan la ley, deciden prohibir para siempre, y so pena de distintas muertes, todas lentas e incómodas, los duelos de pistoleros miopes, tuertos, estrábicos y sobre todo ciegos. 

domingo, 11 de octubre de 2015

Una lavadora de blanco (Taller Bremen)



La luz que sin ganas de serlo ensuciaba el sofá parecía darle la razón. Ramón Juneda -una ficción como cualquier otra- se confundía con el minutero de su reloj haciéndose tiempo y espera mientras distraía su inquietud acariciando con una mano el mando a distancia del televisor y pulsando con la otra el gato.  
Sería difícil no comprender que esa mañana, tan parecida y a la vez tan distinta de las otras que lo iban fatigando, le sobraban motivos para el desasosiego; y es que a pesar de que su nada chiquita y cotidiana siempre anduvo un poco encariñada con las cosas de esa otra nada grande y sin fisuras, la que no alberga hastío ni repetición, esa nada mucho más eficaz y contundente, más resabiada que la suya, hecha de levedad y algo muy parecido a la ternura, nunca sintió curiosidad ni añoranza, ni la más mínima prisa, por ir a su encuentro.
Justo en la esquina de la calle  Virgen de los Desamparados con Martín Fierro, a pocos metros del hospital, se dio cuenta de que aun llevaba cogido en su mano izquierda el mando a distancia, atreviéndose con el esbozo de una sonrisa al pensar que mucho peor hubiese sido el gato. Aprovechando el empuje de ese atisbo de coraje, sacó de su bolsillo un papel en el que se podía leer: Oncología. Quinta planta. Hora de visita: once de la mañana. Palabras indiferentes que ya parecían albergar alguna forma leve del olvido; posibilidad cierta, parecía decir su forma de andar, de una rotunda victoria sobre lo que desde siempre anduvo en fragilidad y derrota.
La sala de espera estaba pintada de un color que no lo era debido a que nadie lo miraba. Todo parecía corroborar un consenso de aséptica indiferencia, un pacto de nada con nadie que dejaba ese instante tiznado de desesperación. Luego su nombre; y un sudor frío;  y una torpe confusión de palabras; y unos ojos que parecían un lugar al que se vuelve; y un eco que ya en la calle seguía escuchando mezclado con las cosas del mareo: el tumor es benigno y operable.
El mando a distancia, fiel testigo de todo lo que iba sucediendo, seguía aferrado a su mano izquierda , pero se dio cuenta que en la otra alguien había dejado un palo en el que ondeaba una pequeña bandera. A su alrededor, una multitud parecía gozar de la alegría del acuerdo, del éxtasis de la unanimidad. De pronto una corriente de complicidad arrastró, entre  abrazos y consignas, a Ramón Juneda, que se sentía feliz de añadir su pequeña cifra a esa enorme cantidad de comunión y destino; y eso a pesar de no tener ni la más mínima idea de qué cosa reivindicaba esa multitud que lo acogía. Saltó, gritó y sin duda le hubiese gustado pertenecer un rato más a ese uno para todos y todos para uno, pero la tiranía de lo que tiene que ser quiso recordarle que, en pleno desconcierto, había dejado puesta una lavadora de blanco. 
Discretamente torció por Jovellanos, no infeliz aunque sí algo cansado. Sólo al intentar buscar la llave en el bolsillo del pantalón, se percató de que tenía las dos manos ocupadas. Para Ramón Juneda, tres sonrisas en una misma mañana era algo inusual y digno de recordar.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Cosas mías -8-



(Sobre la necesidad de tener razón)
Pongámonos en la frecuente circunstancia de estar recién levantados y ante el lógico malestar de sabernos intrascendentes y mortales. Enzarzados en ese contexto, en ese miedo a no quedar, a no pertenecer, puede darse el caso de que sintamos la súbita e irrefrenable necesidad de tener razón. Si es así, lo primero que hay que hacer es buscar a alguien que no la tenga. Tal vez no sea innecesario informar de que para ello sirve cualquiera con tal que nos permita defender categóricamente todo lo contrario; no siendo de menester, en estos prolegómenos, saber sobre qué debemos sustentar nuestra irreconciliable diferencia. Una vez elegida la persona -o colectivo- que pueda servir a nuestro objetivo, la inmediata labor consistirá en ficcionar pasados, enfatizar diferencias, contabilizar agravios  y mentir con rotundas y definitivas verdades; en resumidas cuentas, llevar a cabo eso a lo que el gracejo popular alude cuando insiste en la necesidad de vestir al santo.
Dado que a menudo las razones suelen alimentarse de paisajes, no es cosa baladí, para la consecución de nuestros propósitos, observar con detenimiento si  por un habitual transcurrimos en tierras de riguroso secano y entre mosquitos, polvo y olvidos, o bien nos ha sido dado nacer entre herbazales yermos, añoranzas y precipicios. Reconocernos en ese entorno cotidiano de tedio y anginas, en esa geográfica rutina que cebamos con algunas ternuras y no pocas maldades, nos será de gran ayuda en el momento de otorgar las inexcusables sinrazones que el contrario ha de tener.
Un complemento que nos puede ser de grandísima ayuda es algún dios, en cualquiera de sus versiones más o menos actualizadas. Con sus contrastadas tendencias al "viva quien vence", con sus irresistibles ofertas de felicidades postergadas, esas fuentes inagotables de razón sin duda nos saciaran cuando nos abrase la sed del yo sí, pero tú no. 
Por lo demás, los síntomas de que los niveles de razón en sangre son satisfactorios no dejan lugar a la duda: una piel más hidratada; un sentir como el Universo se estremece cuando nos acogen los espejos; un mejor tránsito intestinal; unos guiños lúbricos -algo parecido a un erotismo más la correspondiente complicidad- de la historia (perceptibles en algunas cátedras universitarias y en las incontinencias verbales de las cafeterías); un incremento de las cuotas de amor que nos han sido adjudicadas;  una mejora en el sabor de la verdura congelada; una forma distinta, mucho más elegante, de doblar las esquinas.

