viernes, 11 de diciembre de 2015

Un color se puede habitar (Taller Bremen)



   Un color se puede habitar, prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede al negro cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza. 
   Recuerdo esas mujeres sin edad a la que acogerse, descalzas, pidiendo limosna en la puerta de la iglesia; también los mocos de los que colgaban unos niños que jugaban a esconderse entre la miseria; o el sonido que hacía la sotana del cura al rozar por los adoquines de la plaza; y los perros, que eran un solo perro multiforme y sarnoso merodeando por las cuatro esquinas sin calle que sostenían el pueblo. 
   Grises eran también los goznes de las horas que dejaban pasar el tiempo, y del mismo no color eran los silencios espesos, y las miradas que injuriaban tras las ventanas. Sólo algo de azul se atrevía a cobijarse en los rincones de mi incipiente deseo, dos trocitos de cielo que se asomaban desde los ojos de Candela, la hija de la panadera. El olor del pan recién hecho, como un fugaz hogar, casi triste de tantas cosas que no iban a suceder, se pegaba a sus manos y a su bata descosida. Una mínima victoria que solo conseguía hacer más devastadora la derrota de los días iguales.
   En ese descolorido guión, después del pan venía la escuela de la que Don Ramón era el maestro. De él recuerdo el humo que la destartalada estufa de leña esparcía generosamente por la clase. Es probable que hablara muy despacio, como sentándose entre frase y frase, y que al llegar el invierno se dejase acompañar por una tos que, a fuerza de persistir, parecía formar parte de los textos que nos leía, pero lo cierto es que sólo ese humo ácido que impregnada la piel y las paredes ha salvaguardado en mi memoria su voluble presencia. Dos ventanas, doce pupitres, un crucifijo, un mapamundi y cien mil piojos. Preciso inventario de ese almacén en el que se amontonaban desordenadas nuestras perplejidades e ignorancias.
   "España, una grande y libre" podían leer, los pocos que sabían hacerlo, en la descascarillada pared del cementerio que esperaba, detrás de la Iglesia, a sus muertos pobres, a sus pobres muertos. Algunas tardes al salir de la escuela, correteando de aquí para allá como  trazos dispersos de una tela inacabada de suciedad y niñez, salíamos al encuentro de la patrulla de la guardia civil que solía venir, un par de veces por semana, a husmear por el pueblo. Enjutos y sin afeitar,  ese último y patético eslabón, esa macabra broma sin risa, esa ignorancia armada, vigilaba la absurda posibilidad de que alguna grandeza o libertad escogiera esa desolación para echar raíces. Luego, como sombras entre sombras, sin pagar las dos copas de anís que solían apurar en silencio, arrastrando un cansancio que ya no era suyo, sino de todo y de todos, desaparecían dejando su rutinaria advertencia, su velada amenaza, al resguardo de la noche y de los chinches.
   Y con la noche y con los chinches compadreaba la muerte. Pero no era una muerte de  muertos, la que las mujeres dibujaban lloriqueando en los velatorios, ya que para ello hubiese sido necesario que se diera lo distinto. En esa tiranía de lo gris era todo tan lo mismo, tan parecidos eran sus instantes, tan iguales los tedios y las miradas, que la muerte a nadie mataba. Apenas conseguía ser una costumbre, un contratiempo, como capas de nada adheriéndose, año tras año, a un único cuerpo incomprensiblemente tenaz e insepulto. 
   Si Yves Klein hizo del azul un lugar donde poder estar, dándole la razón el mar, el cielo y no pocas esperanzas ("Una nada encantadora" decía de ese color Goethe), sin duda cualquier color se puede habitar. Prueba de ello es que nací y crecí en el gris, que es eso que le sucede a la vida cuando pierde toda credibilidad, cuando se desdice y desiste de cualquier esperanza.


4 comentarios:

Isabel dijo...

Ni blanco ni negro, en ese término medio que decían estaba la virtud.

Tu frase resume un pequeño mundo:Dos ventanas, doce pupitres, un crucifijo, un mapamundi y cien mil piojos.
Para cambiar poco: hasta los piojos, que de nuevo viven atrincherados y alimentándose de los demás como tantos y tantos.

Abrazo.

Laura Vallribera dijo...

Habitar en el gris… sí ho recordo, mocs, crucifixos, dutxa ràpida els dissabtes, pel•lícula diumenge a la tarda, llençols freds de tan humits. Ho recordo i és curiós no tinc la percepció que fos gris, avantatges de la infància. Passats quaranta anys i encara estem instal•lats en aquest gris que és diferent però que segueix entestat en fer del futbol l’esport nacional i menysprear a aquells que demanen ser tractats amb els mateixos drets i deures que la resta de mortals. Dit això no perdo l’esperança de canviar de pantone, per això tossudament et continuaré visitant i donant-te les gràcies per mantenir aquesta finestra oberta perquè entri una mica d’aire fresc.

Josep Vilaplana dijo...

En los alrededores del término medio tal vez puede merodear la virtud, aunque también es frecuente ver como acampan el tedio y la desesperanza. El "gris" que yo recuerdo no era un color que matizaba el blanco y el negro, era una forma de no color, una brutal renuncia cromática impuesta por ese binomio formado por el tricornio y la sotana.

Abrazo multicolor, Isabel.

Josep Vilaplana dijo...

Tens raó, Laura. Nosaltres no erem "grisos", erem un desconcertat esforç cromàtic que volia esbrinar qué calia fer per sortir del context "gris" ("avantatges de la infància"). Segueixes tenint raó quan dius que passats quaranta anys, tot sovint sembla que seguim instal·lats en aquest no color farçidet de "caspa y chascarrillo".

Gràcies a tu per la teva "tossuderia".