viernes, 15 de mayo de 2015

Apenas corría el aire -Taller Bremen-



El jurado popular estaba compuesto por siete hombres y dos mujeres. De todos ellos, sólo a tres hombres y a una mujer les faltaba bien poco para ser buenos y algo más para ser razonables, muy al contrario de los otros cinco miembros que carecían por completo de ambas virtudes. Frente a ellos, sentado al lado de su abogado defensor, estaba Hipólito mirando el suelo sin ver nada -si en ese momento le hubiese dado por levantar la cabeza, habría visto al Juez  observando el techo de la sala  y viendo exactamente lo mismo que él-. Las acusaciones eran muy graves y nadie albergaba la más mínima esperanza de que el veredicto fuera favorable. En la tercera fila una mujer lloraba por encima de un murmullo que manchaba el momento de distintas maldades. El desconsuelo provenía de la mujer de Hipólito, que se sabía tan perdida como sus tres hijos con mocos crónicos a los que, previsiblemente, ningún futuro se molestaría lo más mínimo en darles acogida.
El martillazo desganado del Juez, que por un momento había abandonado el techo para ubicar discretamente la mirada en las piernas cruzadas de Rosario, la hermosa ujier por la que suspiraba casi todo el Juzgado de Instrucción Número Tres, dio paso a una letanía protocolaria en la que se informaba, al poco respetable público asistente, de que el jurado se retiraba a deliberar durante treinta minutos y que no estaba permitido comer ni beber en la sala.
Algunas toses, un par de risas del todo improcedentes y el crujir de los bancos al ser liberados momentáneamente de su ingrato destino, configuraron la banda sonora de la distensión.
Como suele suceder, en los corros de la espera la gente se esmeraba en la malicia, al tiempo que perfeccionaba sus mejores crueldades. Acicalados buitres volando en círculos sobre el inminente cadáver del pobre Hipólito, que empecinado en su particular forma de no estar, seguía mirando atentamente el suelo.
Quién hubiese dicho, cuarenta años atrás, que ese niño que fue rubio y ahora era un hombre incoloro y calvo, que esa saludable y encantadora criatura que correteaba de aquí para allá entre sencillas alegrías, acabaría cometiendo el horrible acto por el que se le estaba juzgando. Ni la más atenta y perspicaz de las personas que le habían conocido hubiese sido capaz de prever lo que ese hombre haría con increíble premeditación y constancia. En fin, sigo con el relato de lo que sucedió y dejo para peor ocasión las innecesarias incursiones en el feliz pasado de ese pobre infeliz.
Justo cuando sonaba la alarma en el móvil del fiscal para avisarle de que era la hora del colirio para el orzuelo, se abrieron las puertas del salón donde habían estado deliberando los que sin ser buenos, tampoco eran razonables. No fue necesario disfrutar de una inteligencia múltiple para constatar cómo en los ojos de casi todos ya se leía la condena; tampoco se necesitaron estudios universitarios  para percibir el peculiar brillo que suele acompañar la mirada de los que chapotean gustosos en el lodazal del bien y de la verdad. Todos se sentaron al unísono, todos menos un hombre de labios gruesos, orejas de soplillo y seriamente alejado de cualquier belleza conocida, que se quedó de pie con un sobre en una mano y nada en la otra.
Otro martillazo, tan desganado como el anterior, antecedió a las palabras necesarias para ordenar al acusado que se pusiera en pie. Por fin el silencio se hizo un hueco entre el remolino de comadrejas y se dejó escuchar. El portavoz carraspeó y procedió a la apertura del sobre que sostenía en la mano en la que había algo -si recuerdan, en la otra no había nada-. La lectura se resintió del no saber leer, aunque fue suficiente para que se supiera lo que nadie ponía en duda.
- El Jurado Popular aquí reunido considera al acusado, Sr. Hipólito Expósito Explícito, culpable de los siguientes delitos: Glusoca basal 124 mgr; Trigliceridos 193 mgr -aquí los labios gruesos se aquietaron por un instante para enfatizar el horror del más grave de todos ellos - y Colesterol LDL 189 mgr.  
- Leída la sentencia -apuntilló el Juez como resucitado de pronto de una muerte sin importancia- se condena al acusado a una dieta perpetua en la que se verá privado de cualquier tipo de grasas, azúcares, sean estos refinados o no, excitantes de cualquier tipo y bebidas alcohólicas que contengan alcohol, aunque sólo sea un poco.
De nuevo alzaron el vuelo, en forma de murmullo, los sucios pájaros que hasta ese momento picoteaban el frágil silencio. De nuevo la mujer de Hipólito lloró sobre su propio llanto. De nuevo Hipólito Expósito Explícito perdió sin ni siquiera saber en qué consistía el juego.

