viernes, 23 de diciembre de 2016

Dios contra las cuerdas (Taller Bremen)





"Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos"
-Antonio Machado-


  De Gregorio Marañón a Canal todas las respuestas parecían haberse dado cita en el pequeño agujero de sus medias. Ninguna soledad, de las que compartían con Ramón Juneda el trayecto de la línea siete, parecía darse cuenta de hasta que punto esa ínfima rotura se había convertido para él en el centro absoluto de todo lo que importa. Ni que decir tiene que en las cosas normales que a las ocho de la mañana son convocadas para que sucedan en un vagón de metro, eso no tenía cabida ni explicación. En Alonso Cano algo que quiso ser un mareo le hizo levantar la vista.  Vio unas uñas mal pintadas de rojo moviéndose por el mínimo espacio que permitía una falda extremadamente corta. Solo un poco más arriba, le pareció que los botones de la blusa le miraban como si quisieran decirle algo; tal vez ponerle al corriente de todas las noches en que se fue configurando el descalabro, hablarle quizás de todas las manos que los desabrocharon con rabia de olvido y sin asomo alguno de ternura.
  Al entrar en la estación de Islas Filipinas echó mano de un coraje que nunca tuvo y le buscó los ojos. Tal vez por azar, o solo por participar de lo distinto de ese instante, ella alzó los suyos. Se reconocieron sin saberlo, de la forma en que lo hacen las sombras, los pájaros, las esquinas y los trenes que se cruzan con el único propósito de alejar destinos. En Guzmán el Bueno ya estaban los dos en el recuerdo de esa noche; en las luces de neón; en el insulto de la ginebra cuando es mala; en el sofá sin descanso de las burlas y el deseo; en la cama grotesca en la que tres putas y un don nadie ponían a Dios contra las cuerdas; en la bondad de esa felación regalada al primo nacido en Segovia; en el humilde calvario de aquel preservativo que, colgando de una cruz flácida, parecía  querer redimir un poco a la soledad de estar tan sola. Fue en Valdezarza cuando los dos se regalaron unas sonrisas que sabían a luz y cansancio. Metido en los entresijos de una última audacia, y antes de bajarse en Antonio Machado, aun le dio  tiempo a Ramón Juneda de ofrecerle un caramelo de eucalipto que tenía en el bolsillo del pantalón. Ya en la calle, una hermosa fiesta de nadie quiso celebrar su herida. Él se dejó hacer despacio, como siempre hacía, un poco avergonzado por nada; leve y translúcido como el fugaz portavoz de todo lo que nunca podrá ser dicho.   




jueves, 24 de noviembre de 2016

Ese inconcebible objeto de lo otro (Taller Bremen)



  El primero en darse cuenta de que algo extraño quería suceder fue el smartphone, y es que el día aún no sabía que lo era cuando el aparato sonó de forma estridente, como si un pequeño insulto, posado en la mesita de noche, hubiese decidido ofender prescindiendo de cualquier agravio. "Desconocido", era lo que se podía leer en la  insolente pantalla. Nadie contestó al soñoliento "dígame", tiznando de rareza ese hueco, ya de por sí insólito, al que nos empuja cualquier despertar en una habitación de hotel barato.     Dos semanas enmarcaban un viaje de negocios; también distintas ciudades, los previsibles cansancios y algún que otro súbito deseo -esas difusas ganas que, por encima de todo, son solo de desear-. 
  En unas horas, el avión le acercaría de nuevo al umbral de esa puerta tras la cual, desde hacía más de quince años, intentaba protegerse de la vida. Allí cuidaban los dos, con admirable delicadeza, esa cálida mentira hecha de orden y cortados con un poco de leche fría; allí cocinaban a fuego lento, una y otra vez, los ingredientes de esa casi nada que ellos, con la ternura que reviste a las verdades cuando no saben que están mintiendo, insistían en llamar felicidad.  Lo que no podían prever era que esos pocos días serían más que suficientes para provocar la irreparable brecha del sinsentido. 
  De haber sido ella, tendría esos ojos grises en los que se sentían como en casa todas las tristezas. De haber sido él, un levísimo olor a engaño la hubiese besado despacio. Pero esta vez nada sucedió como era de esperar. De pie en el comedor, uno frente al otro, observados con perplejidad por todo lo que hasta ese día fue cómplice con lo suyo, absolutamente desconcertados, absorbidos por una espiral vertiginosa de extrañamiento, se miraban sin reconocerse. El aún sostenía la maleta, ella la noche sin sueño y el teléfono, ambos ese inconcebible objeto de lo otro cuando no permite ser nombrado.
  Inútil fue que esa extraña mujer lo mirara con sus ojos grises, tristes y hermosos, como inútil fue que un olor casi culpable se acercará a los labios de ella. Eran dos extraños que se observaban angustiados, esforzándose en ver algo que restituyera, ni que fuera por un instante, un solo recuerdo. 
  Es normal que apenas les diera el alma para balbucear un disculpas, que apenas les llegara el cuerpo para escenificar un absurdo adiós, mínimo gesto que daba por inaugurada la fiesta sin nadie del olvido. Quizás importe saber que al otro lado algunas estrellas agujereaban la negra risa de la noche, que las calles giraban en  sucios círculos de silencio, que solo un viejo café le quiso escuchar, que a pesar de todo, y de forma inexplicable, amaneció en los alrededores de esta mínima historia.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Santa Rita, Rita, ahora que ya no das, ¿qué es lo que quitas?



La muerte, aún no siendo dicharachera, si que participa de lo popular, siendo el paradigma perfecto de la democracia: un hombre, un muerto.  Ese hacer lo que todos hacen, esa definitiva vulgaridad, esa irremediable falta de criterio, esa callada elocuencia, esa forma tan contundente de afinar nuestra dicción, no nos hace mejores ni peores, solo un mucho más luego y apenas un poco más muertos.
Innecesario decir que esta opinión no la refutan, por cómplices perfectos, ni las rosas ni los perros, ni las luces ni los sueños, ni las hormigas ni el inabarcable y engreído universo. 
Es por el cansancio de toda esta nada que hoy me apetece confesarles una maldad chiquita, algo parecido a un fugaz deseo que, en el mismo momento de sentirlo, ya se supiera para siempre insatisfecho: me imagino de pie,  en silencio, guardando un minuto de tristeza por todos aquellos que van naciendo; casi de forma simultánea, me veo vestido con una bata verde y azotando con leve saña los fríos culos de algunos muertos, solo por indagar si aún es posible un justo y merecido llanto que, por algún resquicio de bondad, propondría no del todo eterno.

sábado, 12 de noviembre de 2016

La concuñada (Taller Bremen)




