jueves, 19 de marzo de 2015

¿Alguien sabe qué cosa es Lisboa? (Taller Bremen)



Que yo sepa, hasta ese día nadie había conseguido hacer aterrizar un Airbus A380 en una idea. Ni a los comandantes más experimentados se les hubiese ocurrido intentar semejante maniobra en un espacio y en unas condiciones tan extrañas y alejadas de cualquier normativa internacional

El primer indicio de que ese vuelo iba a ser distinto, y probablemente irrepetible, lo dieron las pantallas de los monitores incrustados en los asientos. Los que más pendientes estaban de la información, que suelen ser los que más miedo les produce volar, vieron, no sin cierta inquietud, que el tiempo previsto para la llegada al punto de destino, Lisboa, oscilaba sin lógica ni control alguno. De las dos horas, que era lo esperado y normal, pasaba a siete para de pronto, y sin nada que lo justificara, indicar que apenas quedaban quince minutos para el aterrizaje.

También el personal de a bordo había ido abandonando lentamente los vértices de sus miradas complacientes para mostrar, aquí y allá, tristeza, nerviosismo, cansancio y tal vez algo muy parecido a la melancolía. Incluso el cielo que enmarcaban las ventanillas dudaba entre colores imposibles y texturas improbables.

"Si me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha existido -se escuchó de pronto por los altavoces- respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera que sea".  Ni que decir tiene que en ese contexto nadie entendió a lo que se refería el mensaje, creyendo los más soñolientos que se avisaba de la llegada de algunas turbulencias y procediendo por ello a abrocharse los cinturones de seguridad. 

El inmediato acuerdo de la alarma se dio cuando a continuación, una voz pausada, como de hombre que regresa de muy lejos sin haberse molestado en partir jamás,  informó de que tarde o temprano se iniciarían las maniobras para aterrizar en distintos lugares a la vez, y que por razones técnicas no sería Lisboa, sino la idea que cada uno de los señores pasajeros tenga de Lisboa, el lugar previsto. También, añadía la voz, y en nombre del comandante Alberto Caeiro y de toda la tripulación, les agradecemos su desconfianza y les deseamos una feliz estancia en ese no lugar al que ustedes han decidido llegar.

Murmullos, voces y algunos gritos dieron la bienvenida a uno de esos instantes en que a la realidad le flaquean las rodillas. Nadie estaba de acuerdo, aunque tampoco nadie sabía a ciencia cierta sobre qué. Las azafatas correteaban por los pasillos atendiendo leves desmayos y airadas protestas, mientras el sobrecargo, guitarra en mano y con más voluntad que acierto, improvisaba un fado que, como era de prever dada la situación, casi nadie decidió escuchar. 

Sólo la clara sensación de descenso y el pronunciado giro del avión, consiguió aplacar un poco los ánimos, pudiéndose escuchar como iba en aumento el golpeteo metálico de los cierres de los cinturones y en disminución la algarabía reinante.

Sin más contratiempos ni incidentes dignos de ser mencionados, el enorme pájaro hierático, sin otro templo ni fe que le diera cobijo que su metálica soledad, consiguió aterrizar a la vez en dieciocho ciudades distintas y del todo ajenas las unas de las otras. Según lo que ha trascendido del informe que acompañaba al expediente abierto al comandante, de los ciento dieciséis pasajeros, ochenta y siete consiguieron pasar unos agradables días en una ciudad que parecía Lisboa, diecinueve no sabían decir con exactitud en que ciudad estuvieron, uno aseguró haber estado, sin coste adicional alguno, en tres ciudades distintas y de forma simultánea y sólo de nueve no se ha sabido nunca más nada, por lo que se supone que deben de andar perdidos por cualquier ciudad, tal vez Lisboa.



jueves, 5 de marzo de 2015

Los pájaros llenos de cabeza (Taller Bremen)



