domingo, 6 de marzo de 2016

La grapadora (Taller Bremen)



  No parece, a diferencia de todo lo demás, que le despierte curiosidad alguna, ni que tenga la más mínima necesidad de formularse una opinión, y a pesar de ello la grapadora observa atentamente a Ramón Juneda. Es probable que este, su primer día en el Departamento de Compras, sea muy parecido al que, tarde o temprano, será el último, a excepción, claro está, de los rumores y maldades que con frecuencia suelen acompañar a cualquier novedad. Cabe también en lo normal, tratándose de él, que lo peor lo frecuente y acuda puntual a su encuentro, siendo prueba irrefutable de ello el hecho de que lleve la cremallera de la bragueta abierta. Distintas miradas, casi todas estúpidas, recorren una y otra vez la distancia que separa sus ojos grises y miopes de sus pantalones. Aunque nadie lo diga, todos agradecen que el silencioso consenso de la burla alivie un poco esa molesta presión sobre las horas que suele ejercer cualquier mediocridad.

- Le presento a Mari Luz Ramirez, responsable del departamento y -esto lo adereza con un fugaz guiño- mi mano derecha.

  Admitiendo que apenas importe, algo en la forma de moverse y en la sinuosa raya de sus medias indica que Mari Luz también suele participar, con cierto entusiasmo, de la mano izquierda, así como del resto de los apéndices y extremidades, del Director. Pero eso, debido a su forma de ser, jamás lo pensaría Ramón Juneda, aunque sí lo hacían, con gusto y a diario, casi todo el personal de la oficina.

- Permítame también que le presente al Sr. Sotogrande, que será quién compartirá con usted la tarea de entrar los pedidos y mantener en perfecto orden los archivos.

  Tampoco sería de gran dificultad llegar a la conclusión de que el bigote ralo del Sr. Sotogrande cimenta, evitando así su caída,  una expresión cuyo significado tal vez podría generar algún desasosiego, pero sin duda ningún desacuerdo. Sin la breve y necesaria reflexión, se diría que en dicha expresión hay suficiente espacio para dar cabida, con holgura, a todos los bostezos que las innumerables quijadas han propiciado desde el inicio de los tiempos, pero con algo más de detenimiento, a un buen observador se le haría evidente que en sus ojos chisporroteaba alternativamente una envidia adaptable a casi todo y un rencor de esos que ignoran su porqué. Sencillo pero no insensible, al estrechar su mano Ramón Juneda sintió una leve punzada en su vesícula que su falta de maldad quiso atribuir a que eran las once y estaba en ayunas.

- Al fondo, justo detrás de aquellos archivadores, tiene usted los servicios y un cuartito con una máquina de café. Estoy convencido de que no será necesario recordarle que los diez minutos para desayunar no pueden ni deben de ser quince, ni mucho menos veintidós. La señorita Mari Luz es la responsable, entre otras cuestiones, de que se cumpla todo lo concerniente a horarios y normativas.

  Aparentemente las instrucciones parecen sencillas. Solo hay que introducir una moneda de un euro y apretar el botón de la bebida seleccionada -en este caso un café con leche descafeinado y sin azúcar-, pero la máquina empatiza rápidamente con Ramón Juneda, lo reconoce, y la forma más eficaz que se le ocurre de demostrárselo es verter el líquido y evitar que caiga el vaso. Justo en ese instante de total desamparo, en ese momento en que los dioses suelen mirar hacia otro lado, entra una mujer y con ella una historia.

- Buenos días; soy Bernarda, la encargada de limpiar lo que ustedes ensucian.
- Hola, buenos días; me llamo Ramón Juneda y soy nuevo en el departamento.
- Pues para ser nuevo va usted muy deprisa.
- Perdone, no la entiendo.
- Que lleva usted la bragueta abierta y esas confianzas suelen dejarse para cuando uno lleva un poco más de tiempo.

  Muy al contrario de lo que suele ser habitual, Ramón Juneda consigue hacer tres cosas a la vez de forma coordinada y precisa: sonrojarse, sonreír y cordarse la bragueta. Bernarda lo tiene más fácil y solo tiene que devolverle la sonrisa.

   Muchas son las vicisitudes, innumerables los azares, que convoca cualquier amor. Como no podía ser de otro modo, lo mucho de lo poco que en el de Bernarda y Ramón quiso suceder, anduvo en levedad, sencillez y hermosura, pero lamento comunicarles que ese juego de posibles pertenece a otra historia y no procede hoy y aquí relatarla.