jueves, 9 de febrero de 2017

Relatos cortos, huérfanos narrados (Taller Bremen)



- A esta absurda ficción que insiste en ser escritor jamás se le hubiese ocurrido nada de lo que sucede en mí. Soy yo, la historia, la que lo incluye a él y a sus rutinas; la que da cabida a un personaje -el suyo- sin pena ni gloria al que en menos de tres meses se le murió la gata, lo dejó Inés y se le estropeó definitivamente la lavadora.

- Vaya estupidez. Soy yo el narrador y mías son todas las opciones para decidir qué debe suceder y a quién en este texto. Nunca me había encontrado con tanto engreimiento en algo que ni siquiera existe más allá de mi imaginación. Yo no soy ninguna ficción, soy escritor y me llamo Juan Expósito, 

- Juan Expósito, es cierto, un bostezo que casi sin darme cuenta se me hizo personaje; un don nadie que buscaba cuentito para ser contado y que, por si ese arrastrase entre lineas fuera poco, quería ser coronado en él como escritor maldito, siendo la única maldición que podría propiciar la que caería sobre sus hipotéticos lectores si, de alguna forma incomprensible, algún día les diera por leer sus textos (cosa no exenta de dificultad si tenemos en cuenta que jamás podrán ser escritos).

- Todo lo que se escribe necesita un escritor, de la misma forma que todo lo que vuela, tiene pico y esta cubierto de plumas necesita un pájaro. No tiene ningún sentido, más allá de tu enfermiza necesidad de ser distinto, original, sorprendente, que te erijas en mi creador. Solo yo puedo hacerte decir lo que me da la gana, el único que puede colocar una al lado de otra tus palabras, el que puede hacer que recaiga sobre ti, en el mismo momento en que me apetezca, el más absoluto olvido solo con arrastrarte a la papelera.

- Eres mezquino, estás solo y sabes perfectamente que todo lo que yo cuento de ti no alcanza para ninguna reedición, y mucho menos para posteridad alguna. De ahí que se te haya ocurrido la peregrina idea de proclamarte narrador, cuando en realidad apenas eres un pedazo deshilachado de mí, la narración. Tu mediocridad solo tiene cabida en lo mío; un paso más allá de lo que yo cuento de ti, Juan Expósito, y ya no existes para nada ni para nadie.

  Algo parecido a un portazo, a una caída sin movimiento, de esa forma suelen despertar a Pedro Alcántara sus frecuentes pesadillas. Por un momento le ha parecido que un pie rozaba el suyo. La confusión no podía durar mucho dado que hace más de tres meses que duerme solo. Quiso ser feliz y escritor -de eso hace ya mucho tiempo- y terminó siendo encargado de la sección de charcutería y diabético. De todas formas, no puede ser infeliz porque eso tiene un precio muy elevado y él no se lo puede permitir. Siendo algo parecido al personaje de una novela no escrita, es evidente que cualquiera podría dudar de su existencia; de esa posibilidad cree estar a salvo gracias a las molestias de una hernia y a la ficción de los espejos. 

  Pongamos que sobre su mesilla de noche hay un cenicero, el despertador y un libro que no consigue entender. Imaginemos que Pedro Alcántara no suele  recordar lo que ha soñado, aunque a menudo, al despertar, le invada una extraña inquietud (como si intuyera que todo su ser cabe en estas pocas lineas; que en el mismo momento en que el olvido acoja este texto -cosa que previsiblemente sucederá de inmediato-, de él solo quedará un pequeño pedazo de perplejidad en el interior de un sueño enzarzado ya en las cosas del olvido). 

  No quiero alarmarles, pero ese fugaz y absurdo destino es probable que sea idéntico al de todos ustedes. Lectores que, justo en este instante, son leídos desatentamente por alguien. Poca más que un encadenamiento de ficciones; una colección de relatos cortos en los que solo cabe el desenlace; todos nosotros, huérfanos narrados y narrativos; apenas brevísimas historias dentro de una historia.


2 comentarios:

Isabel dijo...

Pues sí, apenas breves historias, no caben más en esta corta vida que disfrutamos.
Al final sólo estamos en ella contándonos, bien por boca de un personaje o por nosotros mismos, porque por mucho que queramos disfrazar lo que escribimos hay tantas rendijas que se cuela lo que somos. Eso es lo que me parece más maravilloso de la escritura. Al final es la Literatura la que nos cuenta la Historia mejor que ella misma.
Abrazos.

Josep Vilaplana dijo...

Totalmente de acuerdo, Isabel, al final es la "ficción" la única que nos permite habitar, y entender, cualquier realidad.

Abrazar real como un verso hermoso...