miércoles, 23 de noviembre de 2016

Santa Rita, Rita, ahora que ya no das, ¿qué es lo que quitas?



La muerte, aún no siendo dicharachera, si que participa de lo popular, siendo el paradigma perfecto de la democracia: un hombre, un muerto.  Ese hacer lo que todos hacen, esa definitiva vulgaridad, esa irremediable falta de criterio, esa callada elocuencia, esa forma tan contundente de afinar nuestra dicción, no nos hace mejores ni peores, solo un mucho más luego y apenas un poco más muertos.
Innecesario decir que esta opinión no la refutan, por cómplices perfectos, ni las rosas ni los perros, ni las luces ni los sueños, ni las hormigas ni el inabarcable y engreído universo. 
Es por el cansancio de toda esta nada que hoy me apetece confesarles una maldad chiquita, algo parecido a un fugaz deseo que, en el mismo momento de sentirlo, ya se supiera para siempre insatisfecho: me imagino de pie,  en silencio, guardando un minuto de tristeza por todos aquellos que van naciendo; casi de forma simultánea, me veo vestido con una bata verde y azotando con leve saña los fríos culos de algunos muertos, solo por indagar si aún es posible un justo y merecido llanto que, por algún resquicio de bondad, propondría no del todo eterno.

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