jueves, 28 de enero de 2016

El inhabitable reflejo de lo mismo (Taller Bremen)



Como es sabido, las muertes sin modales, como los portazos, amilanan entendimientos y razones. No es improbable que el río, que acogiéndolos zanjó para siempre la cuestión, sepa ahora de los motivos mucho más de lo que nadie les pueda contar. Tal vez no sea necesario insistir en que el sinuoso olvido de sus aguas sabrá guardar para siempre su secreto. De todas formas, y aunque solo sea para aliviar la curiosidad y el tedio de algunos, puede mentirse que la historia comenzó con acritud y disputas. Este correo electrónico, enviado por Narciso tres meses antes del fatídico salto, así lo atestigua:

- Con gran sorpresa y mayor estupefacción, al entrar ayer por casualidad en el blog en el que usted suele colgar algunas de sus supuestas fotografías, me percaté de que ha tenido la desfachatez de apropiarse de una que hice recientemente en el Rastro de Madrid, y que en su día publiqué en mi propia página. No solo la ha colgado sin mi permiso, sino que la firma como suya. Espero que la retire inmediatamente, sin que eso deba eximirle de las necesarias disculpas.

Como era de esperar, no tardó Pedro en armar razones e improperios para devolver el golpe: 

- No le conozco, ni tengo en mis prioridades intentarlo, pero a raíz de lo que miente en su correo he visitado su blog y el que ha quedado consternado he sido yo. Esa fotografía a la que usted se refiere, no sólo no la hizo usted, sino que por motivos que desconozco, pero que no deben de andar muy lejos del trastorno mental, se atreve a recriminarme que me la haya apropiado. Le podría decir día, hora y forma en que la tomé, pero no considero que el despropósito que ha construido merezca el esfuerzo. Si su médico y el tratamiento se lo permiten, discúlpese usted.   

No añadiría nada de interés lo que se dijeron en los mensajes siguientes, tal vez algo más el que por curiosidad y cansancio ambos decidieran concertar una cita en un bar pálido, sucio y enfermizo de la Barceloneta. Para adecuar la escenografía los dos acudieron al encuentro cargados con cámaras, trípodes y toda la artillería que el vicio de la luz suele requerir. Era evidente que Narciso andaba en tratos con el descaro y la ternura; curiosamente, Pedro se codeaba con idéntica desenvoltura con la ternura  y el descaro. Nada compartían los dos  con  las distintas propuestas que la fealdad suele defender. 
Dos cafés fueron testigos de lo que ustedes tal vez no creerán y tampoco importa. No una, sino muchas de las imágenes que ambos se iban mostrando eran idénticas en luces y encuadre, en lineas y perspectivas, en intención y belleza. Antes de ni tan solo intentar comprender lo que sucedía, acordaron citarse de nuevo, siete días más tarde y en el mismo lugar, y traer los dos algunas fotografías con el único requisito de que fueran tomadas en las Ramblas y a cualquier hora del día.
Esta vez fueron dos cervezas las que establecieron el marco necesario para dar cabida a la perplejidad. Imágenes casi idénticas a excepción de levísimos matices que solo serían apreciables para aquellos que gustan de lo polémica y el incordio.
Luego, con el paso de los días, se percataron de que esa incomprensible duplicidad, esa absoluta coincidencia, esa idéntica mirada atrapada en sus cuatro ojos, no solo se daba en sus fotografías, sino que se hacía extensible a sus miedos y a sus palabras, a sus silencios  y a sus lecturas, a su cansancio y a su forma de sonreír.
Todo era igual entre ellos, y amontonaron fracasos en el intento de encontrar el resquicio de alguna diferencia que les permitiera despertar de esa horrible pesadilla. El azar de lo peor hizo que no tardaran en caer en el engaño de quererse. Luego, el hermoso e inhabitable reflejo de lo mismo los dejó para siempre sin tiempo y sin orillas. Un titular estúpido, y diez lineas precipitadas en el apartado de sucesos del diario, fue todo lo que la historia quiso depararles.



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