jueves, 9 de marzo de 2017

Regresar como lo hacen las viejas canciones (Taller Bremen)



  Colgado del retrovisor el crucifijo plateado oscila como un absurdo trapecista sin riesgo y sin aplausos. En ese mínimo rectángulo Roberto le busca los ojos al taxista para tranquilizarse un poco. Piensa que le gustaría entablar una conversación sobre cualquier cosa, intercambiar unas palabras con él para quitarse de encima la extraña sensación de sombra que siempre le acompaña. No se decide, algo le intimida de ese hombre, tal vez su espalda corvada de kilómetros y espera, o las manos angulosas, casi violentas, con las que discute airadamente con el volante. 
- Buenas noches; a la terminal dos del aeropuerto, por favor.  
  Está convencido que eso, y el ¿cuánto le debo?, es todo lo que va a dar de sí el trayecto. No es mucho si tenemos en cuenta que, como suele hacer todos los viernes por la noche, Roberto ha salido de su casa a las tres de la madrugada para emprender un largo y emocionante viaje del que regresará antes de que amanezca, y que eso merecía ser explicado ni que sea a un taxista soñoliento y apático.
  Cambia de rectángulo y ahora observa por la ventanilla como la ciudad se deshilacha sin que, a esas horas, eso parezca importarle lo más mínimo a nadie. Le intriga un poco que las calles y las luces no consigan ser lo que se esperaría de ellas; que apenas se muestren como brochazos imprecisos en la tela silente de la noche. Nadie ni nada reclama un espacio, una presencia; todo parece escondido, agazapado, tras ese falso descanso. Solo los semáforos, con sus breves cadencias, parece que se esfuerzan un poco en pautar de nuevo el tiempo; se diría que solo ellos saben qué hacer en medio de todo ese desbarajuste.
  Faltan apenas unos minutos para las cuatro. Como era de prever, son pocas las personas que deambulan por la gran sala de espera del aeropuerto. Roberto se dirige a la zona de control y pregunta por su amigo Luis Cierco. Se conocen de toda la vida y aunque muy pronto los destinos de ambos se fueron alejando, nunca llegaron a perder del todo el contacto. Simpático, sencillo e incomprensiblemente bajito para ser policía nacional, Luis suele decir que decidió ingresar en las fuerzas de seguridad del estado porque de joven nunca sabía qué ponerse. Hace unos tres años que lo destinaron a los controles del aeropuerto, y fue en ese momento cuando Roberto lo telefoneó para pedirle un extraño favor. Al principio dudó si lo que le pedía su amigo podría comprometerlo ante sus superiores, pero en realidad, aunque la petición era rarísima, pensó que no podía suponer una gran cosa intentar satisfacerla.
  Una leve sonrisa de reconocimiento, y un ligero cabeceo de Luis para guardar la debida discreción, permiten a Roberto, como de costumbre desde hace ya algunos meses, acceder a la zona prohibida para los que esperan la llegada de algún familiar o conocido. Ese espacio del que unas enormes puertas automáticas van regurgitando, como arcadas de un vómito cansado y alegre, los pasajeros recién llegados que ya han recuperado sus maletas. Roberto arrastra una de enorme, de color azul chillón, una de esas maletas que llevan candado para protegerse, tal vez, de todo lo desconocido. Ese miedo atávico de calcetines y camisas, ese horror que desde siempre sienten los calzoncillos y los cepillos de dientes al salir de sus zonas de rutina y confort. 
  El jolgorio y la alegría de un pequeño grupo de turistas, cuyo país de origen -dada la ausencia de cualquier color en sus rostros que no sea el blanco- no puede ser africano, hacen que Roberto decida sumarse discretamente a ellos y salir por la misma puerta por la que apenas hace unos minutos ha entrado. La única diferencia es que ahora una enorme sonrisa se agarra al gris e inexplorado territorio de su cara. Le sigue, como perro distinto, la grotesca maleta que solo da cobijo a un termo de café con leche y un bocadillo de jamón dulce y queso. No lo espera nadie y a pesar de ello está alegre, exultante, caminando despacio, con la misma seguridad y determinación que suelen hacerlo los que vienen de dar la vuelta al mundo.
  Justo en los primeros síntomas de una noche ya vencida, una larga cola de taxis espera la salida de sus clientes. Esta vez Roberto está de suerte. Pelirroja, rotunda y de labios nacidos para enmarcar el caudal imparable de palabras que por ellos se empujan y se precipitan, así es la mujer que lo llevará hasta su domicilio. No es difícil de imaginar que les faltará tiempo a los dos para la enorme ternura de mentirse  todos los lugares en los que jamás han estado; para regalarse, en lo que durará el trayecto, una breve vida de sorpresas y aventuras en la que nunca han habitado. Y es que una vez por semana a Roberto le gusta regresar como lo hacen las golondrinas, las viejas canciones y la acidez de estómago, pero la cuestión es que él nunca pudo ni quiso irse de ningún sitio, y pensó, como lo suelen hacer los que saben de soledad, que tal vez esa era una forma como cualquier otra de paliar las molestias y las tristezas que esa pequeña contradicción podrían causarle. 






2 comentarios:

Isabel dijo...

Genial. Esta claro que una idea como esta con su punto dramático en el fondo es clavada para ti, con tu punto de humor y esas estupendas descripciones o los personajes como el amigo que "no sabía que ponerse", ¡qué risa! Lo que quiero decir es que lo bordas y yo me lo paso muy bien cuando vengo por aquí.
Gracias y abrazos.

Josep Vilaplana dijo...

Creo, querida Isabel, que le voy a cambiar el nombre a este blog. Se acabó lo de "La cua del diable", a partir de ahora el blog se llamará "Isabel". Qué menos para agradecerte tu amistad, tu perseverancia y tus palabras.

Un abrazo de abrazos.