PD. No ha de añadir angustia alguna a nuestro natural desasosiego el improbable fracaso de nuestro empeño, ya que no tardará la muerte, de un natural solícita y halagadora, en darnos de un tajo y para siempre la razón, garantizándonos, con su exquisita y delicada forma de hacer, la posibilidad de que nunca, nada ni nadie consiga ya quitárnosla.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Cosas mías -7-



(El tercer cerdito erró)
Esa antesala de la maldad llamada estupidez -pandemia que como es sabido se propaga cuando los insaciables propician que se enquiste la ignorancia- es de los materiales más resistentes que se conocen, ideal para construir todos tipo de barbaridades en las más recónditas periferias ideológicas. De ahí que el tercer cerdito erró si lo que pretendía era construirse una cabaña a prueba de lobos. De haber usado estupidez en lugar de tochos, el pobre y querido cánido aun estaría soplando.

domingo, 23 de agosto de 2015

Cosas mías -6-



(Las esquinas)
Vuelvo a lo de Borges como el que mira y reconoce la luz que se demora en una mesa de palabras y amistad: "Cuántos países a la vez: el campo, el cielo, las afueras"; y tal vez no sea un despropósito añadirle, a esa enumeración de fronteras felices, de levísimas e inconstantes banderas, las esquinas: esos instantes de encuentro en que una vida tuerce hacia otra vida; esas esperanzas chicas que la tarde y el paseo nombran; ese tiempo que gira despacio hacia otra cosa distinta del tiempo. Gratas imposturas, las esquinas, desbaratando la enajenación de esas calles imposibles que se pretenden razón y destino.

viernes, 14 de agosto de 2015

Cosas mías -5-



(Apunte biográfico)
Se obstinó en encerrar la jaula en un pájaro demasiado aturdido para percatarse del severo despropósito. Decidió bracear, con gran perseverancia e inmejorable estilo, no a contracorriente del caudaloso río, sino en el barrizal de la orilla. Levantó el telón con el firme propósito de deleitar a un público inexistente con su excelente interpretación de  una obra nunca escrita. Una tarde le pareció ser feliz, pero sólo fue un malentendido.

viernes, 31 de julio de 2015

Cosas mías -4-



(Instante sabático)
Sueño con un instante sabático de absoluta quietud Universal en el que nada debería nacer ni morir; un no tiempo en el que los mares permanecerían inmóviles, como a la espera de algo, y los amantes se mirarían sin quererse ni olvidarse. Descanso blasfemo e impensable, sin duda merecido tras esta larga, reincidente y agotadora jornada.

lunes, 27 de julio de 2015

Cosas mías -3-



(Círculos rectángulos)
Para dibujar un círculo rectángulo hace falta algo de coraje y no poca determinación. Pero la risa vale la pena, ya que nada les produce más temor a los que reposan su inabarcable culo en las polvorientas geometrías de lo que es, ha sido y será, que esas irreverentes figuras.

viernes, 24 de julio de 2015

Diario del Piratilla Valiente



Es frecuente que a los gatos les de por perseguir a su sombra,  enfadándose un poco cuando no pueden agarrarla. Es normal, ya que ellos no saben que esas sombras son gatos distintos intentando atrapar a sus sombras, también distintas. Sólo cuando ambos se quedan quietos se reconocen. Si alguien te exige, mi querido Piratilla Valiente, la absurda tarea de escoger, tú dile que prefieres ser juego y risa, sombra y gato.

(Del diario del "Piratilla Valiente", y con motivo de la celebración de la llegada de mi querido nieto Mario, después de sus increíbles aventuras por los mares de Oriente).

domingo, 19 de julio de 2015

Cosas mías -2-



(Ella)
Se va soltando, despacio, de esa precisión suya en el vivir. Apenas come y ni siquiera se toma la molestia de espantarse las moscas. Muy pronto seguirá en lo suyo, pero mezclada con todo; muy pronto persistirá en cualquier cosa que ande en la hermosa tozudez de ser. Por lo demás, el absurdo invento de la muerte exige, para que le nazcan ojos y horror, prestarle toda la atención. Innecesario decir que con mi querida Mula juega a perder. Todo lo cierto e inmutable, lo que no deja espacio para la duda ni la especulación, espera a ser masticado por ella eternamente. No se va a morir, sólo que muy pronto tiene previsto cambiar de prado.
Hasta que nos confundan y nos confundamos, querida tertuliana de silencios, te llevaré en mi sonrisa. Por lo demás, y si no te sabe mal, nos podemos ahorrar el beso. 

sábado, 18 de julio de 2015

Cosas mías (-1-)



(Escribir)
Escribir es la forma que tienen de ejercitar la memoria aquellos que pretenden olvidar acordándose. Entrañable tropel de ciegos que todo lo miran sólo para dejar constancia de que nada ven.

(Lichtenberg)
Según parece, Lichtenberg expresó su convicción de que, sin sus escritos, se hablaría de cosas muy diversas entre las seis y las siete de cierta tarde alemana del año 2773. Pues bien, hace ya algún tiempo que ando con algo más que con una sospecha de que, sin los míos, entre las seis y las siete de esa misma tarde alemana, tal vez llueva si es que ha de llover. Ya veremos.

jueves, 9 de julio de 2015

Fingieron las palabras, el texto me mintió (Taller Bremen)



La verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Me dijo que José María Anzar fue un niño de buena cuna y de mal carácter, cuyos rasgos andaron siempre pleiteando con saña entre ellos (unos ojos pequeños que apenas se dirigían la palabra, separados por una nariz de narices, ganchuda, que a modo de górgola de una catedral chiquita y rencorosa, pendía sobre lo que tenía que haber sido una boca y se quedó en rictus, caricatura y cicatriz). 

Yo quise creerle y le creí, no dudando ni por un instante de él cuando me aseguraba que a ese niño, al que alguien o algo le negó la más mínima gracia, le deparaban los más altos honores,  y eso a pesar de que su talla hacía muy difícil imaginarse, siendo tan altos dichos honores, en qué lugar reposaría su nariz cuando le fueran concedidos y tuviera que compartir con ellos sus momentos de íntimo solaz y lascivo orgullo.

Fingieron las palabras -es cierto que unas más que otras- diciéndome que mi texto reflejaría con precisión justo el momento en que el hombre que José María Anzar nunca sería se despidió del niño que jamás fue, quedándose durante muchos años -se podría decir que durante el resto de su vida- en una zona neutral muy parecida a un chiste sin gracia y sin público, un limbo en el que la niñez ausente y la madurez inexistente sólo le permitieron consolidar una idiotez peculiar y recurrente. 

Sumido en esa impostura, en ese falaz engaño, en esa audaz osadía que lo que se escribe a menudo muestra ante su perplejo escritor, se atrevió a decirme, el muy cabrón, que nadie como yo  sería capaz de reflejar, por escrito y de una forma tan nítida, la apoteosis vital, el clímax de poder y gloria, el "big band" de posteridad, de ese hombre, mitad bigote, mitad error, al que tanto le deben las hienas su creciente popularidad.

Pues bien, como les decía al principio, la verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Conforme lo iba escribiendo me daba cuenta que tantos son los matices, tan inabarcable, inconmensurable, inhabitable e incluso insoportable, es el personaje, que la suma de mis escasas habilidades, más la delicada configuración de mi estómago, escoraban la nave hacía el más estrepitoso fracaso.