  El responsable de dar brillo al tapizado del sillón que atiende a la letra "Ñ" sangraba un poco por la nariz, y eso era debido a que el puñetazo, sin ser excesivamente diestro, sí que podría considerarse resolutivo y certero. Tres o cuatro letras más allá, sobre la mesa de finísima caoba que suele prestar soporte y cobijo a tan insigne tropa, el inquilino de la "R" prescindía de cualquier  dignidad mientras intentaba, alternando con gracia la baba y el braceo, aliviarse un poco del severo ahogo que, al apretarle su académico y almidonado cuello, le producían las garras del plantígrado que hiberna, desde hace ya más de diez años, en el sillón de la letra "B".
  Un coro de insultos, acompañados de la normal percusión que muchos y distintos golpes suelen propiciar cuando se buscan y coinciden, evitaba que nadie cayera en la pedantería de proclamarse el más idiota, ni tampoco el más grotesco, de la escena. Muy al contrario, todos ellos andaban empeñados al unísono en configurar un solo y desabrochado cuerpo multiforme; aplicándose a la bronca con las ganas y la tenacidad que exigía semejante despropósito.
  Vista en su conjunto, la imagen que tal situación permitía parecía escorarse, en su firme voluntad de naufragio, hacía un horror tiznado de leve ternura; algo parecido a bombardear el congreso de los diputados con melones de tamaño medio. Más de media hora estuvieron enzarzados casi todos en esas razones a las que el pueblo, rabiosamente iletrado, suele referirse con un "por mis cojones" (tal vez sea necesario insistir en ese "casi", dado que el de la "P" nació con los ojos pusilánimes y evitó; y el de la "T" quiso, pero un uñero infectado le impidió). 
  Como es sabido, el ser humano, absurdo por inercia y estúpido por imperdonable desidia divina, cuando tiene una idea, solo una, es algo parecido a la decisiva molestia de hallar una cobra acurrucada en el cajón de los calcetines. No se trata ya de un peligro que acecha, sino más bien de una despedida que urge. Este forzado preámbulo solo pretende introducir una imposible explicación de ese tosco golpeteo entre tan venerables máquinas de escribir; sin duda un vano esfuerzo para que se pueda intuir el porqué de esa ridícula batalla en el campo de las gloriosas letras.
  Ninguna palabra debería provocar ni sostener una zurripanda como esa, y mucho menos la palabra "concuñada", que aun siendo fea y malsonante, según  sentenció el nonagenario de la "U", no por ello es merecedora de escarnio ni desprecio. Pero el mal ya estaba hecho, y uno de los peores entre los que no eran buenos, argumentó, sin demasiado acierto pero con gran énfasis, que le importaba una mierda qué nombre darle a las parejas de sus hermanos, y más teniendo en cuenta su condición de hijo único. Insistió, bajo los efectos de una persistente acidez de estómago, en que el diccionario estaba preñado de gilipolleces. Como era de esperar, al joven escritor anexado al sillón con la letra "C", el comentario le pareció muy desafortunado, y más teniendo en cuenta lo mucho que le gusta su concuñada, es decir, la mujer del hermano de su cuñado, y la curiosa e incomprensible  circunstancia de que hace ya más de tres años que defiende, con apasionada regularidad, la inclusión de dicha palabra. 
  Lo cierto es que no se sabe quién fue el responsable de inaugurar el contundente baile de zarandeos y mamporros, pero lo que si parece gozar de unanimidad es que alguien lanzó el tercer tomo de Sinónimos y Antónimos (Editorial Teide), y que este impactó en las bifocales del poeta de la "T", fiel lector y amante infiel del joven escritor anexado al sillón de la letra "C". Lo que sucedió después ya solo tiene que ver con las ganas antiguas y con la impunidad que propicia cualquier alboroto. A nadie que sepa prestar la debida atención a las cosas, se le puede escapar que, en esa sala, se ajustaron viejas cuentas por anglicismos no aceptados, por burlas semánticas, por serias cabezadas en impecables discursos ajenos, por envidias de mercado, por pullas lanzadas en los medios, por lascivias no correspondidas. Sería impreciso afirmar que, en ese todos contra todos, salió, como forúnculo apuñalado, lo peor de cada uno de los académicos, dado  que esto nos llevaría a admitir que había en ellos algo un poco mejor a la espera de ser mostrado. Lo que si es cierto es que se dieron mucho y bien, y que es probable que fueran el hambre y el cansancio los únicos que facilitaron la lenta y necesaria pacificación.
  Un par de horas más tarde, en la rueda de prensa posterior a la reunión, el portavoz de la Academia insistió en que se estaba trabajando a buen ritmo en la edición definitiva del nuevo diccionario, y que este incorporaría, entre otra mejoras, algunos vocablos de uso frecuente entre la población. Al ser requerido el necesario ejemplo, afirmó que desde esta tarde ya era correcta la frase: "he besado con cierta lascivia a mi concuñada", aliviando un poco el malestar que antes provocaba decir lo mismo refiriéndose a la mujer del hermano de tu cuñado.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Meando contra el viento



Esa antesala de la maldad llamada estupidez, que como es sabido se forma cuando los insaciables logran enquistar la ignorancia (insondable océano sin profundidad alguna, todo superficie), es de los materiales más resistentes que se conocen; ideal para construir todos tipo de barbaridades en las más recónditas cavernas ideológicas. De ahí que el tercer cerdito erró si lo que pretendía era construirse una cabaña a prueba de lobos. De haber usado estupidez en lugar de tochos, el pobre y querido cánido aun estaría soplando.

domingo, 23 de octubre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -6-



¡Lo hiciste, mi querido Piratilla Valiente! ¡Por fin has pronunciado ese sí quiero que viene de tan lejos! ¡Por fin has decidido dar el intrépido salto a esta hermosa pregunta! Ya estás aquí, resumiendo a tu manera un misterio que ha optado por dejarse querer; dibujando, de un solo trazo, ese asteroide de ternura que nos ha quitado la razón para dejarnos solo el cielo; ofreciéndonos un pequeño infinito al que poder abrazar. Tres quilos setecientos gramos de un Universo que cede sinsentido. 
¡Bienvenido, mi pequeño mensajero! 

23 de Enero del 2015.




viernes, 21 de octubre de 2016

Geometrías cansadas -versión primera persona- (Taller Bremen)




  Daban las diez en el viejo reloj del frenopático, aunque bien podrían haber dado las siete ya que allí el tiempo nunca ha sabido cómo transcurrir. Yo estaba de pie, esperando en un pasillo cuyas baldosas, con su geometría cansada, definían a la perfección cualquier locura; mirando sin ver todo lo que había a mi alrededor.   Recuerdo que mi mano izquierda temblaba ostensiblemente, la derecha también. El que algunos afirman que soy, esa ficción a la que le han puesto mi nombre, Andrés Capella, nada sospechaba en ese momento de que serían seis largos meses los que, en ese no lugar, agazapados en el hueco de algo parecido a una pesadilla, le aguardaban. Más de medio año en el que, a pesar de todos los tratamientos, no conseguí ninguna mejora. Preso de mi enajenada rutina, emborronando día tras día cientos, tal vez miles, de folios siempre con la misma frase: "Me deslizo lentamente, con mi mejor sonrisa, hacia una profunda tristeza".
  Un manto rígido, inamovible, como nieve sin voluntad alguna de deshielo, que cubría mi único pensamiento. Una y otra vez escribiendo las mismas palabras, en el mismo orden, y musitando en voz baja, como la absurda plegaria a un Dios desatento, "hay que mejorar, hay que mejorar". Ese era el bucle, la desesperanza en la que me arropaba. Convenientemente etiquetado, catalogado y profesionalizado, nada ni nadie podía -ni tal vez quería- prever el fondo de ese abismo.
  Hasta aquí lo que me sucedió sería una versión vulgar de lo que suele suceder, otro borrador inacabado de ese pésimo guionista a sueldo de las vidas como la mía, de tapa blanda y ocasión. El portazo me lo dio mi sobrino, que con sus seis años y sus diez mil rizos deshizo el entuerto entre dos juegos, un vaso roto y algunas risas. 
  - Estate quieto y deja de ensuciar esos papeles, Kevin. Anda, dale un beso a tío Andres y dile que se mejore.
Cruzando el folio en diagonal, con letras gruesas y desobedientes, como si todas a la vez hubiesen decidido romper filas, pude leer: "Me eslizo entamente con i meor tistesa hasia una pofunda sonnrisa".
  Es probable que en el recuento rutinario que suelen hacer un poco antes de las nueve, se percataran de mi ausencia. Salí de allí caminando despacio y casi alegre, la cámara de seguridad sabe que no miento. De eso hace ya mucho tiempo y nada han podido saber desde entonces de mí, aunque, bien mirado, eso   tampoco tiene nada de excepcional. ¿Acaso hay alguien que sepa algo de nadie?




viernes, 7 de octubre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -5-



Tu bisabuela Begoña nació en Bocos. Un pueblecito con apenas cuatro casas que se apretujaban como podían para protegerse del frío feroz y del olvido rabioso . Un lugar que bien podría haber sido un sueño extraño; con su casi nada y sus quehaceres; con sus largas noches y sus niños con los pantalones remendados; con las cosas de la historia cuando le da por escribirse con sabañones y letras muy chiquitas.
Tu bisabuelo Ricardo no nació en Bocos, pero sabía bailar y aún hoy conserva esa hermosa sonrisa de la que tú, de alguna forma, eres una precisa prolongación (por cierto, parece que vuelve a andar, aunque sea imitando a los pajarillos cuando son recientes y aún les pesan demasiado esas tardes sucias de invierno remolón al que le cuesta despedirse).
Ahí están los dos, pendientes de los rumores que indican, como feliz probabilidad, que el próximo sábado -a tus nueve que serán nuestra tres- inauguras el baile (parece un juego eso de que vivamos en horas distintas; me divierte mucho enviarte un beso tan grande que necesita seis horas para poder caber entero). Ni que decir tiene, mi querido Piratilla Valiente,  que en lo que a mí se refiere, te espero con camisa blanca y mi mejor sonrisa.

