sábado, 1 de julio de 2017

Esto no es nada, que no es poco (Taller Bremen)



  Esto no es una explicación, ni una disculpa, ni siquiera se trata de un relato. De ser algo sería una nada que -vete a saber el motivo- ha permitido que alguien la escriba (si lo prefieren, y dado que le falta cuerpo para ser cosa o suceso, podríamos definirlo como un pedazo de olvido que, solo por contradecir un momento su inapelable destino, se deja leer). 
   Que fuera martes y el desagüe de la lavadora estuviera atascado, no importa. Que la sentencia sea firme y que ningún paisaje haya decidido instalarse en el rectángulo de la ventana de mi celda, tampoco. Seguro que en algún archivo sin dios descansan las trescientas veintiséis páginas que recogen los pormenores de lo que sin duda haría de nuevo, a pesar de no tener la más mínima idea de lo que me indujo ha llevarlo a cabo. Siete agresiones, dos incendios, ninguna muerte, un par de actos contra la moral pública y una fuerte resistencia y aún mayor desacato a todas las distintas autoridades que decidieron intervenir en lo que por unas horas podría definirse como "los hechos".
   Se podría decir que el descalabro empezó a las siete y media de la mañana. A esa hora, vulgar como cualquier otra, sonó el despertador y me levanté siendo el mismo imbécil que se había acostado un poco antes de la medianoche. Desayuné con mis contradicciones de siempre y con la firme determinación de avisar al fontanero. La altura inusual del montón de ropa sucia que se acumulaba en el cuarto de la limpieza me obligaba a una de las cosas que más temo: tomar una decisión. Entre la llamada a la empresa de mantenimiento y el sonido del timbre de la puerta apenas transcurrieron un par de horas; entre el saludo sencillo y afable del fontanero y mi captura por las fuerzas del orden pongamos que otras dos.
   Es necesario insistir en que nada hizo el pobre hombre que pueda servir para dar alguna pista del porqué mi mundo, tan previsible y chiquito hasta ese momento -un día a día cosido con hilo grueso de sumisiones y falsas esperanzas- se me vino abajo. Nada excepto agacharse para intentar desenroscar la tubería y al hacerlo mostrarme, por encima de sus pantalones levemente caídos, el trazo firme y contundente de la hendidura que separaba sus nalgas, generosamente peludas y curiosamente asimétricas. No se cuánto tiempo estuve contemplando esa burda nimiedad, lo que si recuerdo es que cuando levanté la vista ya no creía en nada ni tenía que soportar esperanza alguna. Por primera vez en mi vida no era ni bueno ni malo, y de pura levedad y alegría, antes de precipitarnos a la calle mi euforia delictiva y yo, inauguré lo inaceptable dándole tal patada en el culo al buen fontanero que lo deje incrustado en el bombo de la lavadora que, con tanto cariño, me había regalado mi madre por Navidad hacía un par de años.
   Corro a anticiparme a lo que algunos de ustedes, con la media sonrisa que suele colgar de la razón cuando es antigua y no se siente amenazada, pensarán: "menuda estupidez la idea de que una cosa así pueda provocar la enajenación de una persona, hasta el punto de empujarla a cometer todos esos horribles delitos".  
    Sinceramente, y a pesar de que yo intuía desde hacía algún tiempo que la vida no tiene mucho sentido (sensación que corroboraban algunas tardes de domingo, una dispepsia encariñada y el olor de los urinarios de la calle San Gabriel), hace unas semanas hubiese pensado exactamente lo mismo. Y es que tienen toda la razón, esta historia es absurda e increíble. 


   Ahora los tengo que dejar que a las ocho hay recuento.Tal vez en otro momento  me decida a explicarles lo que hice con la gasolina en la sucursal bancaria.  

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