domingo, 11 de octubre de 2015

Una lavadora de blanco (Taller Bremen)



La luz que sin ganas de serlo ensuciaba el sofá parecía darle la razón. Ramón Juneda -una ficción como cualquier otra- se confundía con el minutero de su reloj haciéndose tiempo y espera mientras distraía su inquietud acariciando con una mano el mando a distancia del televisor y pulsando con la otra el gato.  
Sería difícil no comprender que esa mañana, tan parecida y a la vez tan distinta de las otras que lo iban fatigando, le sobraban motivos para el desasosiego; y es que a pesar de que su nada chiquita y cotidiana siempre anduvo un poco encariñada con las cosas de esa otra nada grande y sin fisuras, la que no alberga hastío ni repetición, esa nada mucho más eficaz y contundente, más resabiada que la suya, hecha de levedad y algo muy parecido a la ternura, nunca sintió curiosidad ni añoranza, ni la más mínima prisa, por ir a su encuentro.
Justo en la esquina de la calle  Virgen de los Desamparados con Martín Fierro, a pocos metros del hospital, se dio cuenta de que aun llevaba cogido en su mano izquierda el mando a distancia, atreviéndose con el esbozo de una sonrisa al pensar que mucho peor hubiese sido el gato. Aprovechando el empuje de ese atisbo de coraje, sacó de su bolsillo un papel en el que se podía leer: Oncología. Quinta planta. Hora de visita: once de la mañana. Palabras indiferentes que ya parecían albergar alguna forma leve del olvido; posibilidad cierta, parecía decir su forma de andar, de una rotunda victoria sobre lo que desde siempre anduvo en fragilidad y derrota.
La sala de espera estaba pintada de un color que no lo era debido a que nadie lo miraba. Todo parecía corroborar un consenso de aséptica indiferencia, un pacto de nada con nadie que dejaba ese instante tiznado de desesperación. Luego su nombre; y un sudor frío;  y una torpe confusión de palabras; y unos ojos que parecían un lugar al que se vuelve; y un eco que ya en la calle seguía escuchando mezclado con las cosas del mareo: el tumor es benigno y operable.
El mando a distancia, fiel testigo de todo lo que iba sucediendo, seguía aferrado a su mano izquierda , pero se dio cuenta que en la otra alguien había dejado un palo en el que ondeaba una pequeña bandera. A su alrededor, una multitud parecía gozar de la alegría del acuerdo, del éxtasis de la unanimidad. De pronto una corriente de complicidad arrastró, entre  abrazos y consignas, a Ramón Juneda, que se sentía feliz de añadir su pequeña cifra a esa enorme cantidad de comunión y destino; y eso a pesar de no tener ni la más mínima idea de qué cosa reivindicaba esa multitud que lo acogía. Saltó, gritó y sin duda le hubiese gustado pertenecer un rato más a ese uno para todos y todos para uno, pero la tiranía de lo que tiene que ser quiso recordarle que, en pleno desconcierto, había dejado puesta una lavadora de blanco. 
Discretamente torció por Jovellanos, no infeliz aunque sí algo cansado. Sólo al intentar buscar la llave en el bolsillo del pantalón, se percató de que tenía las dos manos ocupadas. Para Ramón Juneda, tres sonrisas en una misma mañana era algo inusual y digno de recordar.

8 comentarios:

Isabel dijo...

Es redondo, Josep, palabra a palabra comenzando por el título y ese primer párrafo que ya te arranca la sonrisa.
Y me quedo pensando que "escribir", palabra borrada por tantas definiciones y recetas de cómo hacerlo; para escribir, ya no bien, sino bien y distinto, depende de la persona misma, de cómo es y cómo siente, ese algo que se va desprendiendo hasta fijarlo tan bien como tú lo haces.
Gracias y besos.

Gemma dijo...

Coincido con Isabel. :-)
A mí también me parece un relato muy bueno.
Enhorabuena y besos

eve ariza dijo...

(((((((((((((((((((o)))))))))))))))))))

Josep Vilaplana dijo...

Para mí escribir es confundir un poco la soledad; engañarla para que salga un poco de casa y no esté tan sola. No creo que escriba bien, pero si que creo que a veces escribo yo -o como mínimo, de forma parecida a lo que siente esa cosa extrañísima que se gira cuando la llaman por mi nombre-. Si encima me permite establecer pequeñas complicidades con algunas personas, motivos más que suficientes para insistir en ello.

Besos y besos, Isabel, y también gracias y gracias.

Josep Vilaplana dijo...

Pues yo coincido contigo, Gemma, en los besos; en lo de que el relato sea o no bueno, hablaré con él para ver lo que opina.);

Josep Vilaplana dijo...

((((((((((((((((((mua))))))))))))))))

Maite dijo...

He disfrutado leyendo tu relato. El pobre hombre ha pasado un mal rato pero al final, uffff!! hemos respirado tranquilos, me hubiera ido con él a saltar a la mani de lo que fuera. Me encantan los finales felices y si huelen a suavizante más aun. Gracias. Besos

Josep Vilaplana dijo...

Que hayas disfrutado leyendo este relato, Maite, me empuja a seguir "relateando", es decir, a persistir con esa tozudez consistente en organizar congas de palabras de dudoso sentido y peor explicación. Por lo demás, comparto contigo la afición por los finales felices -incluso por los trágicamente felices- y si huelen a suavizante (las manos de una mujer que quise mucho -mi abuela Candelaria- a veces olían así) mucho mejor.

Gracias a ti, Maite, y besos de alta montaña.