viernes, 30 de marzo de 2018

Las sinrazones de Paco y Andrés (Taller Bremen)



- A veces pienso que me hubiese gustado ser un pájaro, con el cielo como única condición, como único requisito, inconscientemente libre.
-Te advertí, querido Andrés, que no repitieras de garbanzos. Un pájaro no goza de libertad alguna, un pájaro tiene alas. No es un estado lo que ahora contemplas tú y tu indigestión, es la particularidad de una herramienta de admirable precisión.
- Tú, como de costumbre, asesinando poetas y poemas por los callejones oscuros de tu racionalismo rabioso.
- Las metáforas, mi querido distinto a unos pocos y parecido a la mayoría, son como los calzoncillos, de alguna utilidad, sin duda, pero absolutamente innecesarias, incluso molestas, cuando se trata de ponerse esencial, es decir, cuando se trata de vivir sin darle a la manivela de un sentido cualquiera.
- No me cabe la menor duda, Paco,  de que te morirás hueco del todo y un poco más solo e incluso un poco más muerto que los otros muertos.
- Pongamos, señor de los suspiros, que para distraer un poco la tarde y sus horas torpes, acepto esa gradación, esa categorización de muertos que usted sugiere. Vayamos un poco más allá en este absurdo e imaginemos, agrupados en una esquina, a usted y a todos los innumerables que creían andar en lo cierto. Todos esos que alzaban los ojos y llegaban a la peregrina conclusión de que los pájaros gozan de libertad y en el Universo, de alguna forma desmesurada y extraña, se regocijan los distintos dioses, infatigables fabricantes de sentido. Puestos a imaginar, veamos como en la esquina de enfrente, más oscura y expuesta a las malignas corrientes de aire, nos apretujamos los que nunca conseguimos levitar, los que ni siquiera al plato de lentejas se nos ocurrió preguntar su porqué, los que vivimos de cualquier manera y sin tener la mala costumbre de tener razón, los que fracasamos en los innumerables intentos de fabricarse unas alas sin llegar por ello a suspirar por la jodida libertad. Cuando esa puta infinita descienda en medio de la calle de su flamante eternidad y empiece a andar, contoneando su cuerpo inabarcable, ¿a qué esquina cree usted que dirigirá sus pasos? ¿a quién ofrecerá complacida, y tal vez levemente excitada, sus servicios? ¿con quién decidirá acostarse por última y definitiva vez?
Querido Andrés, la vida es un burdel al que hay que entrar a calzón quitado, comprendiendo y aceptando que todo lo que hay que indagar nos espera en alguna de sus camas. Follar y no suspirar, eso es lo que se requiere en este horrible y a la vez hermoso lugar.

Aunque el sonido de la campanilla se esfuerza en ser el mismo para los dos, Andrés se complace en escucharlo como si un pajarillo de metal revoloteara por el pasillo; ni que decir tiene que Paco solo escucha la campanilla que avisa a todos los que están ingresados en la residencia de que la cena está servida. Con las lógicas dificultades, los dos arrastran sus sillas de ruedas hacia el comedor. Lola Fernandez, la vivaz y rotunda asistenta colombiana, se inclina levemente para servir las mesas. Andrés mira fijamente la cesta del pan como si albergara algún misterio; Paco mira el escote con la certeza de que en ese mínimo horizonte vertical le caben casi todos sus recuerdos y los pocos anhelos que aún le merodean. Van a dar las ocho y la noche ya hace un rato que ha borrado los pájaros de la ventana y, a su precisa manera, ha decidido desmentirlos a los dos. 

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