Enero del 2015.


Todo indica que el tiempo cambiará (Taller Bremen)



  Rasgaré el aire con mi bisturí de alegría y determinación, eso es lo que haré. A la mierda las dudas sobre de qué lado caer, e incluso las anteriores sobre si es mejor no montar. La mañana será radiante y dará cabida, para desconcierto de los de siempre, a pájaros de colores tan hermosos que aún no existen. Se acabó el guión, a partir de ahora todo será una burla de lo que ellos esperan que sea, un enorme dedo corazón levantado ante esa vastedad de ojos de besugo obediente y mal refrigerado.
Siento que ahí está -casi que la puedo tocar-, esa larguísima suma de presentes  esperándome y preparando las cosas para que todo sea distinto a lo que ha sido. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes? ¡Qué imbécil con metástasis he sido!
  Buenos días; si señor; hasta luego; lo que usted diga; voy de inmediato; no se preocupe; el martes a las ocho; el viernes a las tres; mañana, pues dios dirá; esta noche ha refrescado y todo indica que el tiempo cambiará. 
  Si me pudieran ver ahora toda esa panda de flácidos con sonrisas "fast food", en perfecto equilibrio, sereno, sintiendo las manos fuertes y consciente de que serán ellas y solo ellas las que improvisen todos los destinos. Qué dirían si vieran que todos los cielos posibles se reflejarán en la superficie niquelada del timbre, que en lo que me espera ellos ya no están, que incluso los dioses, conscientes de su derrota, sabrán que no les queda otra que dejarme hacer.
  Hasta nunca mis queridos errores, cuídense mis apreciados horrores, no me escriban mis temidos temores. Olvídense olvidándome y queden en nada.


(Levanta el pie derecho que apoyaba en el suelo,  trata de impulsarse y de forma incomprensible la bicicleta cae hacia el lado izquierdo. Empieza a llover. Se oyen unas risas que bien podrían ser de algo parecido a un destino. Desde el suelo puede ver como un perro levanta una pata y se mea en la circunvalación de un pino piñonero. También escucha como unos zapatos con un poco de tacón le preguntan si se encuentra bien. Si apenas hace un momento empezaba a llover, ahora ya llueve).

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -4-



Pañales, biberones y camisetas; todo a punto para recibirte; todo, según me cuentan, menos las aceras y las calles de Bangkok. ¡Venga, Mario, decídete! lánzate a las cosas de esta hermosa perplejidad. Las flores, los mercados y todas las ternuras te están esperando. Sal y recoge con tus manos todos los posibles.
Vienes de un preciso misterio para instalarte en una fantástica historia; páginas que aguardan, en un silencio blanco sin cuadricular, para que tú las escribas. Deseo que ningún temor te dicte el guión, mi querido Piratilla (a los ojos opacos del miedo, siempre tu mejor sonrisa). 

Enero del 2015.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pongamos que merina (Taller Bremen)



  Si consienten la imagen de una oveja, pongamos que merina, reposando sobre un sofá de piel, no ha de representarles ninguna dificultad imaginarse, en la misma habitación, a un hombre vestido con una bata azul, descalzo, mirando por la ventana. Tal vez el humo de un cigarrillo encajaría a la perfección en la escena, pero él nunca ha fumado y no lo hará ahora para satisfacer este absurdo relato. Aturdidos por los restos de la noche, sus ojos van nombrando despacio las cosas mientras la mañana les asigna su lugar de costumbre. Aun no les ha dado tiempo a las calles de ensuciarse de comentarios y opiniones. También podrán ver cómo algunos bares, los más inquietos, ya se desperezan y se van quitando de encima los pedazos rotos y olvidados de felicidad. Tal vez convenga advertir, para los que aun no hayan decidido abandonar la historia, que una oveja puede distinguir entre al menos cincuenta individuos diferentes y recordar acontecimientos e imágenes durante un periodo de hasta dos años; banal, pero no del todo innecesario, es saber que él nunca fue capaz ni de lo uno ni de lo otro. Hasta que la conoció, apenas manejaba un confuso revoltijo de rostros sin nadie; cosas que nunca llegaron a ser recuerdo, instantes que en el mismo momento de suceder ya eran olvido, todo ello aderezado con un regusto de sábanas sucias en camas ajenas.
    Pongamos que se conocieron un martes a eso de la seis y media de la tarde. En aquel momento él miraba el reloj por hacer algo y ella lo miraba a él sin dejar de hacer lo que siempre hacía. No es improbable que él pensara: una oveja. Nada sabemos de lo que pudo pensar ella. Levemente inaudito es que dos horas más tarde anduvieran los dos enzarzados en una locura, en un frenesí, de lana y deseo. De todo eso hace ya más de un año y aunque ninguno de los dos entiende de amor, hoy por hoy es sin duda la relación más estable y satisfactoria de todas las que se dan en el inmueble de doce pisos mas planta baja en el que habitan.
    Por lo demás, a nadie puede sorprender que a los amigos y a la familia les costara un poco aceptar la situación. En lo que a la dirección del colegio donde trabajaba como profesor de religión se refiere, es normal que no tardara casi nada en tomar dos decisiones: despedirlo y revisar psicológicamente a todos sus alumnos por si en alguno de ellos se detectaba algún pequeño desasosiego, alguna mínima angustia, o algún leve esbozo de trastorno. Solo uno, el más leído y vivaz de la clase, admitió que algunas noches se despertaba inquieto, después de soñar que contaba ovejas para conciliar el sueño y que su querido profesor corría desnudo tras ellas gritando una y otra vez la misma frase: "corderos de Dios que quitáis el pecado del mundo, venid y dejadme hacer...". 
   Sensible y detallista desde la más tierna infancia, se entenderá que no escogiera las navidades para presentarla a los más allegados, siendo entre otros el principal motivo, la tenaz y ancestral costumbre de su madre de guisar un cordero al horno en esas fechas. Optó por hacerlo en la fiesta de aniversario de su hermana, con la firme convicción de que facilitaría mucho las cosas el hecho de ser vegetariana y estar infelizmente casada con un borrego de mucho cuidado. 
    Ni que decir tiene que ese día se comió poco y en silencio; luego, con el paso del tiempo, las cosas fueron mejorando hasta que por fin dejaron definitivamente de verse y de celebrar fiestas familiares. Era de esperar que al principio, y debido a todo este descalabro, su madre llorara unos diez minutos por la mañana y otros diez minutos antes de acostarse. Un par de meses más tarde, solo lo hacía por las mañanas cuando no tenía otra cosa que hacer; ahora va a nadar todos los martes y los jueves de diez a once y media y ya no llora. Sin duda su padre ha sido el que lo ha llevado mejor, debido, probablemente, a que murió hace más de diez años de una absurda caída de la bicicleta estática.
   Todo eso cabe en la carpeta del pasado. En la del presente apenas la ventana y la luz nueva e incipiente enredándose en los tirabuzones lanosos de ella. Es evidente que no puede haber carpeta para el futuro, por lo que el paseo diario y la barbacoa de verduras en casa de una prima segunda que convive felizmente con un dogo, de alguna manera esperan sobre la mesa para el inmediato acontecer.  
    Si de forma incomprensible su lectura ha llegado hasta aquí, les ruego que no se precipiten a la hora de enjuiciar lo sucedido. Viajen, viajen por Escocia y observen con atención. La costumbre de la lluvia, los lagos desmesurados, todo ese generoso espacio que permite dar cabida a cualquier tristeza por grande que sea y, enmarcadas en verde y niebla, esas dulces ovejas, sin aristas ni agravios, mirándote atentamente a los ojos como si en realidad existieras. Vayan, vayan, y ya me contarán.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -3-



Seis horas de diferencia horaria, algunos miles de kilómetros y alrededor de unos treinta grados de diferencia en lo que a temperatura se refiere. Es evidente que a menudo la vida se pone en broma y, entre risas y contoneos, cruza la calle y se va girando solo por ver si alguien la mira y le ríe las gracias. A nuestras seis que son vuestras doce -algún día te hablaré del tiempo, que es una mentira muy recta con forma de palote y que apenas sirve para nada, es decir, algo difícil de explicar y sin mucho sentido- los que andan metidos más de lleno en las cosas de quererte, es decir, tus padres, comentan que están bien aunque algo "flojitos". No me extrañaría que fuera el hermoso cansancio de llevar a todas partes la enorme cantidad de risas y de besos, de juegos y de sueños, que atesoran para darte.

