viernes, 21 de octubre de 2016

Geometrías cansadas -versión primera persona- (Taller Bremen)




  Daban las diez en el viejo reloj del frenopático, aunque bien podrían haber dado las siete ya que allí el tiempo nunca ha sabido cómo transcurrir. Yo estaba de pie, esperando en un pasillo cuyas baldosas, con su geometría cansada, definían a la perfección cualquier locura; mirando sin ver todo lo que había a mi alrededor.   Recuerdo que mi mano izquierda temblaba ostensiblemente, la derecha también. El que algunos afirman que soy, esa ficción a la que le han puesto mi nombre, Andrés Capella, nada sospechaba en ese momento de que serían seis largos meses los que, en ese no lugar, agazapados en el hueco de algo parecido a una pesadilla, le aguardaban. Más de medio año en el que, a pesar de todos los tratamientos, no conseguí ninguna mejora. Preso de mi enajenada rutina, emborronando día tras día cientos, tal vez miles, de folios siempre con la misma frase: "Me deslizo lentamente, con mi mejor sonrisa, hacia una profunda tristeza".
  Un manto rígido, inamovible, como nieve sin voluntad alguna de deshielo, que cubría mi único pensamiento. Una y otra vez escribiendo las mismas palabras, en el mismo orden, y musitando en voz baja, como la absurda plegaria a un Dios desatento, "hay que mejorar, hay que mejorar". Ese era el bucle, la desesperanza en la que me arropaba. Convenientemente etiquetado, catalogado y profesionalizado, nada ni nadie podía -ni tal vez quería- prever el fondo de ese abismo.
  Hasta aquí lo que me sucedió sería una versión vulgar de lo que suele suceder, otro borrador inacabado de ese pésimo guionista a sueldo de las vidas como la mía, de tapa blanda y ocasión. El portazo me lo dio mi sobrino, que con sus seis años y sus diez mil rizos deshizo el entuerto entre dos juegos, un vaso roto y algunas risas. 
  - Estate quieto y deja de ensuciar esos papeles, Kevin. Anda, dale un beso a tío Andres y dile que se mejore.
Cruzando el folio en diagonal, con letras gruesas y desobedientes, como si todas a la vez hubiesen decidido romper filas, pude leer: "Me eslizo entamente con i meor tistesa hasia una pofunda sonnrisa".
  Es probable que en el recuento rutinario que suelen hacer un poco antes de las nueve, se percataran de mi ausencia. Salí de allí caminando despacio y casi alegre, la cámara de seguridad sabe que no miento. De eso hace ya mucho tiempo y nada han podido saber desde entonces de mí, aunque, bien mirado, eso   tampoco tiene nada de excepcional. ¿Acaso hay alguien que sepa algo de nadie?




1 comentario:

Isabel dijo...

Dicen que cuando un texto está bien escrito y conecta con el lector se expande en su mente ampliando las historias, a mí me has llevado a cuatro y muy queridas.
Así que gracias y un abrazo.