domingo, 1 de marzo de 2015

La historia que ustedes no sabrán (Taller Bremen)



Yo hubiese querido contarles la historia de Luis y Teresa; las manos cogidas, sin guantes, en una noche que podía haber sido un poco más fría pero no más hermosa. Me hubiese encantado explicarles que a su alrededor se esperaban las cosas que Paris dice ser, esas mentiras encantadoras que vagamente evocan lo que tal vez en otros tiempos fue. Pero el miedo a hacer el ridículo con todo lo que escribo me atenaza de tal forma que las historias, o se me caen de las manos, o hago ver que se me olvidan en cualquier lugar mucho antes de decidirme a escribirlas.
Y es una lástima, créanme, porque lo que les sucedió la noche de fin de año, hace ya mucho tiempo, cuando eran un par de jóvenes recién casados en el que era su primer -y último- viaje lejos de las calles desholladas y polvorientas de Cantarranas -que así se llama su pueblo-, sin ser nada del otro mundo, si que pincela con cierta precisión el triste paisaje en el que se confunden todas las esperanzas frustradas.
Nada les podré contar, por mi estúpida vergüenza del que dirán, de la forma en que sus ojos escudriñaban en la oscuridad ese amasijo de hierros -animal estático, casi un insulto- de la Torre Eiffel. Nada les podré decir de la emoción con que, junto con otras miles de personas, esperaban a que dieran las doce campanadas para que,  según les habían comentado en la agencia de viajes, la Torre se iluminará con luces de todos los colores en un espectáculo único y maravilloso. 
Me sabe mal que no puedan ustedes llegar a saber que sobre ese instante, sobre esa apoteosis lumínica, Luis y Teresa se habían propuesto cimentar su felicidad. Un punto de inflexión con el que pretendían dejar atrás las tardes sin apenas horizonte en las que las coordenadas del mundo las daba el futbolín del bar de Paco el tuerto  -innecesario decir que el único del pueblo-. Les doy mi palabra que he hecho todo lo posible -que para ser sincero, y tratándose de mí, no puede ser mucho- para hacer el acopio de valor necesario y narrarles como ambos se regalaron dos sonrisas tristísimas al ver que, pasados diez minutos de las doce, la Torre seguía a oscuras y sumida en la más absoluta indiferencia; para contarles como regresaron al hotel añadiendo un poco de silencio al silencio de unas calles que, sin ellos saberlo, habían llegado al consenso de ignorarlos con precisión.
Me gustaría pensar que sabrán perdonarme este absurdo pánico, ese miedo atávico e irracional, a que mis palabras me abochornen, a que tropiece en lo que escribo y caiga de bruces justo en medio de lo que ustedes leen. 
En lo que a Luis y Teresa se refiere, sólo decirles que espero que alguien se atreva a contarles que los años los fueron amueblando con los trastos del cansancio y del olvido, que jamás volvieron a celebrar el fin de año y que, sin llegar a ser nunca felices, consiguieron desvanecerse poco a poco en algo parecido a la calma y el sinsentido.  

Discúlpenme, no les digo más porque estoy temblando. 


!Qué cruz la mía, por Dios!

6 comentarios:

Isabel dijo...

Es estupendo, por el modo que cuentas "sin contar", por la tensión que creas y por lo bien que vas dando ese paso a paso para llegar al final, y, cómo no regarlo con ese sentido tuyo del humor tan necesario.
Abrazos.

yo dijo...

Esta si es triste a mi parecer. Pero tienes una forma de contar, y como bien te han comentado, ese "especial" sentido del humor que...

yo dijo...

Tengo que averiguar por qué aparecen mis comentarios como "yo"... Hecho que demuestra lo poco que entiendo de estos lugares virtuales

Josep Vilaplana dijo...

Hola Yo….(parece le saludo de alguien un poco egocéntrico). La tristeza y yo, como bien sabe mi querida amiga Isabel, somo viejos amantes, o si se prefiere, amigos de toda la vida con derecho a roce. Yo la tengo en gran estima y si se mezcla convenientemente con su primo hermano, el sentido del humor, creo que hace la vida un poco más digerible. Si te ha gustado, yo contento como castañuelas en sábado por la noche.

Josep Vilaplana dijo...

Hay Isabel!!!! eres algo parecido a la crítica literaria que todos los escritores desearían tener. Efectivamente, el juego que me propuse era ese contar sin contar, dado que el tema propuesto por los amigos del taller literario era el miedo a hacer el ridículo, pensé que podría servir.
En fin, que gracias por estar y un beso.

yo dijo...

Hola.

A ver, no habiendo podido aún averiguar por qué sigo siendo solamente "Yo", cuando aparte de serlo, obviamente, también y sobre todo soy persona con nombre, apellidos, e incluso sobrenonbre... creo que conviene aclarar.

Soy Rafaela García Hernández, o... Fali Hernández, o simplemente Rafi, tanto me da.

Solo quiero saber por qué ese egocéntrico "Yo" aparece por doquier. Ser yo, lo soy, pero desde luego nunca ese "Yo" con mayúsculas, a menos, claro está, que sea por las obligadas exigencias gramaticales.

Algún día lo descubriré,

Un abrazo