viernes, 15 de febrero de 2019

Si yo me contara -9-



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Andar despacio por las calles de Lisboa es una hermosa forma de perder, una derrota sin enemigo de la que, de alguna forma, casi siempre se sale vencedor. Esquinas que al doblarlas dan paso a instantes que ya fueron, a cosas que se resisten a ser desalojadas; sutiles restos de un naufragio de luz esparcidos por callejones de los que el tiempo no sabe, o no quiere, salir.
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A veces uno se instala en lo peor para evitar que algo malo pueda ya sucederle. Algo parecido a tirarse a las vías del metro para no padecer, de ese modo, las severas molestias que suelen prodigarse en horas punta.
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Muerte es una palabra errónea que se presta a grandes equívocos, ya que no designa lo que pretende nombrar -a decir verdad, solo dice absolutamente nada-. Viene a ser como decir lluvia  cuando señalamos un conejo.

jueves, 14 de febrero de 2019

Entender una cereza (Taller Bremen)



  No se sabe si por cansancio o por tristeza, o vete a saber si fue por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que esa mañana tan parecida a todas las otras, esas que le permitían transitar por ellas a condición de poder ignorarlo con saña, esas mañanas en las que indolente dejaba caer las pequeñas cosas que querían suceder, Ceferino alzó la mirada y se sintió arrastrado por la acuciante necesidad de darles a entender una cereza. 
La tarea no era menor si tenemos en cuenta que delante de él, marcialmente alineados y armados hasta los dientes con sus díscolas indiferencias, tenía el viejo profesor a treinta alumnos a la espera de su cucharada semanal de ricino filosófico.
-A la mierda los apuntes-, fue la frase que el buen profesor utilizó para sustituir al protocolario buenos días.
Por un momento cesó el rumor como de enjambre y una cierta expectación buscó las gafas sucias de Ceferino.
-A la mierda los apuntes y todo lo que ustedes están seguros de haber aprendido-, insistió Ceferino, sacándose un puñado de cerezas que había traído para desayunar y dejándolo sobre la mesa.
-No quiero que nadie me diga qué es esto, esta mañana espero algo más de ustedes.
Algunas sonrisas revolotearon por el aula, también algunos tersos culos cambiaron de posición no por aliviarse, sino por el lógico subidón de curiosidad y desconcierto.
-A ver en quién de ustedes es posible depositar alguna esperanza; quiero saber quién es capaz no de describir, sino de ser, de crear, de nombrar por primera vez lo que he dejado sobre la mesa. Todo vale, a excepción de aquello que creían saber hace un rato.
Las mandíbulas levemente caídas de algunos  -aproximadamente más de la mitad- anunciaban el primer descarte. Una mano levantada quiso aflojar un poco la situación.
-Para crear una cereza tendríamos que ser colegas de Dios.
-Yo no creo en Dios-, dijo sin levantar la mano un joven en cuya cara habían quedado para reunirse mil y una pecas. Y creo, insistió, que por razones parecidas hace tiempo que Él tampoco cree en mí. 
Afirmación que provocó la primera tenue sonrisa de Ceferino. 
-Esto no sirve para nada-, se le oyó decir al que todos sabían que, tarde o temprano, diría exactamente eso. Es como hacerse una paja en la cabeza. Alborozo, risas y la musiquita de un teléfono quisieron coincidir en el mismo instante.
-Pues yo colecciono cosas inútiles-, dijo una sonrisa tras la cual se parapetaba una joven de ojos verdes peinada con dos trenzas. Me gusta guardar y observar las cosas que no sirven, mi padre dice que soy como una científica para nada. 
Una sonrisa réplica, esta vez de Ceferino, lo suficientemente amplia como para dejar ver las numerosas batallas perdidas de su dentadura, cruzó el aula, rebotó en una esquina y se fue a perder por la ventana que daba al patio.  
-Una cereza es una cereza-, dijo probablemente el más robusto de la clase, y sin apenas darse cuenta, pasó a engrosar tan tranquilamente el ya numeroso y mayoritario grupo de los "mandíbulas caídas".
-Mis queridos rumiantes, dejen de masticar tiempo y regurgitar obviedades, espero de alguno de ustedes alguna cosa más que considerar que una cereza es una cereza. Espero que alguien se atreva a desmentir al diccionario, es más, que alguien haga dudar al diccionario, que lo inquiete, que consiga ruborizarle al destapar sus rígidas mentiras ordenadas alfabéticamente.
Esta vez al silencio le dio por parecerse al aceite, extendiéndose viscoso por el aula y pringando los pupitres y las miradas. Cuando todo indicaba que algo se iba a romper irremediablemente, justo en el instante en que mayor era el consenso de que esa mañana el fracaso y el ridículo serían los últimos en abandonar el aula, ella se levantó. Todos los cuellos rotaron sobre sus ejes hasta conseguir dejarla en el mejor encuadre posible. Se descalzó, y definiendo a su precisa manera la levedad se fue acercando a la mesa de Ceferino, que expectante repartía la mirada entre los ojos y los pies de la muchacha. Al llegar delante de la mesa, y sin mediar palabra alguna, cogió uno de los rojos desafíos cuyo humilde destino inicial fue ser desayuno y se lo puso en la boca, masticándolo muy despacio. 
Antes de girar sobre sí misma, aún le dio tiempo a musitar algo que solo pudo escuchar el viejo profesor y a lo sumo los más atentos de la primera fila:
-Debería tener usted un poco más de cuidado, Sr. Ceferino. Ha estado a punto de desayunarme. 
Un timbre estrepitoso, casi un insulto, dio por finalizada la clase. Ceferino se puso el abrigo, se despidió cortésmente de sus alumnos, y salió a las cosas que querían suceder un poco más tieso, un poco más concreto, digamos que un poco más pistolero vencedor en medio de callejón soleado, casi sabiendo que en ese ajuste de cuentas lo que se había dirimido era algo parecido a la esperanza.