sábado, 13 de enero de 2018

El dolor de lo que aun no duele (Taller Bremen)



  En la sección de sucesos del diario La Verdad no se hace mención alguna del horrible accidente que no se ha producido. Un elefante se columpia de nuevo en el estómago de Francisco Mañana. Viendo que no le presta la más mínima atención, su cortado decide disolver la sacarina y enfriarse. De los siete que consienten de mala gana las primeras luces del día apoyados en la  barra del bar, cuatro no lo miran y los otros tres digamos que ni lo ven, insensibles, como tantos, al enorme sufrimiento que comporta todo lo que no sucede. Y es que la vida se ha cebado desde siempre con Francisco Mañana.   Abandonado a los tres años por unos padres que todavía viven con él; engañado por una mujer que nunca tuvo; decepcionado con amigos que ni siquiera conoce; gravemente enfermo de nada; no es de extrañar que con semejante panorama hasta la entrañable angustia que lo habita se sienta a menudo angustiada. Digno de compasión, el pobre hombre nunca tuvo la suerte del que es atropellado en zapatillas de estar por casa por el camión de la basura; del que resbala en la ducha y muere solo y abrazado a la esponja de baño; del que le sorprende un infarto en medio de una opinión; nunca accedió Francisco Mañana a la inmensa fortuna de todos los que cogen un avión y la compañía los extravía, de forma definitiva y al unísono, a ellos y al equipaje.
  Con todo ese padecer sale a la calle Francisco Mañana justo a tiempo para ser golpeado por la sirena de una ambulancia en la que no agoniza él. Camina cabizbajo, vencido como de costumbre por un enemigo desganado que ni siquiera se toma la molestia de presentarse a sus numerosas y encarnizadas batallas.
  En menos de diez minutos, entran él y su angustia a la oficina del Banco del  Futuro en la que lleva veintisiete años trabajando. Se sienta en su despacho mientras el inminente despido que la empresa nunca se ha planteado, espera, en algún sobre malévolo, a ser comunicado. A las diez y media está muriéndose pero tiene hambre. A las tres, ya sin vida, se pone el abrigo y va en busca de todo lo que no ha sucedido esa mañana. A las siete merienda metido ya de lleno en el fin. A media noche, una muela sana lo martiriza con el dolor que tendrá cuando la caries la perfore. Casi a la misma hora, los redactores de la sección de sucesos del diario La Verdad se apresuran a no escribir los titulares del horrible accidente que insiste en no suceder. A su manera, el cortado y la sacarina ya saben que de  nuevo, por la mañana, no les quedará otra que dejarse enfriar. 

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