sábado, 2 de abril de 2016

Breve historia del pie que consiguió humillar a la parca (Taller Bremen)



 Colgando de los dedos del pie el zapato oscila con una cadencia de ola chiquita; un vaivén lento y sensual que rompe, una y otra vez, en la incomprensible arena de ese instante. Y eso que Juan Antonio, su amigo de toda la vida, era alegre y de abrazo fácil, y el momento que las cosas de su muerte propicia no debería de acoger nada que no fuera la profunda tristeza de su pérdida; pues no señor, ahí lo tienen ensimismado, desconcertado, absorto en ese pequeño pie que ha conseguido desalojar, de las distintas sombras que se vierten y confunden por el tanatorio, a la mismísima parca, y que dada la inquietud y el escándalo que lentamente se van configurando en sus pantalones, va en camino de hacer exactamente lo mismo con él.

  Vanos son sus esfuerzos de convocar, para que intenten remediar lo irremediable, algunos recuerdos de su niñez; por ejemplo cuando Juan Antonio y él alardeaban de su dominio con la bicicleta delante de un grupo de niñas a las que se les caían las risitas por los suelos; niñas con trenzas y rodillas huesudas que poco a poco se iban distanciando de las torpezas y boberías que ambos colgaban de la palabra amistad. Como vanos son también sus intentos de romper ese inexplicable y súbito deseo obligándose a compartir algunas de las previsibles frases con las que se suele acudir a cualquier entierro.  Se escucha decir, extrañado como si alguien hablara desde él y por él, que Juan deja tres hijos y una mujer; que llevó la enfermedad con gran valentía y dignidad; que era un buen hombre y que no es justo que la muerte le preste atención a alguien que tenía tanta vida por delante; pero entre frase y frase sus ojos siguen escrutando con avidez ese pequeño pie cuyo movimiento va dibujando lentamente una poderosa e irrazonable razón, un argumento irrebatible, un abismo que diluye y confunde cualquier otra cosa que no sea la creciente e inaplazable necesidad de precipitarse en él.

  Ni que decir tiene que a su alrededor las cosas, desconcertadas por no saber ya lo que son, han ido perdiendo el significado que se esperaría de ellas en una ocasión como esta. Prueba de ello es que él ni siquiera percibe el olor a tiempo gastado de las coronas de flores, algo que nunca pudo soportar, ni consigue entender una sola palabra del texto que alguien lee, entre balbuceos y con los ojos arrasados de lágrimas; incluso le incomodan los abrazos que se suelen prodigar en estas circunstancias, dado que le obligan a levantarse y perder de vista, por unos instantes, eso que con tanta fuerza le requiere.

  Fácilmente se entenderá que no podía ser él quien rompiera el embrujo. Un súbito movimiento, un absurdo cambio de postura, y de forma incomprensible ese universo comprimido, esa gravedad irresistible, se convierte de nuevo en algo razonable y vulgar: un pie dentro de un zapato. De pronto las coronas de flores ya huelen a tiempo gastado; también en ese mismo instante, y sin previo aviso, entra la tristeza que, aun desconcertada, le busca los ojos para humedecerlos; todo parece ser de nuevo lo que se espera que sea; incluso la sisa de sus pantalones deja de incordiar reclamándole un poco más de holgura.

  Se acomodan las cosas con rapidez en el lugar correcto, y justo en el mismo segundo que por fin enmarca y acoge ese orden, un perfume recita en el cuello de una mujer desconocida, que le abraza conmovida por la irreparable pérdida, un hermoso texto que hace que todo vuelva a empezar.

  Una bata gris dentro de la cual se ciñe un hombre configura de nuevo la ficción del tiempo, dando definitivamente por finalizada esa sucesión de despropósitos. Son las seis y el tanatorio tiene que cerrar. Manoteando los trocitos de culpa que le han quedado en los bolsillos, echa una última ojeada al féretro donde, precipitadamente, se  va convirtiendo en algo que no se entiende su amigo Juan Antonio. Juraría, de no ser eso una estupidez, que un amago de sonrisa en su rostro de muerte le busca para establecer la última complicidad. Por si acaso, él se la devuelve.

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