Es probable que nadie lo percibiera, pero al salir desordenados a la tarde de Julio ya no era verano, sino algo muy parecido a una tristeza en la que hacía calor y apenas corría el aire.

10 comentarios:

Fali Hernández dijo...

Jajajajaja...(perdón) ¡Pobre hombre!
Eres genial Josep.

Noite de luna dijo...

Me he ido enganchando a tu relato, bastante preocupada por la sentencia de un jurado popular
(Una vez, en el pueblo, fui jurado de un concurso de disfraces y lo pasé fatal)por si la decisión a tomar iba ser o no la correcta y he acabado con una carcajada a todo trapo.

Me encantan tus relatos. La mayoría de las veces dejas hueco a una sonrisa.

Josep Vilaplana dijo...

Ese pobre hombre, con el que me siento íntimamente hermanado, se le tendría que santificar, y así todos los que desobedecemos, ni que sea un poco, los parámetros de las analíticas, tendríamos por fin un santo patrón.
Si te ha gustado, Fali, yo más que contento.

Josep Vilaplana dijo...

Creo que en eso de los jurados, y probablemente en muchas otras cosas, nos parecemos bastante. Tener que juzgar a alguien, ni que sea en un concurso de lanzamientos de prótesis dentales, me pondría malito del todo. En lo del "hueco a una sonrisa", creo que el humor, junto con la ternura, son los dos mejores aciertos del diseñador de esta cosa llamada vida, por lo que intento, en todo lo que soy y hago, incluir ambos ingredientes.

Un abrazo encantado….

NáN dijo...

Buenos días, Maestro.

No es este el sitio adecuado para extenderme.

Noite de luna dijo...

Para Nán:

¿Por qué?

Me encantaría saber tu opinión del relato...

NáN dijo...

Ya, Noite, pero es que los del Bremen tenemos un blog privado donde arreglamos las cuentas. Por eso no comento nunca los relatos de Josep, porque lo hago por extenso en otro sitio.

¿Mi opinión? Como siempre, Josep tiene una fuerza poética, de alta tensión eléctrica, que nos da algo que nos falta.

Bendito sea.

Noite de luna dijo...

Ah, perdón, no lo sabía. Me pareció extraño tu comentario y ante la duda me gusta preguntar. Debe ser el frío exterior de su tierra lo que le produce ese calor interno a la hora de escribir

Un abrazo reflexivo

Josep Vilaplana dijo...

Querida Noite,

Ese blog del que habla Nán es, entre otras cosas, un lugar de apendizaje; un fuegecillo para combatir cualquier tipo de frío por muy insolente que se ponga; un buen empujón para que caigamos en la piscina del decir; unas amistades que les da por escribir se escribiendo; un corazoncillo que late en ese pecho hecho de bioigrafías y que responde al nombre de Malasaña. También es otras cosas, pero las dejo para contártelas otro día.

Abrazos y besos irreflexivos y grandotes para los dos.

Josep Vilaplana dijo...

…súbito maestro en alegría al saberte, querido amigo.

….buenos y suaves días.