domingo, 13 de septiembre de 2015

Cosas mías -8-



(Sobre la necesidad de tener razón)
Pongámonos en la frecuente circunstancia de estar recién levantados y ante el lógico malestar de sabernos intrascendentes y mortales. Enzarzados en ese contexto, en ese miedo a no quedar, a no pertenecer, puede darse el caso de que sintamos la súbita e irrefrenable necesidad de tener razón. Si es así, lo primero que hay que hacer es buscar a alguien que no la tenga. Tal vez no sea innecesario informar de que para ello sirve cualquiera con tal que nos permita defender categóricamente todo lo contrario; no siendo de menester, en estos prolegómenos, saber sobre qué debemos sustentar nuestra irreconciliable diferencia. Una vez elegida la persona -o colectivo- que pueda servir a nuestro objetivo, la inmediata labor consistirá en ficcionar pasados, enfatizar diferencias, contabilizar agravios  y mentir con rotundas y definitivas verdades; en resumidas cuentas, llevar a cabo eso a lo que el gracejo popular alude cuando insiste en la necesidad de vestir al santo.
Dado que a menudo las razones suelen alimentarse de paisajes, no es cosa baladí, para la consecución de nuestros propósitos, observar con detenimiento si  por un habitual transcurrimos en tierras de riguroso secano y entre mosquitos, polvo y olvidos, o bien nos ha sido dado nacer entre herbazales yermos, añoranzas y precipicios. Reconocernos en ese entorno cotidiano de tedio y anginas, en esa geográfica rutina que cebamos con algunas ternuras y no pocas maldades, nos será de gran ayuda en el momento de otorgar las inexcusables sinrazones que el contrario ha de tener.
Un complemento que nos puede ser de grandísima ayuda es algún dios, en cualquiera de sus versiones más o menos actualizadas. Con sus contrastadas tendencias al "viva quien vence", con sus irresistibles ofertas de felicidades postergadas, esas fuentes inagotables de razón sin duda nos saciaran cuando nos abrase la sed del yo sí, pero tú no. 
Por lo demás, los síntomas de que los niveles de razón en sangre son satisfactorios no dejan lugar a la duda: una piel más hidratada; un sentir como el Universo se estremece cuando nos acogen los espejos; un mejor tránsito intestinal; unos guiños lúbricos -algo parecido a un erotismo más la correspondiente complicidad- de la historia (perceptibles en algunas cátedras universitarias y en las incontinencias verbales de las cafeterías); un incremento de las cuotas de amor que nos han sido adjudicadas;  una mejora en el sabor de la verdura congelada; una forma distinta, mucho más elegante, de doblar las esquinas.

PD. No ha de añadir angustia alguna a nuestro natural desasosiego el improbable fracaso de nuestro empeño, ya que no tardará la muerte, de un natural solícita y halagadora, en darnos de un tajo y para siempre la razón, garantizándonos, con su exquisita y delicada forma de hacer, la posibilidad de que nunca, nada ni nadie consiga ya quitárnosla.