viernes, 23 de octubre de 2015

El duelo (Taller Bremen)



El pueblo es apenas una insolencia incrustada en el piel del desierto; la única calle que acepta ese nombre, una herida infectada de polvo y silencio. De pronto voces, ruido de cristales rotos y algunos ladridos de perro sin duda flaco. Dos hombres salen a trompicones de la cantina; a su alrededor ya se van situando los que siempre miran. El desacuerdo parece firme y se configura rápidamente en duelo. Los más cobardes corren las cortinas para mirar sin ser vistos, los otros escupen y esperan en las pocas sombras que el lugar permite.
Hasta aquí todo andaría en costumbre, siguiendo sin desviarse el guión de muerte y hombría que el whyski y el tedio suelen propiciar. El primer indicio de lo distinto llega pronto. Los dos hombres ya usan la calle para las cosas del desafío, pero en lugar de buscarse los ojos por si el miedo asiste y decide, uno los fija en el poste de telégrafos y el otro, dándole la espalda, en el cartel de la barbería de Sylver el Casi Tuerto. Cómo era de esperar, los rumores, aún sin risas, irrumpen antes que los disparos. En ningún momento el viento se ha dejado de escuchar. 
El de comunicaciones desenfunda el primero y el perro flaco de pronto deja de ladrar, no sin antes colgar en el instante un desgarrador quejido. Casi de inmediato responde el que anda en lociones y afeitados y la bala, antes de irse para siempre del pueblo, casi deja sin opiniones a James Trago Largo. Viendo el cariz que toman los acontecimientos, algunos de los que escupen deciden cambiar de opinión y se precipitan tras las cortinas; no pocos de los que ya andaban tras ellas, deciden guarecerse debajo de las camas o en los fondos de los armarios.
Nada indica que el tema vaya a resolverse pronto. Los disparos se suceden maltratando los porches, la tarde y el improbable sueño. Un poco antes de que el pánico deje en ninguno a los valientes, ya son siete los heridos de distinta consideración, trece las ventanas sin consuelo y dos caballos aliviados para siempre del cansancio y abuso de ser montados. Llegada la noche persiste el duelo.
Amanece ya el quinto día cuando los más inquietos exigen que alguna justicia intervenga para zanjar la cuestión. Ni que decir tiene que el comercio y el descanso ya se resienten de semejante balacera. En lo que a los dos pistoleros se refiere, ya en calles distintas, casi en distintos duelos, se siguen matando sin matarse y sin que ninguna señal indique que el ridículo o el desánimo vayan a dar por finalizado en breve semejante despropósito.
El azar, que siempre sabe lo que se debe hacer, acierta con la solución. Una bala que decide regresar a su casa tras rebotar en el yunque del herrero, acaba con uno; el rigor del desierto en el que tiene la torpeza de adentrase entre disparo y disparo, acaba con el otro. Para evitar que se repita el desagradable suceso, los que gestionan la soga e improvisan la ley, deciden prohibir para siempre, y so pena de distintas muertes, todas lentas e incómodas, los duelos de pistoleros miopes, tuertos, estrábicos y sobre todo ciegos. 

4 comentarios:

Isabel dijo...

jajaja, aunque haya muertos, lo siento, pero a mí me gusta tu duelo con tintes de humor.
Y las ventanas sin consuelo, ¡qué buen título para otra cosa que se te ocurra!

Josep Vilaplana dijo...

Las ventanas no tendrán consuelo, pero lo que es a un servidor le consuela muchísimo es saber de usted…..

En lo que al duelo se refiere, quiso ser una burda parodia de lo que en este mundo plagado de despropósitos suele suceder: pistoleros de medio pelo, ciegos de los tres ojos, dirimiendo sus absurdas diferencias a tiro limpio -o mejor, a tiro sucio-.

Gracias y beso grandote, Isabel.

NáN dijo...

Aquí sí me toca comentar sin complejos de cercanía o alejamiento de la tarea.

¡Qué bueno, Josep! Qué descripciones tan surrealistas... hasta que al final conoces las razones de tanto apartamiento de los duelistas. Al final, me muero de risa con la Ley perfecta, adecuada al milímetro a las necesidades: prohibido terminantemente los duelos entre los que no tengan una excelente vista.

Felicidades.

Josep Vilaplana dijo...

No pocos son los horrores que nos infligen los innumerables duelistas ciegos; esos que matan sin matarse, provocando en sus disputas patéticas y tabernarias todo tipo de barbaridades. Confieso que me dan ganas de no volver a pisar la cantina y ni siquiera el pueblo (con lo bien que se está en el desierto...).

Gracias, querido Nán, por tu visita y por tu comentario.