miércoles, 21 de noviembre de 2018

J.L.Borges, cuentito apenas, no más. (Taller Bremen)



 Habitaba en las palabras, pongamos que compartía con ellas una pieza de techos altos donde una muchedumbre de libros le consentían el espacio para tumbarse y fumar. El sol, que sabía donde buscarlo, leía con él hasta cansarse, y el silencio sin tal vez, desnudo, de la noche también. Cuando le daba por dudar de si estaba vivo o era solo un cuento escrito sin ganas por un don nadie, molesto por el tedio de una tarde interminable, tiraba de cuchillo. Era entonces cuando usaba el espejo para aseguarse que era él y no otro el que se había puesto el saco cruzado, del que salía a un lado el bultito del puñal. Luego, por costumbre y porque sí, salía a las esquinas en busca de unos ojos que cometieran el definitivo error de sostenerle la mirada. Artesano del golpe, casi sin ganas, buscaba la riña, el insulto y el ingrato regalo de la herida, solo para saberse hombre y poder andar despacio. En los boliches que se hacían olvido entre bravatas y guitarras, los más ignorantes sabían que las mujeres le temían y que justo por eso, y por su forma de estar cuando ya no estaba, todas lo buscaban; que ninguna vejez le esperaba era algo de lo que tampoco nadie se hubiese atrevido a dudar.

 No muy lejos de esa hombría triste, de ese alboroto, confundiéndose entre la cosas de las sombras que comparten con él la pieza de techos altos donde los libros le permiten estarse, haciendo de cada movimiento una frase de pulcra levedad, ciego solo por eludir las molestias de tener que leer el mismo libro que los demás,  J.L.Borges se sabe ficción, cuentito apenas, no más. Apoyado en su bastón se ha ido haciendo texto al tiempo que abandonaba al pendenciero de saco y cuchillo a la matraca de una breve y precisa realidad. Solo por si acaso no se apresuren a desmentirlo, no caigan en el error de la mentira y la verdad,  y ándense con cuidado en las esquinas, no vaya a ser que sin querer le sostengan la mirada a un hombre y de un golpe la noche les quite toda la razón y se les ponga última y distinta.

martes, 20 de noviembre de 2018

Si yo me contara -3-




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Hace unos días se dió a conocer, en diversos medios de comunicación, que el Ayuntamiento de Valencia quería regular algunas cuestiones relacionadas con la incineración de cadáveres. En una de ellas se planteaba prohibir dicha incineración a todas aquellas personas que padezcan de obesidad mórbida, argumentando un excesivo consumo de combustible, así como un notable perjuicio para el medio ambiente. Dado que para reflexionar un rato puede ser más que suficiente un zapato, decidí dedicarle un poco de tiempo a la cuestión.  A continuación expongo, para una más que dudosa posteridad, algunas de las dudas que me visitaron:
- ¿La estupidez arde más rápido?
- ¿La cremación de un alcohólico puede considerarse una actividad de riesgo?
- ¿Cómo debe ser la resurrección de un incinerado?
- ¿Hay descuentos en el infierno para los que han optado por ser incinerados?
- ¿La acidez de estómago es un ensayo -una previa- de la cremación?
- ¿Es cierto que en el mes de Agosto en Sevilla nadie quiere ser incinerado?
- ¿Tirar al mar las cenizas de alguien que murió ahogado en el mar está considerado en el código penal como delito, falta grave o simplemente algo de muy mal gusto?
- ¿La incineración de un amante de las barbacoas es algo parecido a un ajuste de cuentas?
- ¿El humo producido por la cremación de un ministro de justicia sube más recto y llega más alto que el de un conductor de autobuses? 
- ¿Pueden las llamas aplicar el derecho de admisión?

sábado, 17 de noviembre de 2018

Si yo me contara -2-


-2-
Esta tarde, absorto en el impúdico esplendor de lo indiferente. Esa forma de mostrarse de un otoño en la que el observador se sabe totalmente innecesario.
-3-
Leo una y otra vez el mismo texto en un libro de fugacidad.
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Animal complaciente, asombrado por la proliferación inusitada de requerimientos y expectativas de gente con la que nunca he compartido ni ducha ni calzoncillos.