Enero del 2015.


sábado, 27 de agosto de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -2-



Nieto es solo una palabra y como tal, nada; pero nieto también es una palabra y como tal, todo. Si te parece, intrépido Piratilla, mejor digamos que sus cinco letras intentan, a su manera, explicar esa fiesta a la que se llega dando un rodeo, esa precisa continuidad de lo discontinuo, ese increíble salto sin distancia, ese hermoso futuro que sucede ahora y se deja habitar. 

Enero del 2015.


jueves, 25 de agosto de 2016

Apuntes para el Piratilla Valiente -1-



Es más que probable que de momento, mi querido Piratilla Valiente, lo ignores casi todo de los aviones, el Skype, la legalidad y los jerséis de punto de cruz; y a pesar de ello, estas y otras muchas cosas son las que alrededor de tu deseo de vivir se han ido activando, con la espontánea y precisa función de configurar algo parecido a una bienvenida a esta hermosa y desconcertante forma de ignorar a la que llamamos vida.

Enero del 2015.


viernes, 17 de junio de 2016

No hay tiempo ni cielo para mucho más (Taller de Bremen)



  Hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas; incluso a las palabras más sencillas, esas que suenan mejor, las que tienen más buen corazón, les cuesta adherirse a superficies tan pequeñas, resbalando una y otra vez en sus intentos de alcanzar esas levísimas cumbres de significación. En esas nimiedades inenarrables andan aún enzarzados Bernarda Expósito y Ramón Juneda, compartiendo su hermosa intrascendencia desde el momento en que la bragueta abierta de él hizo que sus caminos se cruzaran.

  Han acumulado días hechos de manteles con migas de pan, de cepillos de dientes gastados, de ropa tendida -acaso la forma más precisa de intentar explicarlos-, de recuento de pequeños agravios, de bolsas de supermercado agujereadas y de resfriados mal curados.  Una vida que parece no necesitar a la vida para ser vivida, como algo que siempre transcurre a un lado de todo lo demás. Sin duda la más terrible pesadilla para cualquier biógrafo.

  De todas formas, un martes sí y otro no -ese insulto mensual que algunos sinvergüenzas insisten en llamar sueldo no les da para más- cenan unos bocadillos y luego van al cine. Ni que decir tiene que siempre les gusta la película, ya que ni el precio de la entrada ni el cansancio del desacuerdo justificarían lo contrario. Luego pasean un rato cogidos de la mano y si alguna noche a la lluvia le da por acudir, abren el paraguas y sonríen como si el guiño de belleza de ese instante los hubiese reconocido. Al llegar a casa -siempre y cuando el sueño acepte esperarse un poco a ser dormido- la excitación de esa pequeña rutina con la que pretenden aliviar la rutina los llevará a follar como lo suelen hacer la buena gente, es decir, con exquisitos modales y con sumo cuidado. Encuentros sexuales más próximos a "Mary Poppins" que a "El último tango en París", pero que suelen propiciar un buenas noches cargado de sinceridad y reconocimiento, de gratitud por ese mutuo regalo que les sirve para rascarse toda la soledad que ya fue y la mucha que sin duda vendrá.

  Cómo no, en ese no suceder está la boca con halitosis del trabajo, esa que día a día, muy despacito, los mastica y los engulle. Ramón Juneda aguantándose las ganas de ir al lavabo por no ensuciar lo que Bernarda tiene que limpiar; Bernarda frotando con meticulosidad la grapadora que acompaña, con asombrosa fidelidad, las absurdas  tareas de Ramón Juneda. Un buscarse, un cuidarse, con la discreción necesaria para evitar las maldades que suelen propiciar esos entornos sucios de sinsentido. No hay tiempo ni cielo para mucho más. 

  Que tarde o temprano Bernarda se irá, eso lo saben los dos. Que se quieren por todo lo que nunca serán, eso solo lo sabe Bernarda. Que el amor y la costumbre comparten armario, eso lo intuye Ramón Juneda y una buena parte del vecindario. Pero de momento el sofá insiste en acoger, noche tras noche, ese prólogo de lo que nadie publicará con una ternura digna de verse. 

  Las zapatillas de estar por casa, el mando a distancia de la tele, una bombilla que a fuerza de ahorrar energía vierte amarilla indiferencia por el comedor, un marco al que le sobra el cuadro, una ventana avergonzada por lo que desde ella se ve, todo parece estar a gusto con ellos y querer configurar una escenografía contenida, expectante, casi respetuosa hacía esa hermosa obra sin texto, hacia ese par de espléndidos comerciales del olvido con descuento.

  Bien pensado, hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas, pero tal vez sean las únicas que en realidad se merecen el esfuerzo de intentarlo.





domingo, 5 de junio de 2016

Será en los entresijos de lo que ha de suceder (Taller Bremen)



  Amanecerá solo para él, y a nadie se le ocurriría poner en duda que, en el devenir sin fisuras que le espera, esa extraña y firme convicción le seguirá colgando de su espléndida sonrisa. Como nadie dudaría de que las cosas se apretujaran asombradas para verle llegar; que se optimizaran los espacios para darle cabida. Incluso sus calcetines finísimos de hombre eficaz aguardarán como de costumbre en el cajón, con gran alborozo y no menor alegría, el momento de exquisita complicidad en que cubrirán unos pies, los suyos, que a pesar de sus pronunciados juanetes, nunca dejarán de ser pies vencedores.

  Ni que decir tiene que algunas mujeres que aun lo ignoran le esperaran en ese cruce de poder y humedad en el que se suelen encontrar aquellos que nunca se reconocen, ni falta que les hace. Ya llueve en esa mañana espléndida que acogerá todas las saciedades posibles. Una lluvia que tal vez será triste y sucia para casi todos, pero no para él, que seguirá inmune a los claroscuros de cualquier transcurrir,  a los cristales sucios y cansados de los cafés, a las sirenas de las ambulancias y a casi todas las esquinas que, con las manos en los bolsillos, se suelen torcer solo por costumbre, como una levísima impostura, un imperceptible desprecio, ante las cosas que apenas importan.

  Quién sería capaz de prever que bajo esa misma lluvia, acechándolo como un depredador desdentado, alguien, sin motivo alguno, irá al encuentro de ese futuro sin mácula. Será en los entresijos de lo que ha de suceder, que el aturdimiento de una noche sin sueño le impedirá, a ese don nadie hecho de pedazos de algo sin sustancia, descifrar por un instante lo que le gritan las franjas rojas y blancas del paso cebra. Será bajo esa misma lluvia que caerá sin ganas que de pronto oirá el frenazo. Alguien, asombrosamente parecido a él, bajará lívido del coche y quedará atónito ante la postura de un cuerpo que se ira perfilando, aquí y allá, con un viscoso repunte de sangre y derrota.

  Faltará un zapato en ese vulgar horror, y un calcetín finísimo de hombre eficaz, abrazado a su juanete, inaugurará algo muy parecido a una inmensa y risible orfandad, a un preciso e irrefutable desamparo.


