jueves, 6 de abril de 2017

El límite de felicidad (Taller Bremen)



   Justo detrás de él, haciendo cola para subirse al telesilla, dos hombres hablan en ruso, y ese sutil detalle le hace pensar que tal vez sean rusos. Incomprensiblemente, uno de ellos no lleva los esquís puestos, sino que los apoya en el hombro derecho, golpeándole flojito pero repetidamente y con molestia la cabeza. Los dos hombres que podrían ser rusos por el hecho de hablar entre ellos en ruso, llevan gorros erizados con cascabeles en cada una de sus puntas. Pedro está contento de estar allí y de mirar de frente al airecillo fresco e impetuoso -doce grados bajo cero y rachas de 70 kilómetros por hora- que le busca la cara, las manos, las orejas y todo lo que podría considerarse su forma de ser.
    La decisión que lo sacó de Cuenca por tres días y lo precipitó a la hermosa libertad que habita desde siempre en la naturaleza, y más concretamente en las montañas cuando están cubiertas de nieve artificial, fue la de evadirse de su celda cotidiana; reducido espacio formado por dos cortados con leche desnatada, un diario deportivo, nueve horas de oficina y un polvo, sin épica ni posteridad alguna, un viernes tal vez y otro no se sabe. No en vano en la marquesina del autobús que lo depositó -después de nueve horas de viaje y un serio aviso de la vejiga para que jamás la volviese a maltratar de forma semejante- en esa sala de estar del paraíso, se podía leer en letras grandes y claras: "Sky Evasión". ¡Qué lejos queda Cuenca y qué cerca la felicidad! piensa de esa forma en que siempre lo hacen los que suelen mostrarse distantes y molestos con cualquier pensar.
   Ahora ya solo quedan unas cien personas delante de él y eso indica que se acerca el momento de subirse a ese curioso sofá metálico, sin manta ni gato que lo humanice, que ha de depositarlo en la cumbre, a centenares de metros por encima de cualquier mediocridad. A la cara le llegan oleadas de intrepidez; al corazón le sobra valor y lo achica con una taquicardia de tres pares de cojones; y es que a primera vista podría parecer que tiembla pero quien quisiera fijarse en él, cosa del todo incomprensible, se daría cuenta de forma inmediata que efectivamente está temblando. Algo para nada incongruente, dado que el arrojo y las tiritonas a menudo retozan juntos. Ni que decir tiene que podía no haber sido así, pero lo cierto es que cuando le llega el turno de subirse al artefacto, los dos posibles rusos se sientan a su lado (dado el penetrante olor a queroseno destilado que desprenden sus alientos y a su empecinamiento idiomático, es más que probable que lo sean).
    Solo al llegar arriba se da cuenta de lo lejos que queda todo lo de abajo. De toda esa suma de tedios y vulgaridades que ha dejado atrás lo separan unos cientos de metros en rabioso desnivel; del como bajarlos sin deterioro lo separa cualquier idea, sugerencia o explicación. A su lado, ese duo de dos que ya casi nadie se atrevería a cuestionar el hecho de que sean rusos, beben y ríen y vuelven a beber no de forma simultánea pero casi. Vistos los preparativos del descenso, tampoco admite matiz alguno la evidencia de que ninguno de los tres tiene ni puta idea de esquiar sintiéndose libre, ni mucho menos de liberarse de nada esquiando.
    Las noticias no son buenas para Pedro. La pista está catalogada de negra -es decir, de máxima dificultad-, el viento arrecia y Cuenca no se ve. Le puede un extraño orgullo que no consigue reconocer como suyo y se lanza. A los dos definitivamente rusos les puede el vodka y hacen lo mismo. Algún dios de guardia le da por fijarse en él y hace posible que, en menos de lo que se esperaba, se cierre el telón. Con apenas cien metros recorridos, su rodilla derecha cambia bruscamente de dirección y se queda atrás no sin antes crujir alegremente. 
    Esparcido por la nieve artificial todo lo que hasta hace poco fue suyo, habiéndose producido ya el trueque de evasión por fractura y sin noticia alguna de una dignidad que nunca quiso acudir, empieza a sospechar, dado el incipiente repiqueteo de cascabeles, que lo peor está por llegar. Para que se hagan cargo de la magnitud de la tragedia -y con el debido permiso del siempre admirado Quim Monzó- les diré que el impacto consigue esparcir, doscientos metros más abajo, dos terceras partes de una dentadura que, no siendo del todo postiza, siempre lo había parecido. Lo último que recuerda, antes de despertarse en la sonrisa precaria de lo que podría ser una enfermera, es una frase rumor probablemente dicha por un argentino, algo así como: parece que el boludo aún respira, aunque a decir verdad no consigo ver por dónde.
    Hay que decir a favor de Cuenca que todos quisieron callar y callaron, dejando las risas y las pullas para cuando él casi no las pudiera oír. Por lo demás,  era previsible que la recuperación fuera larga y los dientes caros, pero lo que nadie se esperaba era la fobia que Pedro contrajo a cualquier cosa blanca y fría; horror tan extremo que le impidió volver a abrir un congelador, llevándolo incluso hasta las puertas del desvanecimiento la simple visualización de un vulgar cucurucho de helado de nata.

   Como todo lo que pretende tener sentido, y a pesar de que esta historia nunca quiso ser triste, han de saber que con el tiempo Pedro no solo no mejoró, sino que fue elegido concejal de urbanismo. Una sanción sin duda excesiva por haberse saltado por primera vez  el límite de felicidad.