domingo, 31 de mayo de 2015

Por favor sonrían -Taller Bremen-


Espero que me sabrán disculpar las molestias que les pueda provocar el atender un rato a quien no existe. Aquí me tienen, debajo de esta mesa sin ser nadie y sin saber tampoco cómo llegué a convertirme en esta extraña conciencia sin caries ni uñeros; aquí estoy, ignorando por completo qué fue lo que sucedió para que me quedara atrapado en esta forma de sentir sin nada tangible que le diera cabida. Dada la situación, entenderán que poca cosa les puedo decir de mí, en realidad nada. Apenas matizar que no soy un escarabajo ni un sueño, tampoco una idea para un cuento; que no tengo ni ojos ni oídos -aunque les oigo y les veo- y que tampoco soy Dios, o por lo menos eso creo. No me afeito pero puedo explicarles lo que es la barba; nadie se aburre en mí, pero sé perfectamente lo que es el aburrimiento; ni que me lo proponga puedo hacer ningún ruido, pero aprecio el repiqueteo de la lluvia en los cristales. De igual forma, si alguno de ustedes se empecinara en saber el porqué estoy debajo de esta mesa, pues lo cierto es que no sabría qué contestarle. A veces, sólo para consolarme un poco, me da por pensar que mi extraña situación no difiere en exceso de la de todos, a no ser por el hecho de que en mi peculiar carrera hacia la nada les he tomado a todos ustedes algunos metros de ventaja. Por lo demás, reconozco que aquí debajo las cosas suceden distinto, pero igualmente suceden. Sin ir más lejos, hace un rato pude escuchar como alguien decía que el sábado estaban invitados a la comunión de Mari Cruz, a lo que otra voz, un poco más gruesa, se afanaba en contestarle que estaba hasta los cojones de las comuniones. Luego, durante un buen rato, nadie dijo nada hasta que la voz más bajita de las dos pidió que les trajeran la cuenta. 
La mesa sobre la cual suceden estas cosas tiene cuatro patas -hasta aquí no cabe sorpresa alguna- y cada una de ellas está pintada de un color distinto -eso ya es un poco más sorprendente-. Alrededor hay otras mesas, todas con sus patas de colores, y en una de ellas, justo en este instante, un pie ha abandonado su zapato, como si de un barco zozobrando se tratara, para subir y bajar por unas piernas que se dejan hacer tan quietas como todas estas patas de colores. No puedo escuchar lo que dicen, pero juraría que no están hablando de la comunión de Mari Cruz, ni de ninguna otra comunión. Casi seguro que todo lo que se dicen les parece inédito, sorprendente, como un sol recién puesto; es más que probable que nunca se les haya ocurrido pensar la posibilidad de estar debajo de una mesa sin ser nada.
Tampoco a los cuatro idiotas que se acaban de sentar, los mismos que cada tarde, entre risotadas y cervezas, vienen a ignorar de todo un poco en voz alta, se les habrá pasado nunca por las respectivas cabezas esa posibilidad. Hablan como si fueran reales y el mundo los conociera. Alejados de cualquier sentir, estas elegantes amebas con calcetines de ejecutivo tienen de lo que yo carezco y carecen de lo que yo tengo, por lo que no es un despropósito considerarlos tan extraños como yo. 
Ya me imagino que a estas alturas de este contar por contar, a los más inquietos, a todos aquellos que no permiten que un árbol sea otra cosa que un árbol y que confían plenamente en los espejos considerándolos gente de su total confianza, les estará mordiendo los tobillos el perro de lo inverosímil. Puedo escuchar perfectamente su queja, vestida con los harapos de la burla y el escepticismo: 

-¿Quién demonios relata todas estas nimiedades, y cómo puede contármelas si su decir no tiene a nadie que diga?

Hay preguntas cuya respuesta, de haberla, sólo cabe buscarla en los campos yermos donde fueron concebidas. Preguntas que no pretenden abandonar una ignorancia, sino fortalecerla hasta convertirla en refugio y razón. Piensen lo que quieran, sólo les pido que se acostumbren a mirar debajo de la mesa y si las patas son de colores, que por favor sonrían. 


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