miércoles, 23 de mayo de 2018

Metástasis democrática




  Ando con la firme sospecha -tan firme que bien podría ser una certeza- de que si alguna bondad residual, o bien algún incomprensible interés por lo nuestro, siguieran teniendo cualquiera de los dioses que desde tiempos inmemoriales mantenemos en nómina, se compadecería de nosotros y no permitiría dejarnos en manos de tan excelsos miserables.
Y no me refiero, como ya habrán adivinado, a la miseria de los que nada tienen, sino a la de aquellos que lo mucho que poseen es todo lo que son, es decir, la de aquellos miserables que en realidad no son nada. Gentuza “plurisiglas” sin otro objetivo que expandirse como metástasis desbocada insistiendo en el bien que desean al cuerpo que mortifican. Charlatanes hueros que ni siquiera pueden considerarse mentirosos, ya que para merecer tal distinción hay que tener alguna noción de la verdad para poder contradecirla con cierta verosimilitud, estableciendo un mínimo reconocimiento, una cierta convivencia, con aquello que se intenta falsear, por lo que a esta escoria, dada su precisa forma de enquistarse, su caspa ignorante y orgullosa, su miedo inconfensable que les lleva a persistir en la idea de un destino distinto al que suelen gestionar el tiempo y los gusanos, ni siquiera la sutilidad y delicadeza de mentir con precisión le es posible.
 Rabiosos, ladran cualquier cosa desde sus jaulas parlamentarias y en algún pisito mal ventilado alguien se conmueve, se siente aceptado, incluido, reconocido, y corre al bazar chino más cercano para comprar un trapo de colores y así estar completamente de acuerdo con todo lo que se ignora y nos perjudica. 
  

   ¡ Ay, si por desgracia para él, algún griego medianamente ilustrado, de esos que hace unos siglos les dio por revestir de sentido la palabra democracia, le diera por levantar la cabeza! No me cabe la menor duda que de inmediato la volvería a agachar y esta vez de una forma definitiva.

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