viernes, 6 de mayo de 2016

Geometrías cansadas -Taller Bremen-



Daban las diez en el viejo reloj del frenopático, aunque bien podrían haber dado las siete ya que allí el tiempo ya ni se acuerda de cómo transcurrir. De seguir con la misma ficción temporal, se podría decir que hacía más de seis meses que  había ingresado Andrés Capella. Aun lo veo, de pie, en medio de un pasillo cuyas baldosas, con su geometría cansada, definen a la perfección cualquier locura; mirando sin ver lo poco que había a su alrededor; su mano izquierda temblando ostensiblemente, la derecha también. Medio año y, a pesar de todos los tratamientos, ninguna mejora. Preso en su enajenada rutina, emborronando día tras día cientos, miles, de folios siempre con la misma frase: "Me deslizo lentamente, con mi mejor sonrisa, hacia una profunda tristeza". 
Un manto rígido, inamovible, como nieve sin voluntad alguna de deshielo, cubría día tras día su único pensamiento. Una y otra vez escribiendo las mismas palabras, en el mismo orden, y musitando en voz baja, como la absurda plegaria a un Dios desatento, "hay que mejorar, hay que mejorar". Ese era el bucle, la desesperanza en la que se arropaba Andrés Capella. Convenientemente etiquetado, catalogado y profesionalizado, nada ni nadie podía -ni tal vez quería- prever el fondo de ese abismo.
Hasta aquí lo sucedido sería una versión vulgar de lo que suele suceder, otro borrador inacabado de ese pésimo guionista a sueldo de las vidas de tapa blanda. El portazo lo dio Kevin que con sus seis años y sus diez mil rizos deshizo el entuerto entre dos juegos, un vaso roto y algunas risas. 
- Estate quieto y deja ensuciar esos papeles, Kevin. Anda, dale un beso a tío Andres y dile que se mejore. 
Cruzando el folio en diagonal, con letras gruesas y desobedientes, como si todas a la vez hubiesen decidido romper filas, se podía leer: "Me eslizo entamente con i meor tistesa hasia una pofunda sonnrisa".
Fue en el recuento rutinario de ayer, tres de Mayo, a eso de las nueve, cuando se percataron de su ausencia. La cámara de seguridad pudo grabarle saliendo con paso tranquilo y por la expresión de su cara se diría que casi alegre. Nada se ha sabido desde entonces de Andrés Capella, aunque, bien mirado, eso nada tiene de excepcional. ¿Acaso hay alguien que sepa algo de nadie?




miércoles, 20 de abril de 2016

Leve rectificación relacionada con la presentación de "Los días hábiles"...



Hechas las oportunas consultas, y según parece de forma excepcional, este año la Asociación de Amigos del Libro Sin Leer ha decidido que Sant Jordi no caiga el domingo día 24, como mi entrada anterior mentía (ya corregí el gazapo), sino el sábado 23. Ruego a ustedes me sepan disculpar (y más a los que ya están haciendo cola) e insisto: la caseta, el libro, los gemelos y la cola multitudinaria será el sábado 23, y no el domingo (he telefoneado a mi doctora de cabecera y me ha dicho que no me preocupe, a mi edad es normal confundir la noche de Navidad con la verbena de San Juan).

martes, 19 de abril de 2016

Los días hábiles



Érase una vez dos gemelos muy distintos -el uno algo mayor que el otro- que alumbraron, sin saber cómo y a duras penas el por qué, un libro. Al verse obligados, por tradición y costumbre, a ponerle un título, el gemelo mayor decidió que "Los días hábiles" podría ser una buena opción, teniendo en cuenta que los días torpes e inútiles, siendo tan numerosos, no merecían atención ni ternura alguna. Según parece, en dicho libro convivían relatos chiquitos (esos que apretujan una historia, la podan, la exprimen, la depuran, la recortan, la "bonsaizan" y a lo poco que queda le quitan la mitad y luego la publican), con fotografías también chiquitas (esas que apretujan una historia, la aquietan, la adormecen, la recortan, la fijan, la comprimen -o la expanden- y a lo poco que queda no le quitan la mitad, pero tampoco suelen publicarla).
Pues bien, esa tierna criatura recién impresa se presentó en suciedad -tal y como están las cosas, les engañaría si les dijera que quise decir sociedad-, el día de Sant Jordi, siendo algo casual y sorprendente que coincidiese con esa fecha en la que, como todos todos ustedes ya deben saber, la gente suele leerse las rosas y disfruta oliendo los libros.
Solo añadir que para la historia quedaran los diecisiete kilómetros de cola que se configuró para llegar al Portal de Serial -léase caseta- (según parece, los últimos aprovechaban la espera para tomarse un vermut en L'Espinaler, entrañable bar situado en el centro histórico de Vilassar de Mar), así como los veintisiete rotuladores, veinte de color negro y siete de color azul, que fueron necesarios para poder llevar a cabo las dedicatorias -con la justa emoción y contenida lascivia que estas brevedades requieren-, que toda esa expectante multitud les solicitó. 
Es de lamentar que todo y las diecinueve reediciones, hoy en día sea casi imposible conseguir un ejemplar de "Los días hábiles" -coleccionistas e inversores de distintas nacionalidades son los principales responsables-, pero si alguien quiere intentarlo, este sábado, 23 de Abril, en la caseta ubicada en el Paseo de Gracia,  49 -Ediciones Serial-, tal vez les sonría la fortuna y puedan hacerse con alguno (con el aliciente añadido -tomen buena nota- de que el gemelo mayor y el menor parece ser que han confirmado su asistencia).


jueves, 14 de abril de 2016

J.H.Pilates (Taller Bremen)



  En su descargo se podría decir que nada hacía prever el desenlace, pero aún así no fue del todo correcto que J.H. Pilates se lavara las manos. También es cierto que antes de la fatídica clase, Brian había quedado con sus doce amigotes -en realidad once y el cabroncete de siempre- y que el cocido con todos los anexos correspondientes, la pierna de cordero y la crema de Judea con nueces, no era manjar adecuado para practicar ningún tipo de estiramientos en los treinta días siguientes. Eso por no hablar de la generosidad y rapidez con que las jarras de vino vaciaron su alma en la de los comensales y la mala leche del propietario del chiringuito al servirles como digestivo queroseno de color verde manzana.

  Pero ni esa imprudencia gastronómica, ni el hecho conocido por todos de que la elasticidad de Brian no le permitía rascarse los huevos sin forzar las cervicales, justifica que esa tarde a J.H.Pilates le diera por llevar las cosas hasta ese extremo. Tampoco parece que fuera una excelente decisión colocar, a derecha e izquierda del congestionado Brian, a un par de alumnos -el mejor y el peor de la clase- para propiciar las siempre odiosas y eternas comparaciones. Eso por no hablar de la bromita, muy parecida a una maldad, de proponer al grupo, un poco antes de que se escuchara el terrible crujido, si preferían que descoyuntase al bueno de Brian o al malo de Blas. Y es que una cosa es "posturear" un poco para desperezar la musculatura y otra muy distinta es hacer que esta abandone para siempre el hueso, se desentienda de los tendones y rompa definitivamente las obligaciones, usos y costumbres que hasta la fecha llevaba a cabo en esa agrupación de quehaceres que conocemos como cuerpo.

  No ha de sorprender a nadie que el tema, ya de por sí confuso y propicio al desacuerdo, ande ahora en manos de las dos justicias, la divina y la humana. Según parece ambas coinciden en la extrema lentitud de sus correspondientes procesos y en condenar enérgicamente a J.H.Pilates. En lo que no ha sido posible llegar a un mínimo acuerdo es en el tipo de pena. La divina insiste en que sea cadena perpetua aderezada con las brasas y molestias habituales; la humana, siempre más propensa a  la crueldad innecesaria, solicita que se le condene a contemplar, tres veces al día, un video de media hora en el que se reproduce, en formato bucle, a Jose María Aznar riéndose.

  En lo que al pobre Brian se refiere, ya ha perdido la cuenta de los años que lleva inmóvil, en esa postura que le imposibilita abrazar, rascarse, señalar y ni siquiera parar un taxi. En unas declaraciones que hace un par de meses hizo para la cadena Disney Channel, y que no llegaron a emitirse por considerarse levemente  irreverentes y decididamente rencorosas, afirmaba, entre otras cosas, que el único consuelo que le queda es que su desgracia sirva para que la gente aprenda a no estirar más el brazo que la manga; que lo importante no es llegar más lejos, sino alejarse más de los que llegan; que ha recibido algunas ofertas para hacer publicidad de desodorantes y que las ha rechazado; que perdonaría a J.H.Pilates pero no sabe cómo cambiar de postura; que quien mucho abarca  suele padecer distensiones; que más vale la mano en el pájaro que cien cruces volando. Divagaciones que a menudo suele aderezar con un: ¡Dónde coño andará mi padre!

sábado, 2 de abril de 2016

Breve historia del pie que consiguió humillar a la parca (Taller Bremen)



 Colgando de los dedos del pie el zapato oscila con una cadencia de ola chiquita; un vaivén lento y sensual que rompe, una y otra vez, en la incomprensible arena de ese instante. Y eso que Juan Antonio, su amigo de toda la vida, era alegre y de abrazo fácil, y el momento que las cosas de su muerte propicia no debería de acoger nada que no fuera la profunda tristeza de su pérdida; pues no señor, ahí lo tienen ensimismado, desconcertado, absorto en ese pequeño pie que ha conseguido desalojar, de las distintas sombras que se vierten y confunden por el tanatorio, a la mismísima parca, y que dada la inquietud y el escándalo que lentamente se van configurando en sus pantalones, va en camino de hacer exactamente lo mismo con él.