Ahora, abandonada ya cualquier esperanza de certeza y precisión, y bajo el paraguas con el que me protejo algunas noches de la persistente lluvia de silencio y olvidos, puedo escuchar perfectamente cómo se ríe, enredada en mi telaraña de palabras fallidas, esa obscena mentira que a fuerza de repetirse a cuatro idiotas aun les parece verdad.  


lunes, 29 de junio de 2015

Un azar, seis esquinas -Taller Bremen-



-PRIMERA ESQUINA-
"Esa tarde al hardware le patinó, por una sobrecarga de vete a saber, el software. Algo parecido a pasarse de frenada y atropellar al jubilado que sale de la oficina bancaria con su libretita actualizada. El vetusto programa que utilizaba el Ministerio de Reproducción para gestionar las cópulas, y así conseguir que cada "A" conozca y se aparee con su "B" y que de esa eficaz unión nazca un "C" moldeable y con un encefalograma marcadamente mesetario, se jodió. Ahora "A" escribe versos, algunos fallidos y otros peores, y sentado frente a ella "B" se mece las barbas impares  mientras espera en vano que una príncesa de ojos verdes, enana y dopamínica, doble la esquina. Pura infelicidad ficción."

-SEGUNDA ESQUINA-
"Al mirarle el culo supo, sin saberlo, que ese amor vendría con metástasis. Ella no fumaba, pero de hacerlo hubiese sido hermoso ver, al girarse, como el humo añadiría cansancio a sus ojos verdes -en algún lugar del fatídico encuentro, un poco de menta plantada en un tiesto empatizaba en silencio con ellos-.
- Es hermosísima -se dijo para sí Ernesto-.
- Pero no es para tí -se contestó para sí Ernesto-.
- No, claro que no -le hubiese contestado cualquiera a Ernesto de no ser porque esa tarde estaba solo-.
Y respiró aliviado por todo lo que no tendría que decir. Y entonces el semáforo decidió convertirse en destino. Y se miraron. Y llevan treinta años mirándose. Y aun no saben qué cojones vieron el uno en el otro para acumular tanta tenacidad."

-TERCERA ESQUINA-
"Quiso el azar llevarlo hasta sus brazos, acordando poco después con el infortunio dejarlo en ellos. Dobló la esquina el pobre infeliz y allí se toparon los tres: la esquina que esperaba sólo por esperar que alguien la doblara; ella, que supo sacarle partido a la súbita doblez; y él, algo doblado ya por el peso de todas las esquinas venideras."

-CUARTA ESQUINA-
"Un moscardón ensuciaba el silencio que los ojos de ella vertían. Sentados uno frente al otro, vacíos, sin más protección ni alivio que un estúpido diario deportivo que temblaba levemente en las manos de él. Hacía ya mucho tiempo que algo los había dejado enzarzados en esa soledad en la que uno y uno no son dos, sino nada. Demasiado tiempo para intentar deshacer la broma de un azar, unos ojos verdes y una esquina.
- Mañana, a las once, vienen a revisar la caldera. Espero que no venga el del año pasado. Menudo imbécil.
- Ya.
- ¿Vendrás a comer?
- Te llamo
- ¿Me quieres?
- Ya.
Durante un instante el moscardón quiso saber algo de la tristeza y el cansancio y se quedó quieto. Sólo el tiempo necesario para que una lágrima increpara a Dios como se merece."

-QUINTA ESQUINA-
Un tipo decide darle sentido a la esquina y la dobla. Dos palomas cosen despacio lo que podía haber sido una tarde de Mayo. Una mujer quiere ser bonita en ese instante. Se escucha el ruido de cristales rotos tras el topetazo de sus miradas. El verde de sus ojos mancha la luz y el aire. Un escritor toma nota mental de la escena pero luego pierde la libreta. Arranca la absurda máquina del porvenir su motorcillo de tristeza. Nadie se da cuenta, pero ahora ya es nunca y después.

-SEXTA ESQUINA-
La esquina, situada en una estratégica librería, está flanqueada por algunas palomas y no pocos olvidos. Parece recién puesta, pero en realidad está ahí desde mucho antes de que el primer azar aceptara el juego. Mal actor, pésima actriz, ambos interpretan como pueden la escena del encuentro. Luego vendrán los bolos sin nadie en las tardes de domingo y la precisa liturgia de ese evangelio que proclama los alrededores de un entrañable infierno. Si alguien quisiera fijarse, vería como en el verde de sus ojos se cobija la levísima ternura de todos los fracasos.  

domingo, 31 de mayo de 2015

Por favor sonrían -Taller Bremen-


Espero que me sabrán disculpar las molestias que les pueda provocar el atender un rato a quien no existe. Aquí me tienen, debajo de esta mesa sin ser nadie y sin saber tampoco cómo llegué a convertirme en esta extraña conciencia sin caries ni uñeros; aquí estoy, ignorando por completo qué fue lo que sucedió para que me quedara atrapado en esta forma de sentir sin nada tangible que le diera cabida. Dada la situación, entenderán que poca cosa les puedo decir de mí, en realidad nada. Apenas matizar que no soy un escarabajo ni un sueño, tampoco una idea para un cuento; que no tengo ni ojos ni oídos -aunque les oigo y les veo- y que tampoco soy Dios, o por lo menos eso creo. No me afeito pero puedo explicarles lo que es la barba; nadie se aburre en mí, pero sé perfectamente lo que es el aburrimiento; ni que me lo proponga puedo hacer ningún ruido, pero aprecio el repiqueteo de la lluvia en los cristales. De igual forma, si alguno de ustedes se empecinara en saber el porqué estoy debajo de esta mesa, pues lo cierto es que no sabría qué contestarle. A veces, sólo para consolarme un poco, me da por pensar que mi extraña situación no difiere en exceso de la de todos, a no ser por el hecho de que en mi peculiar carrera hacia la nada les he tomado a todos ustedes algunos metros de ventaja. Por lo demás, reconozco que aquí debajo las cosas suceden distinto, pero igualmente suceden. Sin ir más lejos, hace un rato pude escuchar como alguien decía que el sábado estaban invitados a la comunión de Mari Cruz, a lo que otra voz, un poco más gruesa, se afanaba en contestarle que estaba hasta los cojones de las comuniones. Luego, durante un buen rato, nadie dijo nada hasta que la voz más bajita de las dos pidió que les trajeran la cuenta. 
La mesa sobre la cual suceden estas cosas tiene cuatro patas -hasta aquí no cabe sorpresa alguna- y cada una de ellas está pintada de un color distinto -eso ya es un poco más sorprendente-. Alrededor hay otras mesas, todas con sus patas de colores, y en una de ellas, justo en este instante, un pie ha abandonado su zapato, como si de un barco zozobrando se tratara, para subir y bajar por unas piernas que se dejan hacer tan quietas como todas estas patas de colores. No puedo escuchar lo que dicen, pero juraría que no están hablando de la comunión de Mari Cruz, ni de ninguna otra comunión. Casi seguro que todo lo que se dicen les parece inédito, sorprendente, como un sol recién puesto; es más que probable que nunca se les haya ocurrido pensar la posibilidad de estar debajo de una mesa sin ser nada.
Tampoco a los cuatro idiotas que se acaban de sentar, los mismos que cada tarde, entre risotadas y cervezas, vienen a ignorar de todo un poco en voz alta, se les habrá pasado nunca por las respectivas cabezas esa posibilidad. Hablan como si fueran reales y el mundo los conociera. Alejados de cualquier sentir, estas elegantes amebas con calcetines de ejecutivo tienen de lo que yo carezco y carecen de lo que yo tengo, por lo que no es un despropósito considerarlos tan extraños como yo. 
Ya me imagino que a estas alturas de este contar por contar, a los más inquietos, a todos aquellos que no permiten que un árbol sea otra cosa que un árbol y que confían plenamente en los espejos considerándolos gente de su total confianza, les estará mordiendo los tobillos el perro de lo inverosímil. Puedo escuchar perfectamente su queja, vestida con los harapos de la burla y el escepticismo: 

-¿Quién demonios relata todas estas nimiedades, y cómo puede contármelas si su decir no tiene a nadie que diga?

