jueves, 9 de julio de 2015

Fingieron las palabras, el texto me mintió (Taller Bremen)



La verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Me dijo que José María Anzar fue un niño de buena cuna y de mal carácter, cuyos rasgos andaron siempre pleiteando con saña entre ellos (unos ojos pequeños que apenas se dirigían la palabra, separados por una nariz de narices, ganchuda, que a modo de górgola de una catedral chiquita y rencorosa, pendía sobre lo que tenía que haber sido una boca y se quedó en rictus, caricatura y cicatriz). 

Yo quise creerle y le creí, no dudando ni por un instante de él cuando me aseguraba que a ese niño, al que alguien o algo le negó la más mínima gracia, le deparaban los más altos honores,  y eso a pesar de que su talla hacía muy difícil imaginarse, siendo tan altos dichos honores, en qué lugar reposaría su nariz cuando le fueran concedidos y tuviera que compartir con ellos sus momentos de íntimo solaz y lascivo orgullo.

Fingieron las palabras -es cierto que unas más que otras- diciéndome que mi texto reflejaría con precisión justo el momento en que el hombre que José María Anzar nunca sería se despidió del niño que jamás fue, quedándose durante muchos años -se podría decir que durante el resto de su vida- en una zona neutral muy parecida a un chiste sin gracia y sin público, un limbo en el que la niñez ausente y la madurez inexistente sólo le permitieron consolidar una idiotez peculiar y recurrente. 

Sumido en esa impostura, en ese falaz engaño, en esa audaz osadía que lo que se escribe a menudo muestra ante su perplejo escritor, se atrevió a decirme, el muy cabrón, que nadie como yo  sería capaz de reflejar, por escrito y de una forma tan nítida, la apoteosis vital, el clímax de poder y gloria, el "big band" de posteridad, de ese hombre, mitad bigote, mitad error, al que tanto le deben las hienas su creciente popularidad.

Pues bien, como les decía al principio, la verdad es que desde el primer momento el texto me mintió. Conforme lo iba escribiendo me daba cuenta que tantos son los matices, tan inabarcable, inconmensurable, inhabitable e incluso insoportable, es el personaje, que la suma de mis escasas habilidades, más la delicada configuración de mi estómago, escoraban la nave hacía el más estrepitoso fracaso.

Ahora, abandonada ya cualquier esperanza de certeza y precisión, y bajo el paraguas con el que me protejo algunas noches de la persistente lluvia de silencio y olvidos, puedo escuchar perfectamente cómo se ríe, enredada en mi telaraña de palabras fallidas, esa obscena mentira que a fuerza de repetirse a cuatro idiotas aun les parece verdad.  


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