  Vanos son sus esfuerzos de convocar, para que intenten remediar lo irremediable, algunos recuerdos de su niñez; por ejemplo cuando Juan Antonio y él alardeaban de su dominio con la bicicleta delante de un grupo de niñas a las que se les caían las risitas por los suelos; niñas con trenzas y rodillas huesudas que poco a poco se iban distanciando de las torpezas y boberías que ambos colgaban de la palabra amistad. Como vanos son también sus intentos de romper ese inexplicable y súbito deseo obligándose a compartir algunas de las previsibles frases con las que se suele acudir a cualquier entierro.  Se escucha decir, extrañado como si alguien hablara desde él y por él, que Juan deja tres hijos y una mujer; que llevó la enfermedad con gran valentía y dignidad; que era un buen hombre y que no es justo que la muerte le preste atención a alguien que tenía tanta vida por delante; pero entre frase y frase sus ojos siguen escrutando con avidez ese pequeño pie cuyo movimiento va dibujando lentamente una poderosa e irrazonable razón, un argumento irrebatible, un abismo que diluye y confunde cualquier otra cosa que no sea la creciente e inaplazable necesidad de precipitarse en él.

  Ni que decir tiene que a su alrededor las cosas, desconcertadas por no saber ya lo que son, han ido perdiendo el significado que se esperaría de ellas en una ocasión como esta. Prueba de ello es que él ni siquiera percibe el olor a tiempo gastado de las coronas de flores, algo que nunca pudo soportar, ni consigue entender una sola palabra del texto que alguien lee, entre balbuceos y con los ojos arrasados de lágrimas; incluso le incomodan los abrazos que se suelen prodigar en estas circunstancias, dado que le obligan a levantarse y perder de vista, por unos instantes, eso que con tanta fuerza le requiere.

  Fácilmente se entenderá que no podía ser él quien rompiera el embrujo. Un súbito movimiento, un absurdo cambio de postura, y de forma incomprensible ese universo comprimido, esa gravedad irresistible, se convierte de nuevo en algo razonable y vulgar: un pie dentro de un zapato. De pronto las coronas de flores ya huelen a tiempo gastado; también en ese mismo instante, y sin previo aviso, entra la tristeza que, aun desconcertada, le busca los ojos para humedecerlos; todo parece ser de nuevo lo que se espera que sea; incluso la sisa de sus pantalones deja de incordiar reclamándole un poco más de holgura.

  Se acomodan las cosas con rapidez en el lugar correcto, y justo en el mismo segundo que por fin enmarca y acoge ese orden, un perfume recita en el cuello de una mujer desconocida, que le abraza conmovida por la irreparable pérdida, un hermoso texto que hace que todo vuelva a empezar.

  Una bata gris dentro de la cual se ciñe un hombre configura de nuevo la ficción del tiempo, dando definitivamente por finalizada esa sucesión de despropósitos. Son las seis y el tanatorio tiene que cerrar. Manoteando los trocitos de culpa que le han quedado en los bolsillos, echa una última ojeada al féretro donde, precipitadamente, se  va convirtiendo en algo que no se entiende su amigo Juan Antonio. Juraría, de no ser eso una estupidez, que un amago de sonrisa en su rostro de muerte le busca para establecer la última complicidad. Por si acaso, él se la devuelve.

domingo, 6 de marzo de 2016

La grapadora (Taller Bremen)



  No parece, a diferencia de todo lo demás, que le despierte curiosidad alguna, ni que tenga la más mínima necesidad de formularse una opinión, y a pesar de ello la grapadora observa atentamente a Ramón Juneda. Es probable que este, su primer día en el Departamento de Compras, sea muy parecido al que, tarde o temprano, será el último, a excepción, claro está, de los rumores y maldades que con frecuencia suelen acompañar a cualquier novedad. Cabe también en lo normal, tratándose de él, que lo peor lo frecuente y acuda puntual a su encuentro, siendo prueba irrefutable de ello el hecho de que lleve la cremallera de la bragueta abierta. Distintas miradas, casi todas estúpidas, recorren una y otra vez la distancia que separa sus ojos grises y miopes de sus pantalones. Aunque nadie lo diga, todos agradecen que el silencioso consenso de la burla alivie un poco esa molesta presión sobre las horas que suele ejercer cualquier mediocridad.

- Le presento a Mari Luz Ramirez, responsable del departamento y -esto lo adereza con un fugaz guiño- mi mano derecha.

  Admitiendo que apenas importe, algo en la forma de moverse y en la sinuosa raya de sus medias indica que Mari Luz también suele participar, con cierto entusiasmo, de la mano izquierda, así como del resto de los apéndices y extremidades, del Director. Pero eso, debido a su forma de ser, jamás lo pensaría Ramón Juneda, aunque sí lo hacían, con gusto y a diario, casi todo el personal de la oficina.

- Permítame también que le presente al Sr. Sotogrande, que será quién compartirá con usted la tarea de entrar los pedidos y mantener en perfecto orden los archivos.

  Tampoco sería de gran dificultad llegar a la conclusión de que el bigote ralo del Sr. Sotogrande cimenta, evitando así su caída,  una expresión cuyo significado tal vez podría generar algún desasosiego, pero sin duda ningún desacuerdo. Sin la breve y necesaria reflexión, se diría que en dicha expresión hay suficiente espacio para dar cabida, con holgura, a todos los bostezos que las innumerables quijadas han propiciado desde el inicio de los tiempos, pero con algo más de detenimiento, a un buen observador se le haría evidente que en sus ojos chisporroteaba alternativamente una envidia adaptable a casi todo y un rencor de esos que ignoran su porqué. Sencillo pero no insensible, al estrechar su mano Ramón Juneda sintió una leve punzada en su vesícula que su falta de maldad quiso atribuir a que eran las once y estaba en ayunas.

- Al fondo, justo detrás de aquellos archivadores, tiene usted los servicios y un cuartito con una máquina de café. Estoy convencido de que no será necesario recordarle que los diez minutos para desayunar no pueden ni deben de ser quince, ni mucho menos veintidós. La señorita Mari Luz es la responsable, entre otras cuestiones, de que se cumpla todo lo concerniente a horarios y normativas.

  Aparentemente las instrucciones parecen sencillas. Solo hay que introducir una moneda de un euro y apretar el botón de la bebida seleccionada -en este caso un café con leche descafeinado y sin azúcar-, pero la máquina empatiza rápidamente con Ramón Juneda, lo reconoce, y la forma más eficaz que se le ocurre de demostrárselo es verter el líquido y evitar que caiga el vaso. Justo en ese instante de total desamparo, en ese momento en que los dioses suelen mirar hacia otro lado, entra una mujer y con ella una historia.

- Buenos días; soy Bernarda, la encargada de limpiar lo que ustedes ensucian.
- Hola, buenos días; me llamo Ramón Juneda y soy nuevo en el departamento.
- Pues para ser nuevo va usted muy deprisa.
- Perdone, no la entiendo.
- Que lleva usted la bragueta abierta y esas confianzas suelen dejarse para cuando uno lleva un poco más de tiempo.

  Muy al contrario de lo que suele ser habitual, Ramón Juneda consigue hacer tres cosas a la vez de forma coordinada y precisa: sonrojarse, sonreír y cordarse la bragueta. Bernarda lo tiene más fácil y solo tiene que devolverle la sonrisa.

   Muchas son las vicisitudes, innumerables los azares, que convoca cualquier amor. Como no podía ser de otro modo, lo mucho de lo poco que en el de Bernarda y Ramón quiso suceder, anduvo en levedad, sencillez y hermosura, pero lamento comunicarles que ese juego de posibles pertenece a otra historia y no procede hoy y aquí relatarla.

sábado, 13 de febrero de 2016

El cansancio de conocerse (Taller Bremen)



Seis mil doscientos veintiséis búhos los observan con precisión y desinterés. Los hay de madera, de cerámica, de plástico, de metal y de distintos tamaños. En el cristal de la ventana que vierte la luz sobre su mesa hay cuatro moscas. Dos están copulando y las otras dos no. Podría decirse que las baldosas del suelo acogen tres colores y  distintas simetrías. A nadie parece molestar que el comedor del balneario huela un poco a podrido, ni que una gota de sudor en la cara del camarero no se decida sobre que plato debe saltar. Cualquiera que prestase un poco de atención vería que en el ambiente hay algo parecido a un pacto secreto entre todas las cosas para que nada importe demasiado. En el silencio de siempre, los dos comparten la angustia de saber que les esperan siete largos y arduos días de vacaciones sin nada que decirse. 