Hay preguntas cuya respuesta, de haberla, sólo cabe buscarla en los campos yermos donde fueron concebidas. Preguntas que no pretenden abandonar una ignorancia, sino fortalecerla hasta convertirla en refugio y razón. Piensen lo que quieran, sólo les pido que se acostumbren a mirar debajo de la mesa y si las patas son de colores, que por favor sonrían. 


viernes, 15 de mayo de 2015

Apenas corría el aire -Taller Bremen-



El jurado popular estaba compuesto por siete hombres y dos mujeres. De todos ellos, sólo a tres hombres y a una mujer les faltaba bien poco para ser buenos y algo más para ser razonables, muy al contrario de los otros cinco miembros que carecían por completo de ambas virtudes. Frente a ellos, sentado al lado de su abogado defensor, estaba Hipólito mirando el suelo sin ver nada -si en ese momento le hubiese dado por levantar la cabeza, habría visto al Juez  observando el techo de la sala  y viendo exactamente lo mismo que él-. Las acusaciones eran muy graves y nadie albergaba la más mínima esperanza de que el veredicto fuera favorable. En la tercera fila una mujer lloraba por encima de un murmullo que manchaba el momento de distintas maldades. El desconsuelo provenía de la mujer de Hipólito, que se sabía tan perdida como sus tres hijos con mocos crónicos a los que, previsiblemente, ningún futuro se molestaría lo más mínimo en darles acogida.
El martillazo desganado del Juez, que por un momento había abandonado el techo para ubicar discretamente la mirada en las piernas cruzadas de Rosario, la hermosa ujier por la que suspiraba casi todo el Juzgado de Instrucción Número Tres, dio paso a una letanía protocolaria en la que se informaba, al poco respetable público asistente, de que el jurado se retiraba a deliberar durante treinta minutos y que no estaba permitido comer ni beber en la sala.
Algunas toses, un par de risas del todo improcedentes y el crujir de los bancos al ser liberados momentáneamente de su ingrato destino, configuraron la banda sonora de la distensión.
Como suele suceder, en los corros de la espera la gente se esmeraba en la malicia, al tiempo que perfeccionaba sus mejores crueldades. Acicalados buitres volando en círculos sobre el inminente cadáver del pobre Hipólito, que empecinado en su particular forma de no estar, seguía mirando atentamente el suelo.
Quién hubiese dicho, cuarenta años atrás, que ese niño que fue rubio y ahora era un hombre incoloro y calvo, que esa saludable y encantadora criatura que correteaba de aquí para allá entre sencillas alegrías, acabaría cometiendo el horrible acto por el que se le estaba juzgando. Ni la más atenta y perspicaz de las personas que le habían conocido hubiese sido capaz de prever lo que ese hombre haría con increíble premeditación y constancia. En fin, sigo con el relato de lo que sucedió y dejo para peor ocasión las innecesarias incursiones en el feliz pasado de ese pobre infeliz.
Justo cuando sonaba la alarma en el móvil del fiscal para avisarle de que era la hora del colirio para el orzuelo, se abrieron las puertas del salón donde habían estado deliberando los que sin ser buenos, tampoco eran razonables. No fue necesario disfrutar de una inteligencia múltiple para constatar cómo en los ojos de casi todos ya se leía la condena; tampoco se necesitaron estudios universitarios  para percibir el peculiar brillo que suele acompañar la mirada de los que chapotean gustosos en el lodazal del bien y de la verdad. Todos se sentaron al unísono, todos menos un hombre de labios gruesos, orejas de soplillo y seriamente alejado de cualquier belleza conocida, que se quedó de pie con un sobre en una mano y nada en la otra.
Otro martillazo, tan desganado como el anterior, antecedió a las palabras necesarias para ordenar al acusado que se pusiera en pie. Por fin el silencio se hizo un hueco entre el remolino de comadrejas y se dejó escuchar. El portavoz carraspeó y procedió a la apertura del sobre que sostenía en la mano en la que había algo -si recuerdan, en la otra no había nada-. La lectura se resintió del no saber leer, aunque fue suficiente para que se supiera lo que nadie ponía en duda.
- El Jurado Popular aquí reunido considera al acusado, Sr. Hipólito Expósito Explícito, culpable de los siguientes delitos: Glusoca basal 124 mgr; Trigliceridos 193 mgr -aquí los labios gruesos se aquietaron por un instante para enfatizar el horror del más grave de todos ellos - y Colesterol LDL 189 mgr.  
- Leída la sentencia -apuntilló el Juez como resucitado de pronto de una muerte sin importancia- se condena al acusado a una dieta perpetua en la que se verá privado de cualquier tipo de grasas, azúcares, sean estos refinados o no, excitantes de cualquier tipo y bebidas alcohólicas que contengan alcohol, aunque sólo sea un poco.
De nuevo alzaron el vuelo, en forma de murmullo, los sucios pájaros que hasta ese momento picoteaban el frágil silencio. De nuevo la mujer de Hipólito lloró sobre su propio llanto. De nuevo Hipólito Expósito Explícito perdió sin ni siquiera saber en qué consistía el juego.

