viernes, 6 de noviembre de 2015

Monólogo sobre lo que no importa (Taller Bremen)



Ojalá no hubiese dejado de fumar, aunque sólo fuera por añadirle un poco más de pendiente al abismo, o como mínimo para propiciar una escenografía algo más adecuada a esta absurda obra de estar tirado encima de la cama mirándola. Y pensar que hace apenas unas horas yo era algo muy parecido a lo que todos esperaban que fuera; un guante de todas las tallas, un libro para todos los públicos, un estúpido condón para todos los tamaños de pollas. 
Lo cierto es que no recuerdo muy bien cuando empecé a mover la cola esperando que cualquier idiota me lanzara el hueso, pero sin duda no era más que un niño reciente, un chiquillo de ojos complacientes y sonrisa de cordero, cuando me especialicé en ello. Lo que sí recuerdo es que con el tiempo la cifra de los complacidos fue aumentando de forma progresiva y alarmante. De los que configuraban esa masa de satisfechos, algunos ni siquiera se llegaron a conocer, otros se fusionaron con entusiasmo, no fueron pocos los que ocuparon altos cargos en la administración pública, incluso los hubo que les dio por morirse, pero sólo yo seguí inamovible haciendo exactamente lo mismo que cuando mi primer pelo púbico ni siquiera se había planteado asomarse: contentarlos.
El que yo fuera tan bueno en lo mío propiciaba que toda esa gente, a la que yo ajustaba mi paso hasta conseguir que apenas percibieran que estaba andando a su lado, oscilara alegremente de la más fervorosa admiración hacia mi persona, al más acerado desprecio, y sin que ello les provocase la más mínima sospecha de contradicción. Confieso que hasta hace apenas unas horas, tenía la absoluta certeza de que seguiría así hasta convertirme en un muerto ejemplar, un fiambre cuya forma de no ser se valoraría, en las sobremesas de Navidad y en las conversaciones desganadas que el amor gastado propicia, de impecable. 
Lo que ha sucedido para que todo este castillo de "muchas gracias, ha sido un placer" se venga abajo, importa lo mismo que todas las demás cosas: nada. Pero como de pronto el tiempo se me ha ausentado, dejándome huérfano de ayer y de mañana, y en un paro sin subsidio de cualquier hacer, creo disponer del espacio suficiente para poder contárselo en unas pocas palabras.
Siempre obedecí, de la forma en que sólo yo sé hacerlo, sus precisas indicaciones, hasta que ayer por la noche, cuando regresaba a casa después de interpretar mi función (ya saben, esa que lleva por título "El empleado perfecto") de pronto escuché que ella me decía: "en la rotonda, gire a la derecha, segunda salida". Pues bien, recuerdo que di seis vueltas a esa rotonda hasta que me decidí a salir por la cuarta salida. Ese fue el principio del fin. Puse el volumen al máximo para escuchar atentamente las indicaciones de esa voz que de pronto parecía conocerme. Si me informaba de que eran doscientos los metros que faltaban para girar a la izquierda, yo giraba en la primera calle que encontraba a la derecha; si ella me rogaba, desconcertada, que más adelante cogiera la autopista, yo me adentraba en el primer camino sin asfaltar que me salía al encuentro. Al amanecer, casi agotados pero por primera vez sin gravedad alguna bajo los pies,  paramos en este motel de carretera y follamos -dejo a sus respectivas fantasías todos los "cómos" posibles- hasta que su hermosa voz se durmió.  Ni que decir tiene que por fin, sin señal de satélite alguno y sin cargador, me siento felizmente perdido.