- ¿Ya saben qué van a tomar?
- Yo de primero sopa de verduras; y de segundo el pescado.
- A mi me pondrá una ensalada y el bistec. Poco hecho, por favor.

Las moscas que copulaban ya no lo hacen. Las que no lo hacían tampoco se deciden a hacerlo. La gota de sudor por fin ha optado por saltar en un plato de macarrones a la boloñesa de la mesa trece.

- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué dices?
- Qué cual es su nombre.
- ¿Qué pregunta es esa? ¿Te encuentras bien?
- Me encuentro perfectamente, solo que me gustaría saber  cual es su nombre.
- Sabes perfectamente que no me gustan los juegos ni las bromas, y mucho menos las que no tienen  ninguna gracia.
- Entiendo que mi pregunta la incomode. Usted no me conoce de nada. Debí de empezar por decirle el mío. Me llamo Pedro, pero si usted quiere puede llamarme Luis, o como le apetezca. 
- No seas idiota, Juan, y déjate de bobadas. Vamos a empezar bien las vacaciones.
- ¡Qué estupenda coincidencia! Yo también tengo unos días de vacaciones. 
- Me estás asustando. ¿Quieres que llame a un médico?
- No tiene nada que temer. Solo que me gustaría compartir estos días con usted. No hay nada más deprimente que mezclar aguas termales con soledad.

Parece que ahora los seis mil doscientos veintiséis búhos los miran con los ojos un poco más abiertos que hace un rato. Las cuatro moscas han dejado la ventana y están posadas en un pastel de queso. Tres son ahora las intrépidas gotas de sudor que se aferran al rostro del camarero. 

- Vamos a la habitación y te estiras un rato, Juan. 
- Me gusta usted. Es una mujer decidida y que no se anda con tonterías. Me encantará subir con usted. Si le parece, puedo pedir que nos traigan una botella de lo que más le apetezca.

En el ascensor ella lo mira perpleja y el sonríe. Justo delante de la puerta de la habitación ya sonríen los dos.  Al poco rato, ya son tres los clientes que se quejan en recepción del ruido y los gemidos. Ninguno de los dos recuerda el tiempo que hacía que no follaban con tanta intensidad. El resto de la noche se la pasan conociéndose y hablando, y es que siete días, por fin, pasan volando.



jueves, 28 de enero de 2016

El inhabitable reflejo de lo mismo (Taller Bremen)



Como es sabido, las muertes sin modales, como los portazos, amilanan entendimientos y razones. No es improbable que el río, que acogiéndolos zanjó para siempre la cuestión, sepa ahora de los motivos mucho más de lo que nadie les pueda contar. Tal vez no sea necesario insistir en que el sinuoso olvido de sus aguas sabrá guardar para siempre su secreto. De todas formas, y aunque solo sea para aliviar la curiosidad y el tedio de algunos, puede mentirse que la historia comenzó con acritud y disputas. Este correo electrónico, enviado por Narciso tres meses antes del fatídico salto, así lo atestigua:

- Con gran sorpresa y mayor estupefacción, al entrar ayer por casualidad en el blog en el que usted suele colgar algunas de sus supuestas fotografías, me percaté de que ha tenido la desfachatez de apropiarse de una que hice recientemente en el Rastro de Madrid, y que en su día publiqué en mi propia página. No solo la ha colgado sin mi permiso, sino que la firma como suya. Espero que la retire inmediatamente, sin que eso deba eximirle de las necesarias disculpas.

Como era de esperar, no tardó Pedro en armar razones e improperios para devolver el golpe: 

- No le conozco, ni tengo en mis prioridades intentarlo, pero a raíz de lo que miente en su correo he visitado su blog y el que ha quedado consternado he sido yo. Esa fotografía a la que usted se refiere, no sólo no la hizo usted, sino que por motivos que desconozco, pero que no deben de andar muy lejos del trastorno mental, se atreve a recriminarme que me la haya apropiado. Le podría decir día, hora y forma en que la tomé, pero no considero que el despropósito que ha construido merezca el esfuerzo. Si su médico y el tratamiento se lo permiten, discúlpese usted.   

No añadiría nada de interés lo que se dijeron en los mensajes siguientes, tal vez algo más el que por curiosidad y cansancio ambos decidieran concertar una cita en un bar pálido, sucio y enfermizo de la Barceloneta. Para adecuar la escenografía los dos acudieron al encuentro cargados con cámaras, trípodes y toda la artillería que el vicio de la luz suele requerir. Era evidente que Narciso andaba en tratos con el descaro y la ternura; curiosamente, Pedro se codeaba con idéntica desenvoltura con la ternura  y el descaro. Nada compartían los dos  con  las distintas propuestas que la fealdad suele defender. 
Dos cafés fueron testigos de lo que ustedes tal vez no creerán y tampoco importa. No una, sino muchas de las imágenes que ambos se iban mostrando eran idénticas en luces y encuadre, en lineas y perspectivas, en intención y belleza. Antes de ni tan solo intentar comprender lo que sucedía, acordaron citarse de nuevo, siete días más tarde y en el mismo lugar, y traer los dos algunas fotografías con el único requisito de que fueran tomadas en las Ramblas y a cualquier hora del día.
Esta vez fueron dos cervezas las que establecieron el marco necesario para dar cabida a la perplejidad. Imágenes casi idénticas a excepción de levísimos matices que solo serían apreciables para aquellos que gustan de lo polémica y el incordio.
Luego, con el paso de los días, se percataron de que esa incomprensible duplicidad, esa absoluta coincidencia, esa idéntica mirada atrapada en sus cuatro ojos, no solo se daba en sus fotografías, sino que se hacía extensible a sus miedos y a sus palabras, a sus silencios  y a sus lecturas, a su cansancio y a su forma de sonreír.
Todo era igual entre ellos, y amontonaron fracasos en el intento de encontrar el resquicio de alguna diferencia que les permitiera despertar de esa horrible pesadilla. El azar de lo peor hizo que no tardaran en caer en el engaño de quererse. Luego, el hermoso e inhabitable reflejo de lo mismo los dejó para siempre sin tiempo y sin orillas. Un titular estúpido, y diez lineas precipitadas en el apartado de sucesos del diario, fue todo lo que la historia quiso depararles.



viernes, 15 de enero de 2016

Ciento volando (Taller Bremen)


LUNES 
Según parece, las locomotoras no dudan y los vagones no saben; tal vez sea por eso que a lo único que presto atención de los trenes es a su paisaje.
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Los días de lluvia perdemos identidad, consistencia, nos desdibujamos bajo una luz que no necesita exactitud ni permanencia (necesaria distorsión de los contornos que erróneamente reconocemos como nuestros). Se abre entonces, como una flor de cristalina nada, un hueco esencial en el que es posible refugiarse de los nombres de las cosas. Los días de lluvia no mienten.
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Picotea el pájaro nocturno muy cerca de los apellidos. Es un juego sin risa para poner a prueba el miedo de todos aquellos que no quieren jugar al todo y olvido.
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Palabras que desconoce un pez: Neptuno; esperanza; humedad; submarino; trompeta;  pecera;  fe;  compasión; pez.
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Habrá que andarse con cuidado; caminamos descalzos por los cristales rotos del alma.
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Kevin Carter. Premio Photo Press 1994.
Dios creó al buitre y permitió el hambre. Enflaqueció al niño y engordó al tirano. Inventó las imágenes y nos condenó a verlas. Impuso un orden y nos dejó opinar. Hizo estallar el Universo y nos dio un idioma para poder contarlo.
Si Dios fuera nuestro padre, deberíamos abandonar inmediatamente su hogar.
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La necesidad inaplazable de ti, de mi idea de ti, que eres tú sin serlo.
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La chica del restaurante. Ningún misterio es más profundo que el pequeño agujero de tus medias. Nada más triste ni más alegre, nada más cierto e incomprensible, que esa pequeña herida sin sangre que te reviste de infinita soledad y ternura.