Es probable que nadie lo percibiera, pero al salir desordenados a la tarde de Julio ya no era verano, sino algo muy parecido a una tristeza en la que hacía calor y apenas corría el aire.

viernes, 1 de mayo de 2015

Matemáticas del desaliento -Taller Bremen-



Hacía ya más de cuatro años que no sucedía nada cuando a media tarde, sentada al lado de un montón de silencio, Lisa rompió a llorar. 
-¿Qué te pasa?- le preguntó Ernesto mientras sostenía en su mirada la sorpresa y en la mano derecha, agarrada por el cuello, una gallina quejosa y sucia.- ¿Por qué lloras, acaso te ha sucedido algo?
La pregunta, que ya de por sí no venía oportuna ni tampoco inteligente, se mereció el puñetazo respuesta que ella tanto necesitaba en ese momento para dejar de golpear al vacío.
-En este culo de mundo nunca sucede nada. ¿Cómo se te ocurre preguntarme si me ha sucedido algo?
Tal vez porque la escena le llamó la atención -o quizás sólo fue por el cansancio del vigoroso desacuerdo con quien la había sacado de su impecable rutina de gallo y gallinero-, el grotesco animal dejó de aletear y observaba a Lisa como si en su plumado ser cobijara un alma de bolsillo; algo parecido a una conciencia inestable, chiquitina y de tapa blanda. El bueno de Ernesto le conmutó momentáneamente la pena de muerte a la gallina y se puso a rebuscar algo de ternura en los bolsillos de su pantalón de trabajo.
-Lo se, amor, ha sido un invierno muy largo y frío y….
Pero ella siempre había sido mucho más rápida que él, y justo cuando Ernesto estaba a punto de construir, con las normales carencias de la improvisación, una frase en la que aparecían, entre otras, las palabras primavera, paciencia, paz y confianza, Lisa le espetó otra ya del todo terminada, precisa y angulosa, en la que figuraban las palabras mierda, harta, reseca  y adiós.
Ernesto se instaló en el no entender -aunque eso tampoco suponía una novedad dada su jovial, animosa y precaria forma de ser- y esa noche los dos cenaron escuchando la lenta conversación de las cucharas y el crepitar cansino del fuego en la chimenea. Luego, un poco más temprano que de costumbre, se acostaron con un par de frases almohadilla, esas que amortiguan un poco el accidente del otro; Lisa buscando en la cama el lugar más alejado posible de Ernesto, y él esperando en vano que el pie o la mano de ella le diera el aviso de que la tormenta había amainado.
El canto innecesario del gallo, dado que las horas previstas para el sueño las utilizaron ambos para girar una y otra vez sobre su propio eje, levantó una mañana en la que previsiblemente tampoco sucedería nada. Aunque a primera vista las dos preguntas construidas durante el mutuo desvelo podrían provocar alguna confusión por ser muy parecidas, en realidad nada tenían en común. Ernesto la dejó limpia y acabada en estos términos: ¿qué puedo hacer para que suceda algo sin que nada suceda?, y Lisa la dio por lista y terminada en estos otros: ¿qué puedo dejar de hacer para evitar que de nuevo suceda algo sin que nada suceda?
Matemáticas del desaliento, ecuaciones del cansancio, utopías boomerang lanzadas sin la debida protección; y es que un mal día Lisa y Ernesto dejaron de buscar la felicidad y cometieron el vulgar error de instalarse en ella. Abandonaron su ruidoso y contracturado pisito de la calle Comercio, número tres, segundo derecha, buscando el abrazo respuesta de la más hermosa e indiferente de las madres. 
Luego, y a pesar de que no hay constancia de lo sucedido, es más que probable que la  naturaleza hiciera lo que siempre suele hacer en estos casos: ignorarlos. A la nieve y a los caracoles, a la menta y a los atardeceres, les importaba un bledo que se hubieran instalado allí. Con el paso del tiempo, los caracoles y la menta  no cambiaron un ápice su actitud, y en lo que se refiere a la nieve y a los atardeceres, pues a decir verdad, tampoco. Ilusionados y eficazmente innecesarios, ambos se afanaron en darle forma a su idea, pero la falta de costumbre y el material tan inestable del que suelen estar configuradas estas, hicieron casi irreconocible el objeto resultante de su empeño.
Después de esa noche esquina vinieron algunas más, no muchas, pero en la superficie que ocuparon todas ellas siguió sin suceder absolutamente nada. Una mañana, aún con la nieve dormida y el frío buscando en vano cobijo de si mismo, el gallo sólo cantó para Ernesto y para las siete incondicionales gallinas que le hacían compañía. Un lacónico, y tal vez excesivamente escueto, "lo siento" escrito en el reverso de un comprobante de pago de la tarjeta de crédito de Ernesto y sujetado a la puerta de la nevera con un imán en forma de vaca lechera, y un café con leche que se había quedado frío y al que sólo le faltaba un sorbo, fue todo lo que dio de sí la despedida.
Ahora Lisa vive en el número veintidós, tercero primera, de la calle Arrabal y a veces, mientras alguien duerme a su lado, se levanta y telefonea a Ernesto sólo para oírle decir que por allí, desde que se fue, todo sigue igual, y que prueba de ello es que la semana pasada un par de conejos se suicidaron con una sobredosis de aburrimiento; y Lisa llora y ríe y de buena gana, si no fuera porque nunca le gustó ver dos veces la misma película, cogería y se iría al campo, con Ernesto, que aunque parece feliz no lo es, ni puñetera falta que le hace.