Como decía el imprescindible Bergamín, tengo algunas ideas liebres, y ella que se reía  con toda la felicidad que cabe en una risa y le decía que lo que él tenía era los pájaros llenos de cabeza, y luego se sentaban en cualquier sitio y jugaban un rato a maldecir y, sin apenas darse cuenta, el tiempo y las esperanzas les dejaban de joder con su insoportable canción de una sola nota.
- Malditos sean todos los linces ciegos a los que les da por gobernar.
Y él que miraba de reojo el botoncillo rojo que prometía verdades de las buenas.
- Así revienten los minutos que sólo tienen sesenta segundos.
Y ella que inventaba mariposas y las ponía a volar como si nada.
- Me cago en todos los martes que no saben reír.
Y él que hacía funambulismo en la cuerda azul de su mirada.
- Que les den por el culo a todos los que sin tener culo no paran de cagarla.
Y ella que, de haber existido, no le hubiese dejado otra salida que amarla.
Pero las cosas son como son, y en su cabeza jamás revoloteó otra cosa que no fuese el infinito cansancio de no estar cansado, ese tedio de lo correcto que no pesa ni huele, y así, claro está, sólo te pueden amar los ascensores y los lunes -no todos- de algunos meses de Febrero. 
A su favor hay que decir que de todo ello, y con el paso de los años, quiso pedir perdón pero ya no supo ni a quién ni de qué. 

Si esta mínima historia les ha parecido triste, cabe la posibilidad de que lo sea.


domingo, 1 de marzo de 2015

La historia que ustedes no sabrán (Taller Bremen)



Yo hubiese querido contarles la historia de Luis y Teresa; las manos cogidas, sin guantes, en una noche que podía haber sido un poco más fría pero no más hermosa. Me hubiese encantado explicarles que a su alrededor se esperaban las cosas que Paris dice ser, esas mentiras encantadoras que vagamente evocan lo que tal vez en otros tiempos fue. Pero el miedo a hacer el ridículo con todo lo que escribo me atenaza de tal forma que las historias, o se me caen de las manos, o hago ver que se me olvidan en cualquier lugar mucho antes de decidirme a escribirlas.
Y es una lástima, créanme, porque lo que les sucedió la noche de fin de año, hace ya mucho tiempo, cuando eran un par de jóvenes recién casados en el que era su primer -y último- viaje lejos de las calles desholladas y polvorientas de Cantarranas -que así se llama su pueblo-, sin ser nada del otro mundo, si que pincela con cierta precisión el triste paisaje en el que se confunden todas las esperanzas frustradas.
Nada les podré contar, por mi estúpida vergüenza del que dirán, de la forma en que sus ojos escudriñaban en la oscuridad ese amasijo de hierros -animal estático, casi un insulto- de la Torre Eiffel. Nada les podré decir de la emoción con que, junto con otras miles de personas, esperaban a que dieran las doce campanadas para que,  según les habían comentado en la agencia de viajes, la Torre se iluminará con luces de todos los colores en un espectáculo único y maravilloso. 
Me sabe mal que no puedan ustedes llegar a saber que sobre ese instante, sobre esa apoteosis lumínica, Luis y Teresa se habían propuesto cimentar su felicidad. Un punto de inflexión con el que pretendían dejar atrás las tardes sin apenas horizonte en las que las coordenadas del mundo las daba el futbolín del bar de Paco el tuerto  -innecesario decir que el único del pueblo-. Les doy mi palabra que he hecho todo lo posible -que para ser sincero, y tratándose de mí, no puede ser mucho- para hacer el acopio de valor necesario y narrarles como ambos se regalaron dos sonrisas tristísimas al ver que, pasados diez minutos de las doce, la Torre seguía a oscuras y sumida en la más absoluta indiferencia; para contarles como regresaron al hotel añadiendo un poco de silencio al silencio de unas calles que, sin ellos saberlo, habían llegado al consenso de ignorarlos con precisión.
Me gustaría pensar que sabrán perdonarme este absurdo pánico, ese miedo atávico e irracional, a que mis palabras me abochornen, a que tropiece en lo que escribo y caiga de bruces justo en medio de lo que ustedes leen. 
En lo que a Luis y Teresa se refiere, sólo decirles que espero que alguien se atreva a contarles que los años los fueron amueblando con los trastos del cansancio y del olvido, que jamás volvieron a celebrar el fin de año y que, sin llegar a ser nunca felices, consiguieron desvanecerse poco a poco en algo parecido a la calma y el sinsentido.  

Discúlpenme, no les digo más porque estoy temblando. 


!Qué cruz la mía, por Dios!