jueves, 9 de abril de 2015

La breve mala vida de Ramón Juneda -Taller Bremen-



Para tutear a la mala vida, para afianzarse en ella, no hay más secreto que la práctica y el tesón. Con ese firme convencimiento se ponía despacio los calcetines Ramón Juneda, al tiempo que activaba, de forma espontánea, los recursos necesarios para minimizar la tristeza, breve pero punzante, que le producía el rotundo agujero en uno de ellos. Ese dedo que ahora le miraba a los  ojos -pensó sin pensar- era una sinopsis precisa de su vida, el corre ve y dile de un mensaje, el suyo, sin remitente conocido. Pero no era momento de dejarse caer en esos precipicios bajitos, en esos abatimientos de pitimini; la decisión estaba tomada, y eso que a Ramón Juneda decidir cualquier cosa le solía provocar generosas flatulencias y no menos vigorosas diarreas. 
Un fin de semana crápula, el primero y probablemente el último de su vida, para poder encarar con precisión y conocimiento de causa el texto que, desde el Taller de Escritura en el que participaba desde hacía algún tiempo, les habían propuesto.
La mala vida, ese era el tema sobre el tenía que girar su escrito, en contraposición -pensaba él- no a la buena vida, sino a esas aguas sin orilla ni cielo, sin peces ni puentes,  sin fondo ni cauce, en las que hacía tanto tiempo que braceaba.
Con una determinación que tintineaba como una cucharilla de café, y sin saber muy bien en qué consistía exactamente, quiso vestirse informal, siendo el bostezo de su armario el encargado de desbaratar semejante despropósito. Si una camisa era previsible, la otra era deprimente; si unos pantalones eran un esbozo de la indiferencia, los otros eran un tratado del tedio, y eso por no hablar de la ropa interior que aguardaba, con el corazón encogido, el turno para cumplir su horrible destino.  Hombre pragmático y cabal, decidió vestirse como siempre y depositar en los claroscuros de la noche las leves esperanzas de la informalidad.
Un estremecimiento que no se decidía a ser escalofrío lo empujó a la humedad y al cansancio de una tarde ya vencida pero con luna y estrellas. Algunos árboles andaban ya en la rabia del florecer y en general todo parecía un poco más indiferente que de costumbre.
En el prostíbulo pidió una clara y por unos instantes le pareció que el silencio escondía algunas risas. Aún no había dado el primer sorbo cuando una mano que colgaba de un perfume hiriente se le posó aleteando sobre la bragueta. Ella dijo un hola húmedo y a él se le emancipó un cacahuete, que mantenía seriamente asfixiado entre el índice y el pulgar, para instalarse con increíble pericia en el fondo de un escote alpino. Dieciocho minutos de monosílabos fueron más que suficientes para alejar al perfume hiriente y también para convocar de nuevo algunos cuchicheos sucios de risas distintas. La mala vida requiere un prólogo, se sorprendió diciendo en voz alta, y pidió otra clara que pago a precio de escocés añejo.  
Con el vaso en la mano y una sonrisa de cadalso, se acercó a un sofá en el que bostezaban tres señoras que parecían estar esperando la inminente llegada de sus vestidos. Sin creerse lo que él mismo acabada de decirles, le pareció que su pregunta quedaba colgando de las tres bocas abiertas, generosamente enmarcadas de rojo carmín.
-¿Cuánto me cobrarían por acostarme con las tres?
Pasaron unos segundos gruesos, muy parecidos a minutos, hasta que la que tenía más estudios atinó a decirle si se refería a una detrás de otra, o con las tres a la vez.
- Si a ustedes no les importa, con las tres a la vez.
La superficie de que disponen estas letras para emplazar su disparatado campamento, no permite el necesario matiz ni la imprescindible reflexión, pero para que se hagan cargo les diré lo que ustedes tal vez ya sospechan: que nada consiguió levantar Ramón Juneda a no ser algunas sospechas; que les enseñó algunas fotografías de pequeño, frente a la iglesia de su pueblo, de la mano de su madre y sujetando el palmón de Pascua, gesto que fue correspondido mostrándole ellas otras en las que aparecían con sus hijos, sobrinos, novios e incluso una en que la más bajita de las tres le hacía una felación a un primo suyo nacido en Segovia que, según le contó con gran generosidad de detalles, no era ni feo ni guapo, pero siempre olía a caramelos de eucaliptos;  que volvieron las risas, pero esta vez tiznadas con algo más de ternura, al percatarse ellas que el preservativo colgaba, como pendón de la Santa Cofradía  de las Erecciones Imposibles, de su apéndice asustado; que quedaron en algo parecido a una amistad, breve pero hermosa;  que lo despidieron en la puerta, bajo una tenue caricia de luces de neón y con los zapatones de la noche pisoteando ya las aceras. Luego, con la satisfacción del que regresa de una pequeña e inofensiva maldad, quiso callejear para saborear un poco lo incorrecto, pero el juanete no quiso colaborar. Un taxi lo llevó hasta el portal de su casa, o si lo prefieren, hasta el puerto sin mar en el que anclaba su rutina. Lo primero que hizo al entrar fue quitarse los zapatos y prepararse una manzanilla para pedirle perdón a su estomago; luego, y pesar de lo escandalizado que estaba el reloj al verse marcar las tres de la madrugada, se sentó en la mesa de la cocina, cogió un par de folios y con letra menuda escribió en uno de ellos: "La mala vida" y a continuación, esta vez todo con mayúsculas, su nombre: "RAMON JUNEDA".