jueves, 9 de abril de 2015

La breve mala vida de Ramón Juneda -Taller Bremen-



Para tutear a la mala vida, para afianzarse en ella, no hay más secreto que la práctica y el tesón. Con ese firme convencimiento se ponía despacio los calcetines Ramón Juneda, al tiempo que activaba, de forma espontánea, los recursos necesarios para minimizar la tristeza, breve pero punzante, que le producía el rotundo agujero en uno de ellos. Ese dedo que ahora le miraba a los  ojos -pensó sin pensar- era una sinopsis precisa de su vida, el corre ve y dile de un mensaje, el suyo, sin remitente conocido. Pero no era momento de dejarse caer en esos precipicios bajitos, en esos abatimientos de pitimini; la decisión estaba tomada, y eso que a Ramón Juneda decidir cualquier cosa le solía provocar generosas flatulencias y no menos vigorosas diarreas. 
Un fin de semana crápula, el primero y probablemente el último de su vida, para poder encarar con precisión y conocimiento de causa el texto que, desde el Taller de Escritura en el que participaba desde hacía algún tiempo, les habían propuesto.
La mala vida, ese era el tema sobre el tenía que girar su escrito, en contraposición -pensaba él- no a la buena vida, sino a esas aguas sin orilla ni cielo, sin peces ni puentes,  sin fondo ni cauce, en las que hacía tanto tiempo que braceaba.
Con una determinación que tintineaba como una cucharilla de café, y sin saber muy bien en qué consistía exactamente, quiso vestirse informal, siendo el bostezo de su armario el encargado de desbaratar semejante despropósito. Si una camisa era previsible, la otra era deprimente; si unos pantalones eran un esbozo de la indiferencia, los otros eran un tratado del tedio, y eso por no hablar de la ropa interior que aguardaba, con el corazón encogido, el turno para cumplir su horrible destino.  Hombre pragmático y cabal, decidió vestirse como siempre y depositar en los claroscuros de la noche las leves esperanzas de la informalidad.
Un estremecimiento que no se decidía a ser escalofrío lo empujó a la humedad y al cansancio de una tarde ya vencida pero con luna y estrellas. Algunos árboles andaban ya en la rabia del florecer y en general todo parecía un poco más indiferente que de costumbre.
En el prostíbulo pidió una clara y por unos instantes le pareció que el silencio escondía algunas risas. Aún no había dado el primer sorbo cuando una mano que colgaba de un perfume hiriente se le posó aleteando sobre la bragueta. Ella dijo un hola húmedo y a él se le emancipó un cacahuete, que mantenía seriamente asfixiado entre el índice y el pulgar, para instalarse con increíble pericia en el fondo de un escote alpino. Dieciocho minutos de monosílabos fueron más que suficientes para alejar al perfume hiriente y también para convocar de nuevo algunos cuchicheos sucios de risas distintas. La mala vida requiere un prólogo, se sorprendió diciendo en voz alta, y pidió otra clara que pago a precio de escocés añejo.  
Con el vaso en la mano y una sonrisa de cadalso, se acercó a un sofá en el que bostezaban tres señoras que parecían estar esperando la inminente llegada de sus vestidos. Sin creerse lo que él mismo acabada de decirles, le pareció que su pregunta quedaba colgando de las tres bocas abiertas, generosamente enmarcadas de rojo carmín.
-¿Cuánto me cobrarían por acostarme con las tres?
Pasaron unos segundos gruesos, muy parecidos a minutos, hasta que la que tenía más estudios atinó a decirle si se refería a una detrás de otra, o con las tres a la vez.
- Si a ustedes no les importa, con las tres a la vez.
La superficie de que disponen estas letras para emplazar su disparatado campamento, no permite el necesario matiz ni la imprescindible reflexión, pero para que se hagan cargo les diré lo que ustedes tal vez ya sospechan: que nada consiguió levantar Ramón Juneda a no ser algunas sospechas; que les enseñó algunas fotografías de pequeño, frente a la iglesia de su pueblo, de la mano de su madre y sujetando el palmón de Pascua, gesto que fue correspondido mostrándole ellas otras en las que aparecían con sus hijos, sobrinos, novios e incluso una en que la más bajita de las tres le hacía una felación a un primo suyo nacido en Segovia que, según le contó con gran generosidad de detalles, no era ni feo ni guapo, pero siempre olía a caramelos de eucaliptos;  que volvieron las risas, pero esta vez tiznadas con algo más de ternura, al percatarse ellas que el preservativo colgaba, como pendón de la Santa Cofradía  de las Erecciones Imposibles, de su apéndice asustado; que quedaron en algo parecido a una amistad, breve pero hermosa;  que lo despidieron en la puerta, bajo una tenue caricia de luces de neón y con los zapatones de la noche pisoteando ya las aceras. Luego, con la satisfacción del que regresa de una pequeña e inofensiva maldad, quiso callejear para saborear un poco lo incorrecto, pero el juanete no quiso colaborar. Un taxi lo llevó hasta el portal de su casa, o si lo prefieren, hasta el puerto sin mar en el que anclaba su rutina. Lo primero que hizo al entrar fue quitarse los zapatos y prepararse una manzanilla para pedirle perdón a su estomago; luego, y pesar de lo escandalizado que estaba el reloj al verse marcar las tres de la madrugada, se sentó en la mesa de la cocina, cogió un par de folios y con letra menuda escribió en uno de ellos: "La mala vida" y a continuación, esta vez todo con mayúsculas, su nombre: "RAMON JUNEDA".

jueves, 19 de marzo de 2015

¿Alguien sabe qué cosa es Lisboa? (Taller Bremen)



Que yo sepa, hasta ese día nadie había conseguido hacer aterrizar un Airbus A380 en una idea. Ni a los comandantes más experimentados se les hubiese ocurrido intentar semejante maniobra en un espacio y en unas condiciones tan extrañas y alejadas de cualquier normativa internacional

El primer indicio de que ese vuelo iba a ser distinto, y probablemente irrepetible, lo dieron las pantallas de los monitores incrustados en los asientos. Los que más pendientes estaban de la información, que suelen ser los que más miedo les produce volar, vieron, no sin cierta inquietud, que el tiempo previsto para la llegada al punto de destino, Lisboa, oscilaba sin lógica ni control alguno. De las dos horas, que era lo esperado y normal, pasaba a siete para de pronto, y sin nada que lo justificara, indicar que apenas quedaban quince minutos para el aterrizaje.

También el personal de a bordo había ido abandonando lentamente los vértices de sus miradas complacientes para mostrar, aquí y allá, tristeza, nerviosismo, cansancio y tal vez algo muy parecido a la melancolía. Incluso el cielo que enmarcaban las ventanillas dudaba entre colores imposibles y texturas improbables.

"Si me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha existido -se escuchó de pronto por los altavoces- respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera que sea".  Ni que decir tiene que en ese contexto nadie entendió a lo que se refería el mensaje, creyendo los más soñolientos que se avisaba de la llegada de algunas turbulencias y procediendo por ello a abrocharse los cinturones de seguridad. 

El inmediato acuerdo de la alarma se dio cuando a continuación, una voz pausada, como de hombre que regresa de muy lejos sin haberse molestado en partir jamás,  informó de que tarde o temprano se iniciarían las maniobras para aterrizar en distintos lugares a la vez, y que por razones técnicas no sería Lisboa, sino la idea que cada uno de los señores pasajeros tenga de Lisboa, el lugar previsto. También, añadía la voz, y en nombre del comandante Alberto Caeiro y de toda la tripulación, les agradecemos su desconfianza y les deseamos una feliz estancia en ese no lugar al que ustedes han decidido llegar.

Murmullos, voces y algunos gritos dieron la bienvenida a uno de esos instantes en que a la realidad le flaquean las rodillas. Nadie estaba de acuerdo, aunque tampoco nadie sabía a ciencia cierta sobre qué. Las azafatas correteaban por los pasillos atendiendo leves desmayos y airadas protestas, mientras el sobrecargo, guitarra en mano y con más voluntad que acierto, improvisaba un fado que, como era de prever dada la situación, casi nadie decidió escuchar. 

Sólo la clara sensación de descenso y el pronunciado giro del avión, consiguió aplacar un poco los ánimos, pudiéndose escuchar como iba en aumento el golpeteo metálico de los cierres de los cinturones y en disminución la algarabía reinante.

