jueves, 24 de noviembre de 2016

Ese inconcebible objeto de lo otro (Taller Bremen)



  El primero en darse cuenta de que algo extraño quería suceder fue el smartphone, y es que el día aún no sabía que lo era cuando el aparato sonó de forma estridente, como si un pequeño insulto, posado en la mesita de noche, hubiese decidido ofender prescindiendo de cualquier agravio. "Desconocido", era lo que se podía leer en la  insolente pantalla. Nadie contestó al soñoliento "dígame", tiznando de rareza ese hueco, ya de por sí insólito, al que nos empuja cualquier despertar en una habitación de hotel barato.     Dos semanas enmarcaban un viaje de negocios; también distintas ciudades, los previsibles cansancios y algún que otro súbito deseo -esas difusas ganas que, por encima de todo, son solo de desear-. 
  En unas horas, el avión le acercaría de nuevo al umbral de esa puerta tras la cual, desde hacía más de quince años, intentaba protegerse de la vida. Allí cuidaban los dos, con admirable delicadeza, esa cálida mentira hecha de orden y cortados con un poco de leche fría; allí cocinaban a fuego lento, una y otra vez, los ingredientes de esa casi nada que ellos, con la ternura que reviste a las verdades cuando no saben que están mintiendo, insistían en llamar felicidad.  Lo que no podían prever era que esos pocos días serían más que suficientes para provocar la irreparable brecha del sinsentido. 
  De haber sido ella, tendría esos ojos grises en los que se sentían como en casa todas las tristezas. De haber sido él, un levísimo olor a engaño la hubiese besado despacio. Pero esta vez nada sucedió como era de esperar. De pie en el comedor, uno frente al otro, observados con perplejidad por todo lo que hasta ese día fue cómplice con lo suyo, absolutamente desconcertados, absorbidos por una espiral vertiginosa de extrañamiento, se miraban sin reconocerse. El aún sostenía la maleta, ella la noche sin sueño y el teléfono, ambos ese inconcebible objeto de lo otro cuando no permite ser nombrado.
  Inútil fue que esa extraña mujer lo mirara con sus ojos grises, tristes y hermosos, como inútil fue que un olor casi culpable se acercará a los labios de ella. Eran dos extraños que se observaban angustiados, esforzándose en ver algo que restituyera, ni que fuera por un instante, un solo recuerdo. 
  Es normal que apenas les diera el alma para balbucear un disculpas, que apenas les llegara el cuerpo para escenificar un absurdo adiós, mínimo gesto que daba por inaugurada la fiesta sin nadie del olvido. Quizás importe saber que al otro lado algunas estrellas agujereaban la negra risa de la noche, que las calles giraban en  sucios círculos de silencio, que solo un viejo café le quiso escuchar, que a pesar de todo, y de forma inexplicable, amaneció en los alrededores de esta mínima historia.


No hay comentarios: