jueves, 23 de marzo de 2017

El divino Macarra (Taller Bremen)



  Esta mínima historia sucederá solo si ustedes me lo permiten, es decir, en sus manos dejo que todo lo que les voy a contar sea cierto. Llámenlo fe, cansancio o cualquier otra cosa, pero sin esa absurda forma de confiar en lo que yo les diga no habrá relato, ni realidad ficticia, ni sentido (no es improbable que, de algún modo,  en todo y para todo siempre sea -y siga siendo- así).

  Visto desde cierta distancia el local les parecerá azul. Solo si se acercan se puede distinguir, entre los claroscuros de la vegetación que lo envuelve, la excelente caligrafía en rojo, verde  y amarillo de las luces de neón. Le puse Nada porque eso es lo que había en este lugar antes de construir el prostíbulo, y porque eso es lo que vienen buscando sus clientes: un poco de olvido, una tregua, una ínfima porción de nada con la que volver a sus quehaceres; algo muy práctico si lo que se pretende es ir tirando. Confieso que no monté el negocio por necesidad, ya que, por extraño que les pueda parecer, heredé una inconcebible fortuna de un desconocido, sino más bien por un tedio infinito súbitamente alterado por una gran curiosidad. Sin saber qué hacer, sin ninguna ocupación -y sin las previas que estas suelen propiciar, las preocupaciones-, me consumía en una rutina perfecta, en una precisa repetición de lo mismo; algo parecido a una noche bucle en la que solo anocheciera; apenas una tenue gradación de obscuridad sin día alguno que pudiera darle alternancia y sentido. Así estaba yo cuando de pronto decidí convertirme en el promotor y propietario del mejor "puticlub" de la zona.
  La cuestión es que, sin saber en realidad qué era lo que quería descubrir con semejante aventura, abrí el local y en unos pocos días -diría que siete, aunque tal vez fueron algunos más- la cosa empezó a funcionar a las mil maravillas. Las flores y las putas, los pájaros y los puteros, las copas y el olvido, las estrellas y los condones, todo parecía estar en su sitio; todo giraba a mi alrededor como un mecanismo dúctil y perfecto, una brillante creación rindiéndome pleitesía a mí, su paternal e inconmensurable "macarra". Pero no hay cosa que sirva para siempre, ni esperanza que, tarde o temprano, no olvide qué es lo que en realidad esperaba, por lo que las cosas empezaron a complicarse hasta el punto de que, poco a poco, fui perdiendo la ilusión en mi absurdo proyecto.  Es verdad que los clientes seguían llenando el local noche tras noche; que en la barra del bar el alcohol no cesaba de configurar un caudaloso y turbulento río; que una gran cantidad de deseo seguía haciendo cola para poder convertirse en tedio, pero aún así era evidente que algo se había resquebrajado, que la inercia ya no era suficiente ni siquiera para propiciar un poco de sentido.
  Confieso que abandoné el proyecto a su improbable suerte y que a partir de ese momento un pésimo boceto de medias rotas y agravios, de camarillas rencorosas y maquillajes baratos, sustituyó el cuadro. Ya no recuerdo a quién, pero sé que traspasé el negocio. Me sorprende que de momento el local siga abierto y que, visto desde cierta distancia, siga pareciendo azul. 
  En lo que a mí se refiere, pues deciros que he vuelto a lo de siempre, es decir, a la divina tozudez de mi impecable nada (admito que en alguna ocasión incluso he pensado en quitarme la vida si eso, siendo quien soy, no fuera una enorme y estúpida redundancia), y que esa misma palabra -Nada- es la que, escrita con la excelente caligrafía en rojo, verde y amarillo de las luces de neón, sigue centelleando en el local noche tras noche, como si se tratara de una queja de luz por toda la orfandad y desamparo que allí se ha ido acumulando. 

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