sábado, 13 de febrero de 2016

El cansancio de conocerse (Taller Bremen)



Seis mil doscientos veintiséis búhos los observan con precisión y desinterés. Los hay de madera, de cerámica, de plástico, de metal y de distintos tamaños. En el cristal de la ventana que vierte la luz sobre su mesa hay cuatro moscas. Dos están copulando y las otras dos no. Podría decirse que las baldosas del suelo acogen tres colores y  distintas simetrías. A nadie parece molestar que el comedor del balneario huela un poco a podrido, ni que una gota de sudor en la cara del camarero no se decida sobre que plato debe saltar. Cualquiera que prestase un poco de atención vería que en el ambiente hay algo parecido a un pacto secreto entre todas las cosas para que nada importe demasiado. En el silencio de siempre, los dos comparten la angustia de saber que les esperan siete largos y arduos días de vacaciones sin nada que decirse. 

- ¿Ya saben qué van a tomar?
- Yo de primero sopa de verduras; y de segundo el pescado.
- A mi me pondrá una ensalada y el bistec. Poco hecho, por favor.

Las moscas que copulaban ya no lo hacen. Las que no lo hacían tampoco se deciden a hacerlo. La gota de sudor por fin ha optado por saltar en un plato de macarrones a la boloñesa de la mesa trece.

- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué dices?
- Qué cual es su nombre.
- ¿Qué pregunta es esa? ¿Te encuentras bien?
- Me encuentro perfectamente, solo que me gustaría saber  cual es su nombre.
- Sabes perfectamente que no me gustan los juegos ni las bromas, y mucho menos las que no tienen  ninguna gracia.
- Entiendo que mi pregunta la incomode. Usted no me conoce de nada. Debí de empezar por decirle el mío. Me llamo Pedro, pero si usted quiere puede llamarme Luis, o como le apetezca. 
- No seas idiota, Juan, y déjate de bobadas. Vamos a empezar bien las vacaciones.
- ¡Qué estupenda coincidencia! Yo también tengo unos días de vacaciones. 
- Me estás asustando. ¿Quieres que llame a un médico?
- No tiene nada que temer. Solo que me gustaría compartir estos días con usted. No hay nada más deprimente que mezclar aguas termales con soledad.

Parece que ahora los seis mil doscientos veintiséis búhos los miran con los ojos un poco más abiertos que hace un rato. Las cuatro moscas han dejado la ventana y están posadas en un pastel de queso. Tres son ahora las intrépidas gotas de sudor que se aferran al rostro del camarero. 

- Vamos a la habitación y te estiras un rato, Juan. 
- Me gusta usted. Es una mujer decidida y que no se anda con tonterías. Me encantará subir con usted. Si le parece, puedo pedir que nos traigan una botella de lo que más le apetezca.

En el ascensor ella lo mira perpleja y el sonríe. Justo delante de la puerta de la habitación ya sonríen los dos.  Al poco rato, ya son tres los clientes que se quejan en recepción del ruido y los gemidos. Ninguno de los dos recuerda el tiempo que hacía que no follaban con tanta intensidad. El resto de la noche se la pasan conociéndose y hablando, y es que siete días, por fin, pasan volando.



4 comentarios:

Isabel dijo...

Hoy no sé qué es más sugerente si el texto o la foto, pero como en suma tiene que ver la cosa con el título...
Me he preguntado a veces si los celos han pasado de las personas a ese minúsculo y delgado aparatito que es el móvil, y, supongo, que una de las piruetas para llegar a la pasión sería apagarlo. Ese testigo seguro lo sabe, oculta alguna notita entre las páginas.

Abrazo.

Josep Vilaplana dijo...

Querida Isabel, sin duda que por ahí deben de andar los tiros. Ser capaces de salir de esas rutinas sucias de cansancio y reinventarnos (apagar el móvil y tal vez utilizarlo para acariciarnos...).

Abrazo de abrazos.

anacanta dijo...

En ocasiones, la pasión por conocerse solo llega tras una tregua de olvidarse.

Josep Vilaplana dijo...

Necesarias las treguas de olvido, ese súbito desconocerse que nos perfila de nuevo.

Gracias por la visita, anacanta.