sábado, 12 de noviembre de 2016

La concuñada (Taller Bremen)




  El responsable de dar brillo al tapizado del sillón que atiende a la letra "Ñ" sangraba un poco por la nariz, y eso era debido a que el puñetazo, sin ser excesivamente diestro, sí que podría considerarse resolutivo y certero. Tres o cuatro letras más allá, sobre la mesa de finísima caoba que suele prestar soporte y cobijo a tan insigne tropa, el inquilino de la "R" prescindía de cualquier  dignidad mientras intentaba, alternando con gracia la baba y el braceo, aliviarse un poco del severo ahogo que, al apretarle su académico y almidonado cuello, le producían las garras del plantígrado que hiberna, desde hace ya más de diez años, en el sillón de la letra "B".
  Un coro de insultos, acompañados de la normal percusión que muchos y distintos golpes suelen propiciar cuando se buscan y coinciden, evitaba que nadie cayera en la pedantería de proclamarse el más idiota, ni tampoco el más grotesco, de la escena. Muy al contrario, todos ellos andaban empeñados al unísono en configurar un solo y desabrochado cuerpo multiforme; aplicándose a la bronca con las ganas y la tenacidad que exigía semejante despropósito.
  Vista en su conjunto, la imagen que tal situación permitía parecía escorarse, en su firme voluntad de naufragio, hacía un horror tiznado de leve ternura; algo parecido a bombardear el congreso de los diputados con melones de tamaño medio. Más de media hora estuvieron enzarzados casi todos en esas razones a las que el pueblo, rabiosamente iletrado, suele referirse con un "por mis cojones" (tal vez sea necesario insistir en ese "casi", dado que el de la "P" nació con los ojos pusilánimes y evitó; y el de la "T" quiso, pero un uñero infectado le impidió). 
  Como es sabido, el ser humano, absurdo por inercia y estúpido por imperdonable desidia divina, cuando tiene una idea, solo una, es algo parecido a la decisiva molestia de hallar una cobra acurrucada en el cajón de los calcetines. No se trata ya de un peligro que acecha, sino más bien de una despedida que urge. Este forzado preámbulo solo pretende introducir una imposible explicación de ese tosco golpeteo entre tan venerables máquinas de escribir; sin duda un vano esfuerzo para que se pueda intuir el porqué de esa ridícula batalla en el campo de las gloriosas letras.
  Ninguna palabra debería provocar ni sostener una zurripanda como esa, y mucho menos la palabra "concuñada", que aun siendo fea y malsonante, según  sentenció el nonagenario de la "U", no por ello es merecedora de escarnio ni desprecio. Pero el mal ya estaba hecho, y uno de los peores entre los que no eran buenos, argumentó, sin demasiado acierto pero con gran énfasis, que le importaba una mierda qué nombre darle a las parejas de sus hermanos, y más teniendo en cuenta su condición de hijo único. Insistió, bajo los efectos de una persistente acidez de estómago, en que el diccionario estaba preñado de gilipolleces. Como era de esperar, al joven escritor anexado al sillón con la letra "C", el comentario le pareció muy desafortunado, y más teniendo en cuenta lo mucho que le gusta su concuñada, es decir, la mujer del hermano de su cuñado, y la curiosa e incomprensible  circunstancia de que hace ya más de tres años que defiende, con apasionada regularidad, la inclusión de dicha palabra. 
  Lo cierto es que no se sabe quién fue el responsable de inaugurar el contundente baile de zarandeos y mamporros, pero lo que si parece gozar de unanimidad es que alguien lanzó el tercer tomo de Sinónimos y Antónimos (Editorial Teide), y que este impactó en las bifocales del poeta de la "T", fiel lector y amante infiel del joven escritor anexado al sillón de la letra "C". Lo que sucedió después ya solo tiene que ver con las ganas antiguas y con la impunidad que propicia cualquier alboroto. A nadie que sepa prestar la debida atención a las cosas, se le puede escapar que, en esa sala, se ajustaron viejas cuentas por anglicismos no aceptados, por burlas semánticas, por serias cabezadas en impecables discursos ajenos, por envidias de mercado, por pullas lanzadas en los medios, por lascivias no correspondidas. Sería impreciso afirmar que, en ese todos contra todos, salió, como forúnculo apuñalado, lo peor de cada uno de los académicos, dado  que esto nos llevaría a admitir que había en ellos algo un poco mejor a la espera de ser mostrado. Lo que si es cierto es que se dieron mucho y bien, y que es probable que fueran el hambre y el cansancio los únicos que facilitaron la lenta y necesaria pacificación.
  Un par de horas más tarde, en la rueda de prensa posterior a la reunión, el portavoz de la Academia insistió en que se estaba trabajando a buen ritmo en la edición definitiva del nuevo diccionario, y que este incorporaría, entre otra mejoras, algunos vocablos de uso frecuente entre la población. Al ser requerido el necesario ejemplo, afirmó que desde esta tarde ya era correcta la frase: "he besado con cierta lascivia a mi concuñada", aliviando un poco el malestar que antes provocaba decir lo mismo refiriéndose a la mujer del hermano de tu cuñado.

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