viernes, 1 de diciembre de 2017

Sonny Boy Williamson (Bye Bye Bird)



Llegar a escribir así, ese es mi particular empeño.

Todo acabó en nada (Taller Bremen)



   El salto, de haberse producido, no tenía que ser necesariamente mortal, dados los tres metros escasos que separan el pretil del puente de las aguas revoltosas cuyo color, para los más perspicaces, podría hacer pensar, vagamente, en el de los ojos de Elisabeth Taylor antes de casarse con John Warner. El único riesgo a considerar podía haber sido que Juan Luis Prieto hubiese tenido el acierto de coincidir con alguna de las tres piedras que, asomándose sin ganas, observaban a su manera lo que no iba a suceder. Por lo demás, que el puente fuera de un románico decididamente tardío -se inauguró en el año 1973 después de que el río, por enésima vez, decidiera llevárselo por delante- poco importa para esta historia, aunque tal vez contribuya a ubicar donde se merecen los acontecimientos: la más estricta absurdidad.
   La mañana que acogió el despropósito era poco acogedora, como corresponde a las que se padecen durante el mes de febrero en Santa Coloma del Cierzo. Eso no fue inconveniente para que, sin prisas pero sin pausa, un considerable número de vecinos se fuera colocando en los lugares más estratégicos para ver si el salto del pobre hombre se haría realidad o si la cosa acabaría, como acabó, en un pasar frío para nada. Juan Luis, con la cara de un color blanco azulado, el escaso  pelo despeinado y con calcetines grises pero sin zapatos, gritaba una y otra vez: ¡si os acercáis, salto!, a lo que la gente, no se sabe si por la escasa temperatura ambiente o por la natural malicia, respondía dando un pasito más hacia donde tiritaba él. Es probable que algunas nubes se asomaran para quitarle luz y sombras al espectáculo, alejándolo cada vez más de la tragedia para dejarlo donde en realidad era su lugar más adecuado: apenas un contratiempo tapizado con un velo gris y sombrío.
   Como era de esperar, pasada la primera hora empezaron a humear entre los asistentes los primeros cafés con leche salidos del bar de Juanito, y es que a medida que el suicidio se hacía chiquito se agrandaban los cuchicheos de reprobación por el triste espectáculo que Juan Luis Prieto estaba dando.
   Ya estaban todos los que se espera que acudan en estos casos, cuando llegó Remedios de Carbajal, la trabajadora social que cursó psicología por la Universidad de Salamanca, rompiendo con ello la tradición familiar que acumulaba tres generaciones de odontólogos (a su favor, hay que decir que Remedios lo intentó, pero las bocas abiertas le producían unos gravísimos ataques de hilaridad, acompañados de arcadas y convulsiones, que hacían imposible cualquier rigor profesional).
   Remedios se acercó a Juan Luis un poco más de lo cerca que ya estaban todos y, mirando de reojo los apuntes de tercero en los que se relacionaban los diez pasos a seguir ante un intento de suicidio, le dijo con falsa serenidad: "tranquilo, Ramón, estoy aquí para ayudarte".  Los insensibles rieron, los demás también pero más discretamente, solo Paco el alguacil, hombre de corazón limpio, le informó de como se llamaba el fiasco de saltador. Remedios, esta vez elevando un poco más el tono de voz, insistió: "tranquilo, Juan Luis, estoy aquí para ayudarte". "Nadie me puede ayudar", le respondió sin acritud el que no se mató ese día ni ningún otro. "No digas eso, Juan José". Más risas y de nuevo el alguacil al necesario quite. "No digas eso, Juan Luis; todo tiene solución. Dame la mano, yo estoy aquí para ayudarte". El pobre hombre se giró furioso, tan furioso que casi se cae al río sin necesidad de tirarse, y le gritó a Remedios un desagradable: "Vete a la mierda enana; a mí nadie puede ayudarme". Remedios, que no era alta pero gracias a sus estudios sabía encajar exabruptos e improperios, configuró una sonrisa y en paralelo una brillante frase que provocó evidentes signos de admiración entre los escépticos espectadores de lo que, a todas luces, ya no era un suicidio.
-Si me das la mano y me cuentas lo qué te pasa, te prometo que te ayudaré.
-Ni tú ni nadie puede ayudarme, quiero acabar de una vez por todas.
   Del cansino bucle los sacó, pasadas las dos horas largas de bodevil, Ramirez el de la carnicería espetándole un poco ortodoxo, pero francamente efectivo: ¡pero dile de una puta vez qué cojones te pasa, pedazo de imbécil! Está bien, dijo el bendito Juan Luis, ahora ya entre sollozos, que sepáis que mañana es miércoles  y tengo que escribir un texto que verse sobre "empezar a vivir juntos". A ver quien es el listo que se le ocurre una mierda de idea sobre ese tema. Casi de inmediato se escuchó un "oooooh" de compasión y alivio entre la gélida muchedumbre al tiempo que Remedios se estremecía ante la súbita visión del poeta sufriente, o sufrido, o sufridor -y también insufrible para casi todos los que ya no se notaban los pies-.
   Que todo acabó en nada ya se ha dicho; tal vez algo más inesperado es que Remedios y Juan Luis empezaran a vivir juntos probablemente hasta el día que algún dios, o cualquier otro texto, decida separarlos.

Pd. Recientemente se ha descubierto en la selva amazónica un grupo de individuos que según todos los indicios vivir, lo que se dice vivir, viven, pero ni se juntan ni se separan, limitándose, los días en que arrecia la inquietud, a merodearse, observarse y, a lo sumo, aparearse mediante un ritual muy parecido al sorteo de lotería de Navidad.