Sin más contratiempos ni incidentes dignos de ser mencionados, el enorme pájaro hierático, sin otro templo ni fe que le diera cobijo que su metálica soledad, consiguió aterrizar a la vez en dieciocho ciudades distintas y del todo ajenas las unas de las otras. Según lo que ha trascendido del informe que acompañaba al expediente abierto al comandante, de los ciento dieciséis pasajeros, ochenta y siete consiguieron pasar unos agradables días en una ciudad que parecía Lisboa, diecinueve no sabían decir con exactitud en que ciudad estuvieron, uno aseguró haber estado, sin coste adicional alguno, en tres ciudades distintas y de forma simultánea y sólo de nueve no se ha sabido nunca más nada, por lo que se supone que deben de andar perdidos por cualquier ciudad, tal vez Lisboa.



jueves, 5 de marzo de 2015

Los pájaros llenos de cabeza (Taller Bremen)



Como decía el imprescindible Bergamín, tengo algunas ideas liebres, y ella que se reía  con toda la felicidad que cabe en una risa y le decía que lo que él tenía era los pájaros llenos de cabeza, y luego se sentaban en cualquier sitio y jugaban un rato a maldecir y, sin apenas darse cuenta, el tiempo y las esperanzas les dejaban de joder con su insoportable canción de una sola nota.
- Malditos sean todos los linces ciegos a los que les da por gobernar.
Y él que miraba de reojo el botoncillo rojo que prometía verdades de las buenas.
- Así revienten los minutos que sólo tienen sesenta segundos.
Y ella que inventaba mariposas y las ponía a volar como si nada.
- Me cago en todos los martes que no saben reír.
Y él que hacía funambulismo en la cuerda azul de su mirada.
- Que les den por el culo a todos los que sin tener culo no paran de cagarla.
Y ella que, de haber existido, no le hubiese dejado otra salida que amarla.
Pero las cosas son como son, y en su cabeza jamás revoloteó otra cosa que no fuese el infinito cansancio de no estar cansado, ese tedio de lo correcto que no pesa ni huele, y así, claro está, sólo te pueden amar los ascensores y los lunes -no todos- de algunos meses de Febrero. 
A su favor hay que decir que de todo ello, y con el paso de los años, quiso pedir perdón pero ya no supo ni a quién ni de qué. 

Si esta mínima historia les ha parecido triste, cabe la posibilidad de que lo sea.


domingo, 1 de marzo de 2015

La historia que ustedes no sabrán (Taller Bremen)



Yo hubiese querido contarles la historia de Luis y Teresa; las manos cogidas, sin guantes, en una noche que podía haber sido un poco más fría pero no más hermosa. Me hubiese encantado explicarles que a su alrededor se esperaban las cosas que Paris dice ser, esas mentiras encantadoras que vagamente evocan lo que tal vez en otros tiempos fue. Pero el miedo a hacer el ridículo con todo lo que escribo me atenaza de tal forma que las historias, o se me caen de las manos, o hago ver que se me olvidan en cualquier lugar mucho antes de decidirme a escribirlas.
Y es una lástima, créanme, porque lo que les sucedió la noche de fin de año, hace ya mucho tiempo, cuando eran un par de jóvenes recién casados en el que era su primer -y último- viaje lejos de las calles desholladas y polvorientas de Cantarranas -que así se llama su pueblo-, sin ser nada del otro mundo, si que pincela con cierta precisión el triste paisaje en el que se confunden todas las esperanzas frustradas.
Nada les podré contar, por mi estúpida vergüenza del que dirán, de la forma en que sus ojos escudriñaban en la oscuridad ese amasijo de hierros -animal estático, casi un insulto- de la Torre Eiffel. Nada les podré decir de la emoción con que, junto con otras miles de personas, esperaban a que dieran las doce campanadas para que,  según les habían comentado en la agencia de viajes, la Torre se iluminará con luces de todos los colores en un espectáculo único y maravilloso. 
Me sabe mal que no puedan ustedes llegar a saber que sobre ese instante, sobre esa apoteosis lumínica, Luis y Teresa se habían propuesto cimentar su felicidad. Un punto de inflexión con el que pretendían dejar atrás las tardes sin apenas horizonte en las que las coordenadas del mundo las daba el futbolín del bar de Paco el tuerto  -innecesario decir que el único del pueblo-. Les doy mi palabra que he hecho todo lo posible -que para ser sincero, y tratándose de mí, no puede ser mucho- para hacer el acopio de valor necesario y narrarles como ambos se regalaron dos sonrisas tristísimas al ver que, pasados diez minutos de las doce, la Torre seguía a oscuras y sumida en la más absoluta indiferencia; para contarles como regresaron al hotel añadiendo un poco de silencio al silencio de unas calles que, sin ellos saberlo, habían llegado al consenso de ignorarlos con precisión.
Me gustaría pensar que sabrán perdonarme este absurdo pánico, ese miedo atávico e irracional, a que mis palabras me abochornen, a que tropiece en lo que escribo y caiga de bruces justo en medio de lo que ustedes leen. 
En lo que a Luis y Teresa se refiere, sólo decirles que espero que alguien se atreva a contarles que los años los fueron amueblando con los trastos del cansancio y del olvido, que jamás volvieron a celebrar el fin de año y que, sin llegar a ser nunca felices, consiguieron desvanecerse poco a poco en algo parecido a la calma y el sinsentido.  

Discúlpenme, no les digo más porque estoy temblando. 


!Qué cruz la mía, por Dios!

jueves, 29 de enero de 2015

Los suspiros del hipopótamo (Taller Bremen)



No era la primera vez que le daba una segunda oportunidad; en realidad era la tercera y eso sin tener en cuenta otra que le había dado hacía un par de meses y que decidí no numerarla. Ni que decir tiene que al principio, en ese cielo de sobremesa, revoloteaban todas las esperanzas como golondrinas esnifadas, y  que los primeros versos se me presentaban recién duchados y con la carita de inolvidables: 

Hay mariposas locuaces 
posadas en el mar; 
hay colibrís que opinan 
que falta cielo en cada flor.

Me confié, quise creerle -tal vez por cansancio o porque el invierno venía largo- y le dejé meterse entre las sábanas de lo que escribo. Pasaron los días, algunos de ellos incluso con sus tardes,  y el arrebato de lo reciente se esforzaba en ocultar cualquier mal presagio. Sobre la mesa, entre un desbarajuste de papeles, iban apareciendo las palabras que yo esperaba ilusionado: 

Hay sirenas inquietas 
por un clamor de sardinas; 
hay leones que padecen 
de alopecia irreversible. 

Recuerdo que el espejo me mentía con piadosas verdades: ¡soy poeta, soy poema! y mi cepillo de dientes, como el arco de un higiénico violín, salpicaba el aire de alegre música. Pero es sabido que las sombras nada saben de educación ni modales, y que se suelen presentar, sin previo aviso y con los zapatos embarrados, para ensuciar  todas las cuartillas: 

Hay elefantes que sueñan 
con posarse en una rama; 
hay cebras que recitan 
línea a línea su poema. 

Se acabó de pronto la altura; ya no quedaba nada parecido a una cima que alcanzar; lo que se hacía llamar montaña apenas era digno de nombrarse montículo. Como era de prever, durante algún tiempo se instaló en casa el disimulo, también me visitaron las suspicacias y algunas acusaciones; los dos bailamos sin ganas la patética danza de las reconciliaciones: 

Hay hipopótamos que suspiran 
por un beso de gacela; 
hay mulas deprimidas 
por su excéntrico linaje; 
hay enormes osos blancos 
en cualquier congelador. 

