viernes, 23 de diciembre de 2016

Dios contra las cuerdas (Taller Bremen)





"Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos"
-Antonio Machado-


  De Gregorio Marañón a Canal todas las respuestas parecían haberse dado cita en el pequeño agujero de sus medias. Ninguna soledad, de las que compartían con Ramón Juneda el trayecto de la línea siete, parecía darse cuenta de hasta que punto esa ínfima rotura se había convertido para él en el centro absoluto de todo lo que importa. Ni que decir tiene que en las cosas normales que a las ocho de la mañana son convocadas para que sucedan en un vagón de metro, eso no tenía cabida ni explicación. En Alonso Cano algo que quiso ser un mareo le hizo levantar la vista.  Vio unas uñas mal pintadas de rojo moviéndose por el mínimo espacio que permitía una falda extremadamente corta. Solo un poco más arriba, le pareció que los botones de la blusa le miraban como si quisieran decirle algo; tal vez ponerle al corriente de todas las noches en que se fue configurando el descalabro, hablarle quizás de todas las manos que los desabrocharon con rabia de olvido y sin asomo alguno de ternura.
  Al entrar en la estación de Islas Filipinas echó mano de un coraje que nunca tuvo y le buscó los ojos. Tal vez por azar, o solo por participar de lo distinto de ese instante, ella alzó los suyos. Se reconocieron sin saberlo, de la forma en que lo hacen las sombras, los pájaros, las esquinas y los trenes que se cruzan con el único propósito de alejar destinos. En Guzmán el Bueno ya estaban los dos en el recuerdo de esa noche; en las luces de neón; en el insulto de la ginebra cuando es mala; en el sofá sin descanso de las burlas y el deseo; en la cama grotesca en la que tres putas y un don nadie ponían a Dios contra las cuerdas; en la bondad de esa felación regalada al primo nacido en Segovia; en el humilde calvario de aquel preservativo que, colgando de una cruz flácida, parecía  querer redimir un poco a la soledad de estar tan sola. Fue en Valdezarza cuando los dos se regalaron unas sonrisas que sabían a luz y cansancio. Metido en los entresijos de una última audacia, y antes de bajarse en Antonio Machado, aun le dio  tiempo a Ramón Juneda de ofrecerle un caramelo de eucalipto que tenía en el bolsillo del pantalón. Ya en la calle, una hermosa fiesta de nadie quiso celebrar su herida. Él se dejó hacer despacio, como siempre hacía, un poco avergonzado por nada; leve y translúcido como el fugaz portavoz de todo lo que nunca podrá ser dicho.