MARTES
Escribir la historia de dos hombres sin el menor rasgo de egoísmo que coinciden ante una puerta. Pasan los años y no consiguen cruzarla.
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Obviedad: la vida se cura con reposo absoluto.
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Se puede hablar por hablar; hablar para no estar solo; hablar por miedo al prójimo e incluso hablar para poder tener una opinión.
Se puede callar por callar; callar para no estar solo; callar por miedo al prójimo e incluso callar para poder tener una opinión.
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Un perro en la autopista es una metáfora precisa.
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Escribir es barnizar una y otra vez la carcoma para protegerla de la insaciable vida.
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Las palabras van llenando los espacios, se van acomodando en los rincones hasta conseguir que el filo de la noche no nos preste atención.
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Tema para una reflexión trascendental. ¿Por qué no solemos pedir pies de cerdo en el restaurante cuando se trata de nuestra primera cita?
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Navidad. Cuelgan sus abrigos en mi nariz y siguen parloteando.
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De las cosas de la muerte me ocuparé cuando esté muerto; de los sueños, cuando sueñe; cuando os preste atención, del infierno; cuando te vayas, del olvido; cuando llegue el cansancio, del tiempo; pero ahora sólo quiero ocuparme de ser la lluvia que está lloviendo y de llevar los niños al colegio.
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Es harto difícil follarse una cuestión.
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Propósito. Escribir con los ojos lo que otras manos tal vez lean.

MIÉRCOLES
Me gusta comerme la geografía; beberme los paisajes.
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Si se atrapa una mosca en un vaso se consigue una bella metáfora del hombre y su destino: cielo aparente; soledad absoluta.
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Música para una boda. Bob Marley se fue a la ermita y de nuevo aparecieron lobos bipolares aullándole a una luna poblada de notarios. A partir de ese instante Buñuel se hizo previsible, Max Aub funcionario y la noche un largo y preciso calvario. 
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Alejandra Pizarnik. Dijo poema // Se comió sus vísceras. // Luego ya no supo quien cantaba // ni de que mar huía su ola. //  Saltó a la nada // triste de sonrisas.
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Recuerdo la fábula del cazador que quería cazar la luna y aunque nunca lo consiguió logró convertirse en el mejor arquero del mundo (no puedo dejar de preguntarme por la luna y su previsible risa; por el cansancio del arco; por la opinión de la flecha; también por la extraña tozudez de lo excelso).
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Tus pies descalzos, // bajo la mesa, // y en tu risa // todo el olvido que deseo. 

JUEVES
El calamar, como el escritor, suelta tinta para escapar de sus feroces depredadores.
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Como un mago sin chistera, saco los conejos de mi mismo (intentar no inquirir el sentido, sino dárselo).
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Por la callecita sube el dinosaurio con la tranquilidad del que se sabe extinguido.
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Constatación: la idiotez es transcultural,  transnacional, transoceánica y transportable, pero en absoluto debe considerarse transitoria.
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La flecha sabe más que la estupidez: si no llega, cede.
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Pánico en el supermercado. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses hubiesen desertado. Regurgita palabras sin digerir; emite sonidos altamente contaminantes; no sabe lo que dice pero insiste, immisericorde, en decirlo. Una merluza con los labios perfilados habla como si los dioses nos hubiesen abandonado.

VIERNES
El único que sabe de amor es el rebeco; el hombre, como la mosca, interroga el cristal.
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El verano se le subía despacio por los muslos. Breves y tristes suicidas merodeaban su instante. No había más tiempo que su piel.
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No existe límite alguno en lo que a sanar al prójimo se refiere. Tanto es el bien que algunos te desean que serían capaces de cualquier cosa, incluso de eliminarte a pedradas, para ayudarte a conseguirlo. Habrá que protegerse de la bondad, esa monja atómica lanzada sobre Hiroshima.
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Patentar. Para incontinentes verbales, compresas todo plumas pero con nada de alas. Evitan manchas y desagradables olores en las conciencias ajenas.
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Las ventanas, con su mirar pausado, saben de todo lo innecesario. Prueba de ello  es que en cualquier bar hay gente que les da la razón mientras beben cerveza y se enredan, sin ganas, en el oscuro ovillo de lo que no puede ser nombrado.
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Buscaba un modelo, una guía, una verdad, una fe; tal vez tenía miedo. La nieve, sin prestarle la más mínima atención, oficiaba su silenciosa liturgia.

SÁBADO
La mentira es el origen de todas las cosas. Alguien tuvo que mentir, es decir, no ajustarse a ninguna verdad, para crear el mundo.
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Militaba en la verdad. Esperaba un premio sólo por esperar. Algunos domingos negociaba con Dios un intercambio de dudas por eternidad.
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Postal de Bilbao. Cada chapela lleva puesto su hombre y la suma de esos hombres, desde ese instante suyo noble y pausado, configura de forma incomprensible la ría y el verde sucio con que el tiempo la nombra. Oxido, vino y una espera de sal y orgullo, algo parecido a un pacto de reciedumbre. Luego están la lluvia y sus cosas; las sombras atrapadas en algunas miradas; ese cielo que sólo quiere ser de allí;  los vozarrones que se alzan por encima del destino para luego volver al mar; las barcazas arrastrándose entre esto y lo otro, casi obscenas, deliberadamente indiferentes al olvido y sus quehaceres; y los peces, que a pesar de lo que digan los ávidos y los necios, ni son ni quieren ser otra cosa que peces. 
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En el país de los mentirosos, una mentira es verdad (menos x menos = más).
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Fe de erratas: el pájaro no goza de libertad, sino de alas.
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Aviso. Cualquier día de estos me desobedezco, me acoso, me denuncio, me despido de una forma tan completa y absoluta que de mi actividad mal remunerada sólo quedará el hueco de una risa a las puertas de la nada.
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Hechas las pruebas pertinentes, y a pesar de los patéticos esfuerzos de príncipes innumerables, se ha podido constatar que la rana era sólo rana y a Dios gracias.  
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Somos un curioso invento en busca del para qué.
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No debería fiarme de todo lo que me dicen; en la boca pueden prosperar más de 400 variedades de bacterias. 
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Se da en Galicia una cierta confusión de elementos entre lo mineral y lo vegetal. Que yo recuerde: un farol árbol con su floración de luz; una piedra musgo, húmeda, esponjosa, triste por no recordar nada a pesar de que desconocía el olvido; un río de metal inquieto; un bosque cuchillo buscando el cielo para saldar alguna deuda antigua de sombras y silencios. También una calle en la que ardía la noche, un perro quieto y herrumbroso y un pueblucho que no sabía donde ir.
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Escucharía de buen grado sólo a los nacionalistas que no saben que lo son por idéntico motivo que gusto de contemplar a los pájaros porque desconocen su aérea condición (dicho de otra manera: me gusta el pulpo gallego porque no sabe que es un pulpo y mucho menos que es gallego).

DOMINGO
Miles de personas mueren cada año por picaduras de serpientes. Miles de serpientes mueren cada año sin haberme picado.
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París. Criadas negras pasean niños blancos por los verdes parques en una tarde gris (orden social cromático).
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Según se mire, todo es igual. Si prescindimos de la esperanza, de cualquier esperanza, una mula y un jarrón de porcelana son exactamente lo mismo.
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Escribir es una compleja forma de eyacular. Soltamos algunas palabras con un leve estremecimiento; luego viene la tristeza a amargarnos el polvo literario (tal vez si Kafka hubiese follado a discreción no habría escrito ninguno de sus libros).
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Me sé de memoria todos los tobillos.
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Diría que ha pasado un día, pero lo cierto es que no tengo la más mínima idea de dónde venía y hacia dónde se ha ido.
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Os voy a decir palabras para que vosotros me expliquéis lo que no significan. Os diré luna y bizcocho para ver si sois capaces de no saber qué es luna y bizcocho; de comeros la luna y dejar que la luz del bizcocho se pose en vuestras sábanas. A ver quién es el listo de no saber todo lo que sabe.
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Duda metafísica. Si Él es el impulso y yo la bicicleta, quién cojones toca el timbre.
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No hay manera de ser algo durante un buen rato. Apenas me descuido, y ahí estoy de nuevo siendo nada entre nada.
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Amo tu inteligencia, agazapada entre el silencio de los cañizos de la muerte.