Vanos esfuerzos por mantener con vida lo que a todas luces ya era un cuerpo insepulto. Nos dejamos no sin antes regalarnos, a modo de despedida, una sonrisa que quiso ser hermosa. Luego volvieron los huecos y las burlas de las horas sin nada, el bofetón de la página en blanco, el invierno cobijándose en las manos, los innumerables lunes enquistados en cualquier viernes, la espesa música sin notas ni silencios, sin baile. Fue justo un poco antes de que la bestia del olvido le diera su última y más feroz dentellada que encontré la nota en que, con letra menuda y clara, se podía leer: 
- ¿Crees que merezco una cuarta sin quinta ni sexta oportunidad?
Nací fácil y crecí absurdo, siendo muchas las noches que crucé decididamente idiota, por lo que le dije que sí. Se presentó vestido de domingo,  con un gran ramo de rosas color perdón y escrita, en un papel azul, su muy particular idea de un final feliz: 

Y luego están también los bosques,
y el desierto,
y las hormigas, 
y mi nombre,
y otras muchas ficciones 
que fatigan día a día
la sustancia de la nada.

De todo esto han pasado ya algunos meses y, afortunadamente, muy pronto vino la risa a socorrernos. Con el rodar cuesta abajo del tiempo hemos aprendido a querernos precisamente por fallidos e incompletos, a respetarnos por errados, a perdonarnos por el reiterado incumplimiento de todas nuestras segundas oportunidades. Con el paso del tiempo hemos aprendido, mi poema y yo, a desaprendernos eficaz y felizmente.


jueves, 15 de enero de 2015

Conversaciones improbables (Taller Bremen)



WOODY ALLEN.  Fíjense, no hay más que mirarlo para constatar que ese hombre es como un toro muleta en una plaza sin nadie.

SCHOPENHAUER. No entiendo absolutamente nada de toros, pero si de representaciones y lo que pueden hacer con ellas las voluntades. Es evidente que ese pobre diablo anda en busca de su idea de la felicidad y pone en ello todas sus confusas energías.

WOODY ALLEN. A los toros, mi querido Messi del razonamiento tristón, se les suele relacionar con el toreo, que es una actividad que consiste en matar sin prisas a esos pobres animales astados, mientras que otros animales, algunos también profusamente revestidos de cuernos, abuchean, aplauden o zarandean pañuelos según la habilidad mostrada por el personaje encargado del asunto, vulgarmente conocido como torero. 

KANT. Permítanme que discrepe. La felicidad no es una idea ni una representación, como tampoco lo son las coles. Ese hombre gira despacio la cerradura a las tres de la madrugada para que no le oigan llegar de su infructuosa búsqueda de la "cosa" felicidad. Existir existe, pero es evidente que el muy imbécil no sabe dónde encontrarla.

WOODY ALLEN. Tal vez no la ha encontrado, pero por la cara que trae yo juraría que ha podido hablar un rato con ella. 

SCHOPENHAUER. Es ese empeño, esa tozudez en perseguir sombras la que mueve el mundo. Si a ese cretino le diera por pedalear, cruzaría el Universo y seguiría un poco más allá. No es infiel, sino mortalmente inquieto.

WOODY ALLEN. Permítanme aconsejarles que pierdan ustedes un poco de altura. Situemos de nuevo al personaje en cuestión en un contexto más entrañable, más próximo, es decir, reptando como una babosa por el pasillo para no ser oído, con los zapatos en la mano y un aliento a carmín y ginebra barata que descorazonaría a Dios si le diera por existir. Prosigan.

SCHOPENHAUER- Es evidente que ese hombre es todos los hombres, y que de su infinita variedad de representaciones nacen la desesperanza y sus correspondientes horrores.

KANT. Eso es creer a un ciego cuando afirma que el sol no existe; confundir la torpeza con la nada, el no encontrar con el no hay. 

SCHOPENHAUER. Eso es ser honesto y admitir la derrota; casi una forma de salir victorioso de este despropósito. Por lo demás, es sabido que la historia de este absurdo teatro  llamado humanidad está repleta de personajes que regresan de madrugada a casa después de escenificar la patética obra que propiciará de nuevo el   burdo engaño. Pésimos actores, sucios de culpa, masticando excusas y justificaciones, y anhelando la ducha caliente de una redención que confían les aliviará de la insolencia de ese horrible perfume con olor a fracaso. 

KANT. Insisto en que nuestra noche da acogida a la verdad, lo que sucede es que al no saber encontrarla, nos emborrachamos y nos confundimos, nos tambaleamos y al final amanecemos en algún callejón pestilente.

SCHOPENHAUER. Ignora, o se fuerza usted en olvidar, que no anhelamos una cosa porque sea buena, sino que nos parece buena porque la anhelamos. Ese hombre utiliza al inquilino de su bragueta para mentirse, y lo cierto es que cualquier anhelo es una burla provocada por la representación de algo inexistente.

WOODY ALLEN. Ni que decir tiene que ustedes dos son los amigos perfectos para aliviar una indigestión. Uno con el no se puede porque no hay, y el otro con el no se puede porque no se sabe, empujarían al suicidio, de no ser porque ya está muerto, al mismísimo Nelson Mandela.

SCHOPENHAUER. Usted hace broma porque tiene miedo; admítalo.

WOODY ALLEN. Y ustedes hacen miedo porque apenas tienen broma; reconózcanlo. Si toda vida humana oscila entre el dolor y el aburrimiento, yo intento paliar lo segundo para hacer más llevadero lo primero, mientras que ustedes escarban en la herida para que no haya forma de olvidarlos, ni a ustedes ni a la tenaz herida.

KANT. Señores, un poco de calma por favor. Bajen la voz que nuestro cretino infiel parece que ya duerme plácidamente. Por esta vez mi "cosa en sí" tendrá que esperar, como también tendrán que hacerlo sus "voluntades" y "representaciones", así como cualquier cosa que guarde algún parecido con su sentido del humor hipocondriaco. 

WOODY ALLEN. Por cierto, me gustaría advertirles, por si la altura de sus vuelos  no les ha permitido percatarse de ello, que ese hombre que ha propiciado esta improbable conversación vive solo desde hace más de treinta años, y que por lo tanto estamos ante un caso de infidelidad absolutamente creativa y genial. Si han prestado la debida atención, lo habrán visto tomar todas las precauciones del mundo para no sorprenderse a si mismo en su autoengaño; entrar de puntillas en su casa para no despertarse; mentirse con descaro cuando ya en la cama, completamente solo y al preguntarse de donde vienes, se ha contestado, con voz trémula, de una reunión de trabajo para luego murmurar, muy flojito y justo antes de dormirse, un "no te creo".

SCHOPENHAUER. Pura representación.


KANT. Un "idiota en sí".