viernes, 17 de junio de 2016

No hay tiempo ni cielo para mucho más (Taller de Bremen)



  Hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas; incluso a las palabras más sencillas, esas que suenan mejor, las que tienen más buen corazón, les cuesta adherirse a superficies tan pequeñas, resbalando una y otra vez en sus intentos de alcanzar esas levísimas cumbres de significación. En esas nimiedades inenarrables andan aún enzarzados Bernarda Expósito y Ramón Juneda, compartiendo su hermosa intrascendencia desde el momento en que la bragueta abierta de él hizo que sus caminos se cruzaran.

  Han acumulado días hechos de manteles con migas de pan, de cepillos de dientes gastados, de ropa tendida -acaso la forma más precisa de intentar explicarlos-, de recuento de pequeños agravios, de bolsas de supermercado agujereadas y de resfriados mal curados.  Una vida que parece no necesitar a la vida para ser vivida, como algo que siempre transcurre a un lado de todo lo demás. Sin duda la más terrible pesadilla para cualquier biógrafo.

  De todas formas, un martes sí y otro no -ese insulto mensual que algunos sinvergüenzas insisten en llamar sueldo no les da para más- cenan unos bocadillos y luego van al cine. Ni que decir tiene que siempre les gusta la película, ya que ni el precio de la entrada ni el cansancio del desacuerdo justificarían lo contrario. Luego pasean un rato cogidos de la mano y si alguna noche a la lluvia le da por acudir, abren el paraguas y sonríen como si el guiño de belleza de ese instante los hubiese reconocido. Al llegar a casa -siempre y cuando el sueño acepte esperarse un poco a ser dormido- la excitación de esa pequeña rutina con la que pretenden aliviar la rutina los llevará a follar como lo suelen hacer la buena gente, es decir, con exquisitos modales y con sumo cuidado. Encuentros sexuales más próximos a "Mary Poppins" que a "El último tango en París", pero que suelen propiciar un buenas noches cargado de sinceridad y reconocimiento, de gratitud por ese mutuo regalo que les sirve para rascarse toda la soledad que ya fue y la mucha que sin duda vendrá.

  Cómo no, en ese no suceder está la boca con halitosis del trabajo, esa que día a día, muy despacito, los mastica y los engulle. Ramón Juneda aguantándose las ganas de ir al lavabo por no ensuciar lo que Bernarda tiene que limpiar; Bernarda frotando con meticulosidad la grapadora que acompaña, con asombrosa fidelidad, las absurdas  tareas de Ramón Juneda. Un buscarse, un cuidarse, con la discreción necesaria para evitar las maldades que suelen propiciar esos entornos sucios de sinsentido. No hay tiempo ni cielo para mucho más. 

  Que tarde o temprano Bernarda se irá, eso lo saben los dos. Que se quieren por todo lo que nunca serán, eso solo lo sabe Bernarda. Que el amor y la costumbre comparten armario, eso lo intuye Ramón Juneda y una buena parte del vecindario. Pero de momento el sofá insiste en acoger, noche tras noche, ese prólogo de lo que nadie publicará con una ternura digna de verse. 

  Las zapatillas de estar por casa, el mando a distancia de la tele, una bombilla que a fuerza de ahorrar energía vierte amarilla indiferencia por el comedor, un marco al que le sobra el cuadro, una ventana avergonzada por lo que desde ella se ve, todo parece estar a gusto con ellos y querer configurar una escenografía contenida, expectante, casi respetuosa hacía esa hermosa obra sin texto, hacia ese par de espléndidos comerciales del olvido con descuento.

  Bien pensado, hay cosas tan livianas que apenas pueden ser contadas, pero tal vez sean las únicas que en realidad se merecen el esfuerzo de intentarlo.





domingo, 5 de junio de 2016

Será en los entresijos de lo que ha de suceder (Taller Bremen)



  Amanecerá solo para él, y a nadie se le ocurriría poner en duda que, en el devenir sin fisuras que le espera, esa extraña y firme convicción le seguirá colgando de su espléndida sonrisa. Como nadie dudaría de que las cosas se apretujaran asombradas para verle llegar; que se optimizaran los espacios para darle cabida. Incluso sus calcetines finísimos de hombre eficaz aguardarán como de costumbre en el cajón, con gran alborozo y no menor alegría, el momento de exquisita complicidad en que cubrirán unos pies, los suyos, que a pesar de sus pronunciados juanetes, nunca dejarán de ser pies vencedores.

  Ni que decir tiene que algunas mujeres que aun lo ignoran le esperaran en ese cruce de poder y humedad en el que se suelen encontrar aquellos que nunca se reconocen, ni falta que les hace. Ya llueve en esa mañana espléndida que acogerá todas las saciedades posibles. Una lluvia que tal vez será triste y sucia para casi todos, pero no para él, que seguirá inmune a los claroscuros de cualquier transcurrir,  a los cristales sucios y cansados de los cafés, a las sirenas de las ambulancias y a casi todas las esquinas que, con las manos en los bolsillos, se suelen torcer solo por costumbre, como una levísima impostura, un imperceptible desprecio, ante las cosas que apenas importan.

  Quién sería capaz de prever que bajo esa misma lluvia, acechándolo como un depredador desdentado, alguien, sin motivo alguno, irá al encuentro de ese futuro sin mácula. Será en los entresijos de lo que ha de suceder, que el aturdimiento de una noche sin sueño le impedirá, a ese don nadie hecho de pedazos de algo sin sustancia, descifrar por un instante lo que le gritan las franjas rojas y blancas del paso cebra. Será bajo esa misma lluvia que caerá sin ganas que de pronto oirá el frenazo. Alguien, asombrosamente parecido a él, bajará lívido del coche y quedará atónito ante la postura de un cuerpo que se ira perfilando, aquí y allá, con un viscoso repunte de sangre y derrota.

  Faltará un zapato en ese vulgar horror, y un calcetín finísimo de hombre eficaz, abrazado a su juanete, inaugurará algo muy parecido a una inmensa y risible orfandad, a un preciso e irrefutable desamparo.